lunes, julio 30, 2007

Lo Que Esperamos De La Vida V

V

Entonces sólo lo miraba.
Estaba allá en la pista de baile con la estúpida amiga de Katia. Al principio estaban bailando a una distancia prudente, pero conforme avanzaba la música, ella lo iba acercando cada vez más y más, colocándole como panorama principal sus pequeños senos. Le subió la mano lentamente por la espalda y con la otra le acarició la cara. Estaba muy acaramelada disfrutando de aquel momento de triunfo. Entonces entrelazó sus brazos por el cuello y lo acercó más a su cara.
Mis ojos casi salen de su sitio. ¡Estaban demasiado juntos! Ella sólo sonreía con cara de tonta a cada paso que daba sin poder quitarle la mirada de encima. Cualquiera que hubiera presenciado la escena los hubiera confundido con la mejor pareja del colegio.
Ella, mirando de reojo a alguien por ahí, sonrió débilmente y lo acercó más a sus labios, terminando todo en un aparatoso beso.
No puedo negarlo. Sí, me dio mucha ira. La sangre me hirvió por dentro mientras empuñaba con fuerza mi mano derecha. ¿Cómo se atrevía a besarlo tan pronto? No se habían terminado de conocer cuando ya lo tenía en medio de un beso. Y vaya beso, porque ni besar sabía esa zorra. Era tan exagerada la forma en que sacaba y metía la lengua de la boca del pobre Eduardo.
- ¡Debe estar ahogándolo! – pensé.
Por otro lado, él tampoco hacía el menor esfuerzo en evitarla. Mientras ella le acariciaba su mata de pelo alborotado, él bajaba una mano por la espalda de la chica y pasaba una mano sobre su firme trasero…
Entonces mi mente comenzó a trabajar rápido haciendo que mis pies tocaran tierra firme. Mis sentimientos se derrumbaron y mi mirada se perdió en la nada. Pero, ¿qué diablos estaba pensado? Era muy claro que lo que estaba sintiendo por él eran celos, pero no debería estar ocurriéndome. “Por Dios, me dije, yo no tengo ninguna posibilidad con Eduardo. A él sólo le gustan las mujeres” Sabía muy bien de antemano que esto era un hecho y aún así ¿me estaba matando porque se estaba besando con Sara?
Tenía que dejar el asunto de Eduardo cuanto antes o sino terminaría mal. Desde que lo conocí, desde aquella vez que lo vi en los campos del colegio, supe que me gustaba. Pero también supe que era algo imposible de lograr y que debía dejarlo pasar.
Un momento. “...algo imposible de lograr” ¿Qué era ese algo? De nuevo mi mente empezó a trabajar rápido.
En realidad, ¿qué era lo que me gustaría hacer con él suponiendo que, dado el caso remotamente infinito, él sintiera algo por lo hombres?
No. La pregunta era ¿qué me gustaría hacer con Eduardo en el dado caso que él sintiera algo por ?
Volví mi mirada a la pista de baile y encontré que habían terminado el besuqueo y bailaban abrazados. Doblé un poco la cabeza para poder distinguirlo mejor y pensar con más claridad.
- ¿Qué sería lo que me gustaría hacer? – me dije a mí mismo.
- Un beso, por ejemplo. – susurró alguien.
Pegué un salto al escuchar aquella voz. No sabía quién era pero me volví en seguida. Tal fue mi sobresalto que dejé caer mi bebida al suelo.
Me mirada chocó con una esquina a la que yo estaba cerca. Allí estaba Jonathan, un chico de muy baja estatura, pelo negro aplastado hacia un lado, su piel estaba tostada tal vez por alguna sección de bronceado y llevaba unas gafas negras muy al estilo de James Bond. Este chico era el más rico de todos los del colegio. Sus padres, italianos, eran los famosos dueños de una empresa internacional llamada Ariano’s Company, la cual buscaba a los hombres más simpáticos y sensuales del mundo (en contraste al físico de su hijo) para convertirlos en modelos de marcas de ropa importantes. Pero lo más impresionante de este muchacho, que también cursaba décimo grado en el mismo salón que yo, (a pesar que su apariencia y estatura no lo reflejaran) era su labio inferior. Este era dos veces el tamaño de un pulgar y más abultado en el medio.
A su lado estaba Aura, la chica pelirroja de la que habían hablado Katia y Sara. Llevaba un vestido largo de una sola pieza que le cubría hasta el cuello y le dejaba la espalda descubierta.
- Vamos, Aura. Creo que me merezco un beso. – le rogaba Jonathan a Aura, mientras se le acercaba y se empinaba todo lo que más podía para alcanzarle la cara.
Al parecer ninguno de los dos se había percatado de mi presencia.
- No, mi amor. – respondió esta con una sonrisa postiza y un tono de voz aparentemente amable de niña consentida -. Es temprano para eso, mi gordo. Mira, lo he estado pensado muy bien y… no sé, tal vez… lo nuestro – cuando dijo esto algo pareció atragantársele -, puede ir más allá.
Los ojos de Jonathan parecieron iluminar con luz propia la cara de su amada. Le puso una mano en su mejilla y la acarició con ternura.
- ¿Lo dices en serio, mi amor? – preguntó.
- Sí. Es por eso que debemos ir más despacio. O quieres que me enfurezca contigo y no te vuelva a hablar. Porque en serio, mi “chiqui”, si me presionas no sé de lo que soy capaz de hacer. – su voz seguía con ese tono de niña consentida y su cara cambió de aparente ternura a indignación -. O sea, me temo decírtelo pero hasta podría terminarte. Porque tú bien sabes que yo no soy como esas zorras que tú conoces. Que se lo dan a cualquiera…
- No. No. No. – se apresuró a decir Jonathan, mientras se quitaba las gafas y dejaba al descubierto sus saltones ojos oscuros –. No te pongas así. Tranquila, mi amor, que yo voy a ser muy paciente contigo.
A cada palabra que hablaba escupía sin advertirlo pequeñas gotas de saliva sobre la cara de Aura. Entonces Jonathan se dio cuenta de que los estaba viendo y me saludó con un gesto de la mano. Indicó que me acercara y me alargó un trago de güisqui.
- ¿Qué más, Daniel? – Preguntó alegre - ¿Cómo sigues de… - señaló su mejilla izquierda.
- Bien, gracias. Mejorando.
- Te presento a mi novia – enfatizó en esta última palabra señalando a Aura, quien solo afirmó con un movimiento de cabeza -. Ven, siéntate con nosotros.
Luego nos condujo una mesa que estaba justo al lado de nosotros, en el rincón más iluminado del lugar. Era redonda y tenía un mantel de color blanco; sobre ella había vasos de vidrio llenos de licor y hielo hasta la mitad. Cuando miré quienes estaban sentados en esa mesa, mi semblante cambió y de inmediato intenté huir.
- No, gracias. – dije presuroso -. Estoy buscando a unos amigos.
- No seas así, - insistió -, ven y te tomas un trago no más.
- No. Es en serio, Jonathan. No…, - eché de nuevo una mirada al grupo de la mesa quienes hablaban muy delicadamente -, quisiera interrumpirlos.
- Tranquilo. Nosotros no mordemos. – Y diciendo esto me tomó del brazo y me arrastró junto con Aura.
- Muchachos, - se dirigió a los de la mesa -, les presento a Daniel Martínez. Estoy seguro que ya lo conocen. Es novio de una de nuestras integrantes y uno de los más inteligentes del colegio. Siéntate.
Dirigí una mirada rápida a todos y dibujé una débil sonrisa. Parecían desconcertados ante mi presencia. El por qué de no querer estar ahí con esa gente era porque sencillamente no me sentía muy cómodo con ellos. Y aunque nunca había entablado conversación con ninguno, por su actitud y su fama, era muy fácil decir que no era la clase de gente con la que se podría llevar una amistad sincera.
Se trataba del grupo In de nuestro curso. No sé si sabrán qué significa eso, pero si pudiera definirlo en unas cuantas palabras, sólo podría decir que es la cosa más estúpida que haya podido conocer en toda mi vida de estudiante.
Como es costumbre en todos las sociedades del mundo, se tiende por naturaleza a dividirse entre ellos mismos. No es la excepción de nuestros. El grupo In o como ellos se denominaban a sí mismos The Cool Club, estaba conformado por las personas más populares del grado décimo. Los requisitos para poder entrar en ese club eran muy rigurosos y nunca se hacía ningún alto a las reglas.
Como primera estancia debían ser guapos. Cuando me refiero a guapo, no sólo digo físicamente agradable - o por el contrario Jonathan no hubiera podido entrar -; sino también que tuviera una billetera físicamente grande - creo que sería mejor arreglar esta última parte - Más bien que sus padres tuvieran una billetera grande.
Como segunda medida, todos debían vestir con ropa de marca, exclusiva o mucho mejor si era diseñada por el sastre personal (mejor llamado: famoso diseñador de moda)
Como tercera y última regla de admisión, y para mí la más absurda de todas, era no ser virgen. Esto sonará para algunos algo muy extraño y poco inteligible, pero así eran las cosas. Según había escuchado de algunos que intentaron entrar al grupo pero fueron rechazados por la última regla, decían en sus testimonios que no solamente les exigían decir que no eran vírgenes, sino que también debían probarlo con hechos: ¿quién, en dónde y cuándo había sido? Y no solo eso, sino que también pedían pruebas contundentes del acto.
Entonces ya se podrán imaginar la clase de gente con la que estaba sentado. Todos eran niño consentidos de papi y mami, mirando al resto del mundo muy por debajo de sus hombros, con aire altivo e inconformes a quienes les rodean.
Por otro lado, para mí era una pesadilla que Katia hiciera parte de “The Cool Club” o el mismo “Double C” (Doble C) No porque tuviera fama de grupo-con-gente-simpáticamente-bruta, (bueno, a decir verdad era un motivo), sino que no soportaba que Katia estuviera mucho más de lleno en los asuntos del club que en los nuestros como pareja. Casi siempre, de lo poco que llevábamos saliendo, salía con una excusa para cancelar alguna cita que yo proponía. Y eso me molestaba.
Por algún motivo todo el club no estaba sentado en la misma mesa. Sólo habían cuatro personas sin contarnos a mí ni a Jonathan ni a Aura.
A mi lado tenía a Camila, la ex novia de Eduardo antes de Katia; justo a su izquierda estaba sentada Betsy, una inglesa de intercambio muy seria y con un poco dominio del español; Gerardo, el chico más joven de todo el país en ser campeón de la liga de natación sudamericana, estaba sentado al lado de Jenny, la pobre rechazada por Eduardo. Todos cursaban décimo grado pero en diferentes salones.
Cualquiera hubiera esperado a que saludaran en el momento de sentarse; al menos una mirada de reojo y una débil sonrisa. Pero ninguna de esas dos cosas pasó. Ellos siguieron con su conversación como si no estuviera allí.
- No te preocupes por eso, - le decía Gerardo a Jenny -, así es la vida. Nos tomó por sorpresa pero ¿qué se le puede hacer? Con respecto a su permanencia…
- …are you gonna tell everybody about that? – mientras tanto decía Betsy a Camila.
- Very soon. Very soon. – respondió esta riéndose.
Para distraerme un rato, eché un vistazo al frente para ver el panorama de la fiesta. No había cambiado mucho, la música era la misma, ya había poca gente en la pista de baile y varios borrachos yacían en el piso, al lado de los muebles. Al fondo había un grupo de gente aglomerada gritando y silbando con fuerza. Debía ser el espectáculo que nunca puede faltar de una chica borracha hasta el cuello.
Pero eso no me importaba ahora, quería saber qué estaba haciendo Eduardo. En la pista de baile ya no estaba. Por más que me incliné sobre mi asiento no pude encontrarlo ni a él ni a Sara. Era seguro que ya no estaban en esa parte de la casa.
Alargué mi mano a la copa y me la acabé de un solo trago.
<<Típico, grité en mis pensamientos, era obvio que esto iba a pasar.>> A cada segundo en mis ojos comenzaron a reflejarse miles y miles de imágenes pornográficas. En ese instante rodaron como una película todas las fotos de revista porno que había leído en mi corta vida, pero con la particularidad que en ellas aparecían la pareja del chico popular y la amiga de Katia.
- ¡Ah! – Gemía Sara en una de ellas – Más fuerte ¡Sí!
- Sí, perra. Me gustan tus pechos. – era otra en donde Eduardo nalgueaba a Sara – ¡Así me gusta!
Por muy extraño que parezca, no sé por qué un acento español salía de sus bocas.
- Ese coño de Daniel debe estar buscándote mientras nosotros culeamos bien rico, tío. – decía Sara mientras brincaba como loca sobre él.
- Pobre tío, – gritaba de placer. Entonces cogía los senos de Sara y los apretaba con fuerza –. Él no tiene estas cojonadas.
Seguido de una gran carcajada…




- Daniel, - los gritos de Jonathan me sacaron de aquellas visiones -, ¿te encuentras bien?
Estaba un poco confundido. Sacudí mi cabeza y dejé el vaso sobre la mesa. Definitivamente había bebido suficiente.
- Sí, no te preocupes.
Él parecía muy contento de tener a su lado a Aura. Por el contrario de su novio, a ella se le notaba un fastidio con su compañía. A cada momento que él no la estuviera viendo lanzaba una mueca al cielo.
- ¿Dónde está Katia? – preguntó
- Erm, no lo sé.
- Y ¿es cierto que se la bajaste a Eduardo? – continuó preguntando.
Estaba harto que la gente creyera en eso. No sabía de dónde habían sacado semejante afirmación pero se notaba que se la habían tomado muy en serio.
- No. Yo no le bajé la novia a nadie. – dije un poco malhumorado -. Lo que sé es que Katia terminó con él porque tenían muchos problemas...
- ¿Qué clase de problemas? – interrumpió Camila.
- Bueno, - dudé un poco. Me había tomado por sorpresa, no la pregunta, sino que Camila me hablara. Siempre había mostrado arrogancia y mirado a los demás por debajo de su hombro. El sólo hecho de que me hablara era noticia mundial -, no lo sé. Problemas comunes: engaños, mentiras, otras chicas por en medio… - todos se lanzaron miradas de reojo – lo cierto es que él ya no la quería. ¿Por qué debería andar Katia con alguien que se siente confundido en una relación?
- ¿Dijo él que se sentía confundido? – preguntó admirado Gerardo.
- Sí, así es. – respondí. Si fue extraño que me hablara Camila; Gerardo no se quedaba atrás.
En ese momento llegó a la mesa Carlos con un vaso en la mano izquierda y con una sonrisa de oreja a oreja. Se acercó a Jenny por la espalda y le susurró algo en el oído. La chica cambió de semblante y asintió con la cabeza.
- ¿Sabes dónde está Katia? – le pregunté.
- No lo sé. Pero creo que la vi por ahí con Sara hace un momento. – dijo apresurado mientras se retiraba agarrado de la mano con Jenny.
Lancé una mirada y me dirigí al grupo.
- Bueno, creo que mejor la busco. Permiso.
- ¡Ya te vas! – exclamó Jonathan.
- Sí. Además, quiero ir al baño. – sonreí vagamente.
- Yo te acompaño, Daniel. – saltó Aura – He tomado mucho esta noche.
- Entonces, vamos. – saltó su novio de su asiento. – No quiero que te pase nada mal…
- ¡Ah, no! – exclamó Aura molesta – No vayas a empezar de nuevo con los celos. Mi chiqui, tú sabes que yo sólo te quiero a ti. Así que te vas a quedar bien sentadito mientras Daniel me acompaña. ¿De acuerdo?
Jonathan la miró con ojos de perro regañado y se sentó con dificultad en la silla. Aura me tomó del hombro y me empujó fuera de la escena. Caminamos unos cuantos pasos y cuando nos vimos mezclados entre de la gente se desvío de camino.
- ¿No vas al baño? – le pregunté.
- No seas tonto. – arrugó la cara y se marchó.
- Idiota. – susurré.
Me corrí un poco de en medio de todos porque el calor que los azotaba no me dejaba respirar. Entonces tropecé con un chico que estaba en el suelo tirado. A su lado, había vómito medio seco. Me hice a un lado para verlo mejor. Estaba muy pálido. Sus labios eran casi verdes y su respiración muy entrecortada.
- ¡Henry! – dije.
Pero para cuando me proponía a arrodillarme, alguien llamó a la puerta. Pensé por un momento que la derrumbaría. Golpeaba tan fuerte que uno de los vidrios de esta se salió de su sitio y cayó haciéndose añicos en el suelo.
Un poco extrañado, me dirigí a ella y la abrí. Quedé frente a frente con un señor de muy avanzada edad. Detrás estaba parada una señora con cara de rifle quien era al parecer su esposa.
- ¿Es él? – gruñó preguntándole a la mujer.
- No. – respondió esta con voz carrasposa.
- ¿Qué pasa?
- Mi esposa y yo estamos cansados del ruido que hacen con esa música de locos. – estaba muy molesto. Creo haber sentido pequeñas gotas sobre mi rostro-. No hemos podido dormir en toda la maldita noche. Hágame el favor de bajarle el volumen…
- Señora, - apareció Jhon por detrás mío - ¿cuántas veces le tengo que decir que esta es una fiesta privada?
Jhon asió la puerta con una mano y la tiró de una sola tajada. Otros dos vidrios cayeron al suelo corriendo la misma suerte que el primero.
- ¡Ven acá! – dijo pasando un brazo sobre mi hombro – No pongas cuidado a esa bruja. Se quiere tirar la fiesta – su aliento apestaba a licor.
Pasamos por sobre el cuerpo de Henry y llegamos cerca de unas escaleras.
- Sabes, la mujeres son… ¡Hip!... unas perras, no lo crees. – sus palabras casi no se entendían. Pareciera que su lengua estuviera medio dormida -. Lo tenía todo. Ella me decía… ¡Hip!... quiero tal cosa y… ¡tome!... yo se lo daba… Pero eso no le basto a la niña ¡No! – diciendo esto último se quedó sin aire. Se aclaró un poco la garganta y dijo - ¡Bah!, las viejas son unas perras. Siempre me lo dijo papá cuando… ¡Hip!... mi mamá nos dejó por…
Esto era lo menos que me faltaba. Escuchar las quejas de un borracho despechado. John era un chico muy desagradable. Estudiaba en el mismo salón que yo y era miembro del Double C. Alardeaba mucho acerca del gran dinero que tenía su familia pero la realidad era que no tenía ni dónde caerse muerto. Una forma para disimular que su familia estaba en la quiebra era hacer constantes fiestas en su casa cuando su papá estaba de viaje, lo que era muy seguido. Por supuesto, el Double C no iba a perder esa gran mina de oro en parrandas.
Cuando John se disponía a comenzar otra tertulia en contra de las mujeres, un chico desde el pasillo de la izquierda salió corriendo y lo animó para que lo siguiera.
- Hermano, no te puedes perder de esto. – me miró de reojo y siguió hablando para Jhon –¡Una locura!
- Ya voy. – dijo John profiriendo un eructo sobre mi cara y terminó diciendome-. Bueno, después hablamos, Gerardo.
- ¿Quieres venir, Daniel?
- No. Quiero ir al baño. Sabes dónde queda…
- Segundo piso, fondo a la izquierda. – balbuceó John alejándose junto al chico.
Estaba harto de esa fiesta. No estaba haciendo nada más que moviéndome de un lado a otro. No sabía donde estaba mi supuesta novia, había estado con el grupo más popular e igual de desagradable del colegio, un borracho me daba explicaciones de cómo eran la mujeres y el chico que me gustaba había desaparecido con una vieja a la que odiaba.
Mientras iba subiendo las escaleras pensaba en eso último. No podía evitar pensar que Eduardo se estaba acostando con Sara. Me detuve un momento y fije mi mirada al aire.
- La odio – pensé.
Me di cuenta de lo que acababa de decir. De nuevo estaba sintiendo envidia por una vieja que estaba con el chico que me gustaba. Los bellos de mi cuello se erizaron y un escalofrío pasó desde mis pies hasta mi cabeza. Sentí miedo. No sabía muy bien de qué pero podía sentir como se apoderaba de mis piernas y las hacía temblar.
¿Por qué a mí?
Toda mi vida había estado enamorado de chicas. Siempre me habían atraído su figura, delicadeza, su forma de parecer tan frágil e inocente. Y ahora, en este momento de mi vida, cuando todo andaba muy normal, empiezo a tener este gusto por este tal chico.
Me sentía mal. El hecho de que me gustara alguien de mi mismo sexo me hacia sentir mal. Pero no solo conmigo sino con mi novia, mis compañeros, familia.
Una vocecilla empezó a hablar a mi oído.
- No te preocupes. Todo va a estar bien. Puede que sea pasajero. Eduardo es el primer hombre por el que sientes gusto en toda tu vida. De seguro que se te pasará.
Pero de inmediato otra vocecilla con un tono grueso aplacó a la otra diciéndome:
- Sí. Pero todo lo que sientes por él cuando lo ves. Incluso la envidia que te invade al verlo con una mujer. ¿acaso eso no vale nada?, ¿no es prueba de que algo no anda bien? Es más, si aún no estás tan seguro te digo lo siguiente: Eduardo fue el primero pero no el último. ¿O es que acaso no recuerdas la erección que tuviste con Oscar en la enfermería?Por un instante llegué a pensar que caía escaleras a bajo. Un frío estremecedor cubrió mi cuerpo entero y toda mi piel se erizó como nunca lo había sentido. Pude ver muy claro como una puerta se abrió en mis pensamientos y una pregunta rebotó desde el fondo.
¿Soy homosexual?
Un mundo de emociones cayó sobre mis hombros que no creí resistir. No sabía si correr, sentarme, gritar o llorar. Me sentí asfixiado. Pareciera como si el aire se hubiera vuelto pesado y a la vez liviano. Me tiraba de arriba abajo. Mi corazón latió. Me sostuve de la baranda con mi mano izquierda porque todo empezó a dar tumbos…



- ¡Daniel! – dijo alguien desde arriba.
Me tomó por el brazo y me ayudó a terminar de subir el resto de escalones.
- ¿Te sientes bien? – era Oscar.
- No. Creo que ha sido el güisqui. – dije entrecortadamente.
- ¿Quieres ir al baño?
Miré hacia el pasillo que tenía en frente. El lugar estaba abarrotado. Veía una fila de gente que venía desde el fondo donde se encontraba el baño hasta la mitad del pasillo. Otro pequeño grupo de chicos de noveno estaban reunidos con otros de once grado junto a la fila. Los mayores les pasaban unas pequeñas servilletas dobladas por la mitad mientras los de noveno reían de modo sombrío. Los primeros se retiraban del lugar mientras que los pequeños desdoblaban la entrega y se repartían el éxtasis en cantidades iguales.
- Parece que está lleno.
- No te preocupes por eso.
Poniéndome al frente mientras él mi guiaba por detrás con su mano sobre mi hombro, entramos en uno de los cuartos del pasillo.
- Este es de los papás del tonto de John. – dijo riendo.
- Gracias, Oscar.
- Cuidado. – me previno de chocar con la cama.
Entré al cuarto de baño y cerré la puerta tras de mí. Abrí la llave del grifo y lavé mi cara con agua fría. Me quedé un momento mirando como esta que corría por el lavamanos. Era la primera vez que me plantaba esa pregunta que tanto me había trastornado. La idea de ser homosexual había sido semejante a una enfermedad incurable. Y la primera imagen que se me vino a la memoria fue la del peluquero de mi mamá y a donde no me gustaba ir no sé si por miedo o desagrado… "Dios mío, ¿será que me voy a volver peluquero?"
- Daniel, ¿estás bien ahí dentro? – entró cuidadosamente Oscar.
- Sí. Sólo necesito sentarme un rato.
- Ven, te ayudo.
Cuando estuvimos sentados en el borde de una cama doble de dosel, como muy pocas que he visto en mi vida, el silencio reinó en el lugar. Los dos mirábamos al frente sin decir nada. En algún lugar de la habitación se escuchaba el tic-tac de un reloj.
- ¿Te sientes mejor?
Asentí con un leve movimiento de cabeza.
- ¿En dónde has estado todo este tiempo, Oscar?
- Estaba afuera, fumando un cigarro. El calor de la casa me sofoca.
- Hum. Sí, es insoportable.
- Uhum.
El silencio volvió a apoderarse de nosotros. Sentía que Oscar no era el mismo de antes. No tenía esa sonrisa que tanto me gustaba.
- Mira, - empecé a decir -, no te conozco mucho, pero noto algo raro en ti. ¿Qué sucede?
Oscar me miró fijamente a los ojos y dio un suspiro. Vi tristeza y desilusión en su mirada. Tomó aire y abrió su boca para decir unas palabras, pero no le salieron. Bajó la cabeza y carraspeó.
- Me gusta. Pero… no puedo decírselo. Es que sencillamente no… Me tiene loco…
- ¿De quién hablas? – pregunté casi en un susurro.
- Tú sabes muy bien de quién hablo, Daniel – me dirigió de nuevo su mirada. Sentía que esta sufriendo-. Es Eduardo y…
En ese preciso momento la puerta se abrió de par en par chocando contra la pared. El ruido que produjo este choque nos hizo saltar de la cama. Entró un Carlos exaltado, con la cara roja como un tomate. Pareciera como si fuera a estallar.
Tomó aire profundamente y dijo:
- Se está desnudando en la cocina.
- ¿Quién? – preguntó Oscar.
Sentí la mirada de Carlos como el dedo que señala al culpable.
- Katia.
Salí del cuarto como un rayo. No podía creer que ella estuviera haciendo semejante cosa. A pesar de como era, no podía esperar algo de esa magnitud. Sencillamente no podía ser ella. Bajé las escaleras en pares y corrí a la cocina.
Cuando abrí la puerta, un montón de gente gritaba y silbaba alrededor de una mesa de madera cubierta por un mantel blanco. Sobre la mesa había una chica semidesnuda, con el pelo alborotado y unas zapatillas de tacón alto. Bailaba y movía su cuerpo de una manera muy sensual. Todos los chicos reían con cara de depravados.
- ¡Katia! – grité
Algunos que estaban cerca se retiraron de mi camino con cara burlona. Oscar y Carlos llegaron enseguida y se dieron cuenta de la escena.
- Está borracha. – dijo uno de los dos entre dientes.
La sangre me hirvió y corrí en medio de todos hasta la mesa. Ella, por su parte, no se había dado cuenta que estaba allí. Seguía bailando. Cuando se disponía a quitarse el sostén la tiré de un brazo.
- ¡¿Qué diablos te pasa?! – le grité.
- No te metas… ¡Hip!... estjupido… - estaba tan borracha que sus palabras era inteligibles.
- Katia, basta…
- ¡Déjame! – gritó y se zafó – Me quiero divegtih. ¡Cierto, muchachos!
A esto último todo el mundo profirió un grito en el aire y salieron de la cocina cual manada de búfalos. Katia corrió junto con el resto y se fue a la sala donde era la pista de baile.
Estaba totalmente fuera de control. Había bebido mucho esa noche, así que mi deber era protegerla para que no hiciera nada malo de lo que se pudiera arrepentir luego. Corrí tras ella pero se escabulló en medio de la gente. Oscar y Carlos me venían siguiendo.
Entonces, una de las chicas de noveno me agarró de la cintura y me arrastró a bailar. Era un poco más baja que yo y tenía frenos. Su cara estaba llena de barros y su pelo era parecido a una escoba.
- ¿Bailamos? – me dijo sonriendo.
- No puedo ahora…
- Ya estamos acá. No seas malo, baila. – me interrumpió.
La chica me cogió por la cintura y me apretó con fuerza. Mientras bailaba, miraba por encima de su cabeza para ver dónde estaba Katia. Al fin la vi bailando con uno de los de once. Todavía estaba en sostén y pantaletas.
Intenté despegarme de la chica de noveno pero ella me agarró con más fuerza y me dijo:
- No seas grosero. – fue muy desagradable darme cuenta que tenía pedazos de comida incrustados en medio de sus frenos – No te puedes ir. Además, te tengo que decir algo muy importante…
- En realidad, no me interesa saber… además, ¿quién eres tú…
- Cállate, tonto. – después, sonrió y bajó la mirada – No te acuerdas de mí. Soy Laura, fuimos juntos a la primaria…
- ¡Ah!, lo siento. ¿Cómo has estado?
- Bien… pero de eso no es lo que te quiero decir. Lo he pensado mucho y creo que es la oportunidad de hacerlo. Tu me gustas mucho, Daniel.
- ¡Oh!, dios… - suspiré.
- ¡Cambio de parejas!, ¡WOW! – gritó Katia en algún lugar como loca.
De inmediato hubo un grito en toda la casa y todos empezaron a moverse como animales. Algunos tiraban, halaban, pisaban e incluso mordían. A mí me tocó con Carla, una de las gemelas May.
Miré a mí alrededor de nuevo. El panorama había cambiado. No veía a Katia, pero sí a Oscar bailando con Jenny, Carlos sujetaba por la cintura a Aura y Jonathan a Melisa.
- ¿Qué pasa? – le pregunté a Carla. Estaba muy preocupada mirando por encima de mi hombro.
- Buscando a Eduardo. Ni Melisa ni ninguna de esas perras me lo van a arrebatar.
- ¿Está él acá? – pregunté emocionado. Por un momento se me olvidó Katia.
- Sí. Ha estado junto con Sara sentado en nuestra mesa. Pero la idiota de Melisa me quiere siempre dominar. Yo sé que se quiere quedar con él…. Pero no se lo voy a permitir. – echó otra mirada y se dio cuenta de Aura – ARGG, esa perra también está detrás de él.
- Pero ella está saliendo con Jonathan…
- ¡Ash!, sencillamente es una perra. – volvió a mirarla de reojo y continuó -. Lo tiene para que le pague una cirugía. Pero no sé ha podido saber qué cirugía quiere. Ya se las ha hecho todas, la muy descarada.
Entonces me acordé de lo que habían estado hablando Katia y Sara sobre ella y sonreí muy por debajo.
- ¡Cambio! – Carla gritó.
Quedé otra vez desconcertado. De nuevo el tumulto de personas se arremolinó y volvió a parar cuando ya todos tenían pareja. Esta vez me tocó con Aura.
- Hola, Aura. ¿Has visto a Katia?
- No. – dijo cortante. Estaba como loca moviendo la cabeza de un lado a otro.
- Y, ¿A Eduardo? – pregunté con voz baja – Curiosidad.
- Qué crees que hago. – me lanzó una mirada fulminante. En ese momento se acercó Jonathan bailando con una niña de noveno más o menos de su estatura. Le lanzó un beso a Aura y siguió en su baile – No logro quitarme a ese de encima. Es un completo fastidio. Me arruinó el plan que tenía listo para caerle a Eduardo. Cuando me dijo que venía... – hizo otra pausa, tomó aire y continuó. Más bien hablaba para ella misma que conmigo -. Y esa estúpida de Sara no se le despega… ¡Oh!, los veo. ¡CAMBIO!
De nuevo el movimiento violento de gente. Me volví en seguida y me percaté de Eduardo en medio de la sala bailando con Sara. Esta lo abrazaba por el cuello y no lo soltaba ni aun cuando habían gritado el cambio. Aura se acercó a la pareja y le pidió la mano a Eduardo. Pero Sara, la miró despectivamente y la ignoró.
Pude ver cómo la cara de Aura se tornaba roja de la ira. La cogió por los brazos y acto seguido la tumbó al suelo. Sara cayó de bruces. Las pocas personas que se dieron cuenta detuvieron su baile.
En ese momento, de detrás de un grupo de estudiantes de once, salió Katia la amazónica en ayuda de su amiga.
- ¡COMO TE ATREVES! – gritó y con paso tembloroso le rasgó el vestido a Aura.
Todo el mundo profirió un aullido de sorpresa. Una de las niñas pertenecientes al Double C había sido atacada por una de su mismo clan. Estaba en la misma situación que Katia, en sostén y pantaletas. Pero había algo diferente en su sostén. Algo sobre salía de su seno derecho.
Su novio salió corriendo para proteger a su amada. Por otra parte, Sara, quien había estado tirada en el suelo, se levantó como un rayo y apareció por detrás de Aura. En sus ojos brillaba la oportunidad de culminar todo con un gran espectáculo.
Alargó la mano hacia el sostén de Aura y con una gran agilidad se lo arrancó de su lugar.
El tiempo pareció congelarse por unos segundos. Todo el mundo profirió otro aullido de asombro. Pero esta vez no fue uno de burla. No. Era más bien de lástima y vergüenza ajena. En el piso había caído una pelota redonda de papel. Pero a nadie le importaba eso. Los ojos de muchos estaban localizados en los senos de ella. Más exactamente en el derecho. El mismo Jonathan se quedó pasmado por tan terrible evento.
- Es un fenómeno – murmuró alguien.
- Mírale sus tetas. – decía otro.
- Una es más grande que la otra.
- Nunca había visto algo como esto.
Mientras tanto, la chica desnuda frente a cientos de miradas estaba petrificada. No se había movido. Sus ojos estaban inundados en lágrimas y su rostro dibujaba una expresión de tristeza y vergüenza. Varias lágrimas rodaron por sus mejillas antes de que despertara de su asombro. Se llevó los brazos a su pecho y salió despedida como una bala fuera de la casa, gritando y llorando con profundo dolor.
- Tu… ¡Hip!... novia es una… ¡Hip!... fenómeno, Jonathan. – era Jhon, que se había acercado y se burlaba incontrolablemente.
- ¡Cállate! – gritó este.
- A mi no me… digas que me… ¡Hip!... calle, enano mugroso y bembón – le respondió.
Las risitas de burla se escucharon por lo bajo.
- ¡Que te calles he dicho! – dijo furioso y lo empujó.
Jhon retrocedió un par de pasos, perdió el equilibrio y cayó de lleno. La atención de todos estaba fija ahora en estos dos personajes. Jonathan estaba furioso. Sus manos estaban empuñadas como si esperara que alguien lo atacara por lo que acababa de hacer. Pero nadie se movía. Era como si todos se hubieran vuelto de piedra y contuvieran la respiración.
Con un poco de dificultad, Jhon se paró y enfrentó cara a cara a quien lo había empujado. Pero Jonathan, por su parte, se había dado la vuelta y ahora buscaba a alguien más. Sus ojos saltones revolvían a los que le rodeaban. Entonces, por fin encontró a quien buscaba. Estaba junto a la semidesnuda Katia. Su cara se enjugaba con una sonrisa de triunfo y satisfacción que por un momento llegué a pensar que no tenía sentimientos.
- ¡Tú, perra infeliz! – le gritó a Sara – Mira lo que le has hecho a mi novia.
En seguida salió en su defensa Eduardo. Se paró en frente de Sara, con la espalda recta y mirada desafiante. Jonathan lo miró con un poco de miedo.
- ¡Y tú, cara bonita! – le dijo empuñando los puños y retrocediendo un par de pasos – Me quieres quitar a mi novia. ¡NO ES ASI!
- No le hables así a mi… ¡Hip!... amigo – articuló Jhon y se lanzó a golpear Jonathan. Pero antes de atinar el puño tropezó con sus pies temblorosos y lo asestó a uno de los de noveno.
Hubo otra exclamación de asombro. Algunas niñas se taparon la boca para ahogar un grito. Todos sabían que había sucedido: Jhon le había pegado en la cara a uno de los líderes del grupo más peligroso de los de ese grado.
Algunos chicos de noveno miembros de ese grupo, con sus caras serias y con aire de maldad, tomaron eso como una ofensa y no como un error, y que se lanzaron en contra del pobre borracho que yacía en el suelo ahora. Pero antes de que lograran su cometido aparecieron Gerardo y Eduardo al rescate.
Entonces, viendo la oportunidad de vengarse, Jonathan corrió y con sus manos delgadas le propinó un golpe fuerte a Eduardo en los testículos. Los de noveno, aprovechando el escándalo que se había producido con esto último, se abalanzaron contra Gerardo y Jhon mientras que Oscar y Vick aparecían de la nada para unirse a la contienda.
Todo esto sucedió en un abrir y cerrar de ojos.
Un juego de puños y patadas se inició en medio de la sala. Todos peleaban con todos. Hasta las mujeres se halaban los cabellos y se tiraban de la ropa. En seguida corrí a donde Katia en medio del desorden y la así del brazo. Sara ya no estaba con ella, había corrido fuera de la casa.
Un par de niños de noveno luchaban contra dos de once detrás nuestro. Les tiraban lo primero que encontraban a la mano. Le rompieron la nariz a uno de ellos cuando le asestaron con una lámpara. El lugar se convirtió en un campo de batalla de todos contra todos. Y mientras yo trataba de buscar la manera de salir de allí, Katia no paraba de reír.
Miré a mi derecha y vi a Eduardo tirado en el suelo, tratando de arrastrarse por fuera de la pelea. Corrí hasta allí esquivando a un chico que había sido arrojado por encima de un sofá.
Eduardo estaba aún quejándose del fuerte dolor que le había producido el golpe. Se agarraba con delicadeza sus testículos con la mano izquierda mientras que con la otra se protegía de los golpes de un chico un poco más alto que él.
En ningún momento pensé en salir corriendo y dejarlo allí a la ligera sufriendo una paliza. Empuñé entonces mi mano y la puse con todas mis fuerzas sobre la mejilla derecha del agresor. Eduardo me miró con asombro. Le sonreí tímidamente y lo ayudé a levantarse.
Entonces, y cuando nada podía salir peor, Sara entró aterrorizada y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡LA POLICIA! ¡VIENE LA POLICIA!
- ¡Mierda! – murmuré.
Fue impresionante ver el cambio que estas palabras produjeron en los combatientes. Todos dejaron de hacer lo que hacían; los que peleaban cesaron su lucha y miraban a horrorizados en todas direcciones buscando una manera de escapar.
El problema era muy sencillo: todos los que estaban en esa casa eran menores de edad y estaban borrachos y en el peor de los casos drogados.
El desorden y pánico reinó. Todo el mundo iba y venía descontroladamente, como una manada de búfalos corriendo en diferentes direcciones. Los drogados reían mientras saltaban y rodaban escaleras abajo en una especie de histeria abrumadora. Las mujeres gritaban y lloraban mientras aruñaban a cualquiera que se les entrecruzaba en su camino de escape. Los borrachos, por otro lado, no sabían que hacer, si correr en dirección desconocida o dormir plácidamente en el suelo y no molestarse tanto.
Las sirenas sonaron en frente de la casa. Tenía que encontrar una manera de salir sin ser visto por la policía. No podían capturarnos. Katia estaba completamente borracha y semidesnuda, Eduardo se estaba recuperando del golpe y yo tenía aliento a licor. No teníamos otra elección que huir.
Mis piernas temblaban con el peso de ambos. O no sé si por los nervios que tenía. Entonces, vi una ventana a mi derecha. Estaba en un rincón alejado y en donde nadie rondaba. No sé cómo pude llegar hasta allí; pero cuando lo hice, rompí el vidrio con uno de mis pies y por allí tiré primero a Katia, después a Eduardo y luego pasé yo. Antes de que saliera por mi vía de escape, un par de policías habían tumbado la puerta y entraban gritando y acorralando a los desafortunados.
- Eduardo, ¿estás bien? – le pregunté en voz baja.
- Sí.
- Ayúdame con Katia. Debemos salir de aquí si no queremos ir a la cárcel.
- Está bien.
Habíamos caído cerca de unos matorrales que daban a un jardín vecino. Levantamos cuidadosamente a Katia, quien ya dormía en el suelo y nos escondimos en el oscuro jardín. Todavía se escuchaban gritos. Algunos salieron por nuestra vía de escape, pero después de un tiempo un policía se paró en frente de ella cerrando el paso.
Pasó media hora en la que escuchábamos atentamente lo que pasaba con los que se quedaban atrapados. Al parecer, los llevaban a una camioneta grande, los encerraban y luego nos imaginamos que llamaban a sus padres y les cobraban una multa a quienes tuvieran antecedentes. Después de ese tiempo hubo silencio. No más música, ni gritos, ni baile ni pelea. La casa quedó completamente sola y sus luces se apagaron.
En cuanto a nosotros, los tres estábamos tirados en la tierra mojada. Habíamos aplastado algunas flores y me había enterrado algunas espinas. Katia estaba a mi derecha y yacía dormida como un bebé; Eduardo estaba a mi izquierda, boca arriba, mirando el cielo estrellado.
Me quedé en silencio contemplándolo. Aunque ya había pasado el peligro, mi corazón seguía latiendo descontroladamente. Le había sacado del apuro, lo tenía a mi lado acostado en un escena completamente excitante.
- ¿Estás bien, Daniel? – me preguntó.
- Sí. ¿Y tú?
- Bien. – sonrió.
Hubo silencio. Nos miramos un par de segundos y sonreímos. Bajé la mirada. No era capaz de sostenerla. Parecía como si él escrutara dentro de mis sentimientos.
- Gracias. – dijo al fin.
- ¿Cómo? – no le había entendido.
- Gracias. – repitió.
- No hay nada que agradecer…
- Sí. – me cortó -. Me has salvado de una paliza. Ya sabes como son esos tipos. Al quien ven indefenso no pierden oportunidad.
- De nada, entonces. – dije sonriendo penosamente.
Eduardo me miró con intriga y después, sonriendo, me preguntó:
- ¿Te sonrojaste?
Me paralicé. ¡Diablos!, y si ya se dio cuenta. Estoy en serios problemas…
- No te preocupes, - me dijo –, me suele pasar.
Sonrió de nuevo y me guiñó ojo.
Después del incidente de la pelea y los policías, después de que todo se había calmado, salimos del jardín con Katia apoyada en nuestros hombros y nos dirigimos a la carretera. Un par de taxis pasaban por esa misma calle.
- ¿Tienes transporte?
- Sí. – respondí – lo dejé justo…
Cuando me volví para señalar donde lo había dejado me di cuenta que ya no estaba.
- ¿No sabías que se tenía prohibido estacionar afuera?
- Erm… sí, - dije desconcertado – pero habíamos llegado tarde y… ¡Ash!, ya qué se puede hacer.
Me detuve al verlo a los ojos de nuevo. Me estaba sonriendo con delicadeza. Mi piel se erizó y creo haberme inclinado un poco hacia él.
- ¿Y qué vas a hacer mañana?
Me detuvo en seco.
- Aún no tengo planes. – respondí tratando de ser lo más natural para que no se me notará la emoción que tenía por dentro.
- Bueno, que te parece si entonces me das tu número de móvil y nos estamos hablando para ver que hacemos. ¿Te parece?
- ¡Sí! – exclamé con emoción.
Eduardo se me quedó mirando entre extrañado y sonriendo. ¡AHHHH!, no me había podido aguantar más y las había embarrado. Me aclaré la garganta y dije:
- Sí, toma, anótalo. 317…
Después de un tiempo no muy largo logramos conseguir un taxi y cuando por fin metimos a Katia dentro del auto, Eduardo me detuvo y me dijo:
- Entonces hablamos mañana, ¿listo? – me dio su mano.
- ¿No vienes con nosotros? – pregunté extrañado.
- No. Mi casa queda por aquí cerca. Me voy a pie.
- Entonces, adiós.
- Hasta mañana. – me corrigió con una sonrisa muy simpática.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

hola alfred: el tema de tu cuento me parece reiterativo. Por lo genral siempre paso de largo sobre cualquier escrito que se refiera alas primeras emociones gay del colegio( supongo que sera envidia por que no las tuve), Pero viejo lo felicito....esta muy bien tratado , muy bien escrito y con mucha frescura ,y no cae en la tentacio erotica de erecciones y sueños mojados, etc. estudia algo que siempre me parecio muy bacano. mi correo es wica08@hotmail..exitos y felicitaciones

Anónimo dijo...

hola alfred: el tema de tu cuento me parece reiterativo. Por lo genral siempre paso de largo sobre cualquier escrito que se refiera alas primeras emociones gay del colegio( supongo que sera envidia por que no las tuve), Pero viejo lo felicito....esta muy bien tratado , muy bien escrito y con mucha frescura ,y no cae en la tentacio erotica de erecciones y sueños mojados, etc. estudia algo que siempre me parecio muy bacano. mi correo es wica08@hotmail..exitos y felicitaciones

Anónimo dijo...

hehe oe gracias,, y ps q bueno va tu relato... me gusto muxxo... y ps ancioso de saber como sigue..
oks
cuidate, bye

Anónimo dijo...

Hola-Me encanta tu relato, es muy bueno,pero espero que no tardes tanto en publicar la próxima parte. De veras que es muy chevere