miércoles, mayo 28, 2008

Capitulo X

Todos nos volvimos a la puerta pegando un brinco. Habíamos estado tan pendientes de lo que Vick estaba diciendo que descuidamos la puerta. Ahora nos veíamos frente a frente con una chica de una sonrisa de oreja a oreja que había entrado al baño sin que nos diéramos cuenta. Tenía unos ojos verdes que brillaban de intriga y el pelo suelto con un mechón que le caía sobre su ojo derecho.
- ¡Katia! – exclamé. Ella me miró no tan sorprendida como nosotros. Caminó con paso lento hasta donde estaba Vick y le arrebató las copias de las manos.
- ¡¿Qué es esto?! – preguntó perpleja.
- ¿Qué diablos haces aquí? – pregunté.
- Estaba…- vaciló – Estaba en el baño
- Claro, en el de las bulímicas – murmuró Oscar.
- ¡Nadie pidió tu opinión, loco obsesionado! – le gritó Katia a Oscar.
Sabía a qué se refería. Cuando estábamos en la fiesta del sábado, Vick y Carlos me confesaron que Oscar no tenía novia porque siempre había sido bastante tímido y que se obsesionaba con la persona que le gustaba. Nunca había tenido novia por miedo a que lo rechazaran, entonces su única opción era seguirle los pasos a la chica sin atreverse nunca a confesarle sus sentimientos. Recuerdo muy bien que era Sara, la mejor amiga de Katia, por la que él sentía algo.
- ¡Dame eso, Katia! – le dije saltando hacía a ella.
- ¡Tú no te me acerques, Daniel! – amenazó – Estoy completamente… erm… furiosa contigo.
Esa mentira fue muy notable.
- Tú siempre estás furiosa conmigo. – argumenté cansado.
- ¡No! Esta vez es mucho más delicado. Me dejaste sola en la fiesta y ayer ni siquiera te preocupaste por llamarme. ¡Se supone que eres mi novio! – su voz sonaba como la de una pobre víctima. Después adquirió un tono agresivo y mandón, ese que me disgustaba tanto – ¡Lo que eres es un descarado!
Todos, a excepción mía, y tal vez de Eduardo quien había salido con ella por un tiempo, se sorprendieron por la reacción de aquella dulce niña a la que todos estaban acostumbrados. Como había dicho antes, Katia parecía ser la niña perfecta e ideal para cualquiera, pero la verdad era otra. Era manipuladora, arrogante y envidiosa.
Bajó la mirada a los papeles y su rostro pareció brillar de entusiasmo.
- ¡Pero si son las respuestas del trabajo de Trigo! – pegó un grito.
Nadie pareció responder. Por primera vez en todo lo referente a la situación había sentido algo de miedo puro. Ese había sido un gran cambio de planes. Lo que al parecer sería una sencilla y emocionante aventurilla, se había convertido en algo que se estaba saliendo de nuestras manos. Katia simbolizaba una piedra ENORME en la suela de nuestro zapato.
- Daniel, haz algo – dijo Vick, desesperado.
- ¿Qué voy a hacer?
- ¡Yo qué sé! Tú eres su novio. ¡Quítale los papeles a esa tonta!
- ¿Tonta?... ¿Me dices tonta, niño de las gafas estúpidas? – le dijo a Vick furiosa. Ese fue un comentario muy digno de una integrante de The Cool Club – Dime, ¿quién tiene los papeles ahora?
Tenía razón. Estábamos perdidos. Katia no se iría de allí hasta no obtener lo que quería. Por otro lado estaba poniéndome muy nervioso. El reloj seguía corriendo y el tiempo se acababa. Además, estábamos haciendo mucho ruido. Si alguien pasaba por ahí cerca, nos descubrirían y estaríamos metidos en un gran problema cuando nos encontraran con esas copias.
El juego en contra de las reglas ya no me estaba gustando.
Después de unos segundos de un silencio incómodo, Katia caminó lentamente por en medio de nosotros de una forma provocadora, sensual, hasta llegar a mí. Luego, puso una mano sobre mi hombro y dijo para todos.
- Quiero entrar en esto.
- De ninguna manera. – soltó Vick.
- ¡Por qué no! – estaba molesta -. No diré nada. También necesito las respuestas del trabajo. Sino perderé la materia… ¡Daniel, dile algo!
- Podrían hablar en voz baja. – dijo Oscar asomándose por la puerta y volviéndose a todos nosotros con ojos de preocupación - Alguien nos puede escuchar.
Vick tragó saliva, tomó una gran bocanada de aire y se armó de gran valor para decir lo que estaba a punto de salir de su boca.
- Eres una zorra. – murmuró dirigiéndose a Katia. Estaba rojo como un tomate. Me impresioné mucho al escuchar esto -. ¡Una oportunista! Siempre te estás metiendo con quienes te convienen.
Fue como si una lanza le atravesara su orgullo. Abrió la boca pasmada y arqueó bastante las cejas. Estaba tan herida y enojada que no podía articular las palabras. Lanzó un gruñido de rabia y me gritó con todas sus fuerzas:
- ¡QUE NO ME VAS A DEFENDER!
- ¡No griten! – murmuró Oscar.
Estaba inmóvil. No sabía qué hacer. Lo único que se me vino a la mente fue mirar a Oscar, pero este seguía mirando por la puerta con cautela…
Nos iban a descubrir. No escaparía de esta tan fácilmente.
Cuando estaba a punto de hablar, Vick me interrumpió con un gesto de su mano.
- A ti nadie te va a defender. Lo siento, Daniel, pero esta zorra – señaló a la aterrada Katia – te ha estado utilizando desde siempre ¡Utiliza a todo el mundo para su bien!
- ¡Cállate!,… ¡MENTIROSO!
- ¿Mentiroso?... – repitió Vick con sarcasmo – Daniel, no le crees. Es hora de que sepas la verdad.
Katia soltó una risa y apretó su mano sobre mi hombro con más fuerza. Luego, acercó su cara a mi oído y dijo unas palabras en voz muy baja:
- No le vas a creer, ¿o sí?
- ¿Qué me tienes que decir, Vick? – pregunté armándome de valor.
Katia dio un paso atrás, sorprendida. Sus ojos se desorbitaron y dio un pequeño salto de susto cuando Vick comenzó a hablar:
- Primero fue Antonio, con quien salía solamente por su piscina en la casa…
- ¡Eso fue cuando éramos niños, imbécil! – se defendió Katia.
- … Luego vino Andrés Felipe, al pobre lo utilizaba para hacer sus tareas de matemáticas. La zorra es tan bruta para los números. – Vick continuaba sin reparar en lo que decía Katia – Así vinieron muchos… Hasta este patético – señaló a Eduardo – cayó víctima de sus garras. Lo utilizó para poder entrar a The Cool Club. Ahora te tocó a ti, a quién utiliza sólo para resolver sus tareas y quedar bien con sus papás, quienes ya la consideran una ninfómana.
- ¡Eres un…! – Katia no podía hablar. Tenía la cara más roja que la de Vick. Apretaba tanto los puños que por un momento llegué a pensar que se haría daño.
- Y eso no es todo, Daniel – continuó Vick – Es tan descarada que mientras anda contigo, se acuesta con media ciudad. ¡Sí! ¡Es cierto! Todos la conocen como un angelito, ¡pero la verdad es que es una zorra del infierno!
Katia gritó furiosa, sacudiendose de pies y cabeza y tirando las hojas de trigo al suelo. Luego, salió del baño con paso torpe, empujando a Oscar a un lado y tirando de la puerta con tanta fuerza que casi la manda al piso.
Creía que esto había sido mucho por un día, pero no era cierto. Conocía a Katia lo suficiente como para saber que era una persona vengativa. Ella tomaría represalias contra nosotros y debíamos hacer algo al respecto, sino estaríamos en graves problemas.
En cuanto a lo referente con Katia, no era que me hiriera mucho la idea de que se acostara con otros tipos. De cualquier forma no sentía nada por ella, nuestra relación solo había durado unas semanas, sólo había vivido dos semanas de estrés y amargura. Estaba más interesado en su ex novio, Eduardo, que ella misma.
- ¡Debemos deshacernos de esa copia! – dije exaltado.
- ¿Qué te pasa? – soltó Vick – sé que estás enfadado por lo que acabas de saber, pero aún tenemos tiempo de copiar los…
- No, no, ¡NO! – estaba perdiendo el control – Ella se va a vengar por lo que le hicimos hoy.
- Querrás decir por lo que le hicieron ustedes dos – corrigió Eduardo señalándonos a Vick y a mí.
Lo miré inexpresivo. “Gracias por la ayuda, Eduardo”, pensé.
- Creo que Daniel tiene razón – habló por fin Oscar. Había cambiado su tono. Ahora era el mismo de antes, y eso me hacia sentir seguro -. Debemos tirar esas copias de inmediato. No sabemos qué esperar de esa loca enfurecida.
- ¡Mucho!, - dije -, lo suficiente como para preocuparnos.
- Ella no va a decir nada. Es más que seguro – volvió a decir Vick.
Pero estaba más que equivocado.
Cuando me disponía a dar otro sermón de cuál era el precio con el que se jugaba con Katia, se escuchó a lo lejos el timbre del colegio. Alcé mi reloj. Faltaban diez minutos más para que la tercera hora se acabara. Debía de haber un error. Casi de inmediato, el sonido de un micrófono al conectarse se escuchó por los bafles instalados por todo el colegio y la suave voz de una mujer retumbó por todo el lugar.
¡Katia nos había acusado! De seguro había corrido sin dar tregua y le había avisado al director de lo que estábamos haciendo. Nos atraparían con esas copias que Vick no quería tirar y sería el fin de mi tan buena reputación en mis expedientes. ¿Por qué había tenido que venir? Ya tenía suficientes problemas personales en los cuales pensar, como para sumarles ahora una bochornosa escena colegial.
No podía entender cómo los demás podían seguir tan tranquilos. ¡Por supuesto!, ellos tenían suficiente experiencia metiéndose en problemas. Tal vez pensaban que este en el cual nos veíamos envueltos era un juego de niños.
¡Dios, por qué me pasa esto a mí!
Para fortuna de todos, no estaban anunciando nada en lo cual nos viéramos involucrados.
- Se informa a todos los estudiantes de décimo grado – la mujer hizo una pausa. Se escuchó el sonido de un montón de hojas al revolverse, luego se aclaró la garganta y continuó – Se informa a los estudiantes de décimo que deben pasar al coliseo para comenzar los preparativos de la fiesta de Halloween. – volvió a hacer otra pausa. Un murmullo de voces se podía percibir en el fondo. – Por favor, dirigirse en completo orden. Gracias. – Y la voz desapareció.
Los cuatro soltamos un suspiro de aliento. Tal vez era una señal. Quizá debíamos dejar todo este asunto y no empeorar más las cosas.
- ¡Se los dije! – exclamó Vick – Ella no va a decir nada.
- Te equivocas. – le dije – es nuestra oportunidad de deshacernos de eso – apunté con un dedo tembloroso las hojas.
- Quizá podríamos no ir a la reunión que van hacer y quedarnos a copiar las respuestas. ¿Qué dices, Daniel? – opinó Eduardo, sonriendo de satisfacción como si fuera la mejor idea del mundo.
- ¡Imposible! – negó Oscar ahogando un suspiro de desesperación – Ellos toman lista de todos los estudiantes, ¿no recuerdas?
- Oh, sí, sí.
- ¡Por qué no dejamos esto así y nos resignamos a la mala calificación! – mis piernas temblaban un poco. !Pero qué gallina era!
- Estoy de acuerdo con él – me apoyó Oscar con seriedad.
- Igual yo – se apresuró a decir Eduardo, como saliendo de un momento de confusión - ¡Qué buena idea, Daniel!
Entre tanto Vick se paseaba de un lado a otro, como meditando la situación y bajando la mirada a las hojas que tenía en sus manos de vez en cuando. Hizo un gesto negativo y nos tomó, a Oscar y a mí, por los hombros.
- Tranquilos, muchacho. – dijo en voz baja -. No se preocupen. Lo peor ya pasó. La bruja de Katia se fue ardida porque se quedó sin trabajo… y de paso sin novio – me hizo un gesto de camaradería –. Sino entrego este trabajo, perderé la materia y mis papás me matarán. ¿Me entienden? ¡Todo va a salir bien!, se acordarán de mí.
Crucé miradas con Oscar. Tampoco se veía muy convencido de lo que decía. No sé si era intuición o si tal vez me lo había dicho en algún momento, pero suponía que él también necesitaba de ese trabajo para poder aprobar la materia.
El timbre volvió a sonar y la delicada voz de aquella mujer dio por segunda vez el mismo aviso. Era hora de partir. Los cuatro salimos del baño, no sin antes revisar el pasillo, y nos dirigimos al coliseo. Aproximadamente unos cuarenta estudiantes, la sumatoria total de los cuatro salones de décimos, caminaban despreocupados. Hablaban y reían emocionados de saber que organizarían el evento más espectacular del año.
No estaba muy seguro de lo que hacía. Lo que había visto como un juego emocionante, se había convertido en una pequeña pesadilla. No era el tipo de persona que se metía en problemas. Me gustaba mantener un poco el límite entre la razón y la tontería. Desafortunadamente aquella mañana había balanceado mal esas dos.
- No te preocupes, - susurró Eduardo a mi oído, mientras entrábamos y nos sentábamos en las gradas del enorme coliseo -, si estás conmigo no te va a pasar nada.
- ¡Gracias! – le dije desalentado.
Tomé asiento. Estaba en medio de los dos mejores amigos, Oscar a mi derecha y Eduardo a mi izquierda. Las voces de los otros estudiantes se avivaron aún más. No podían esperar a comenzar con los preparativos.
Levanté mi cabeza por encima del resto y comencé a buscar nervioso a Katia. Pero no la encontré por ningún lado. Mi pierna comenzó a sacudirse de arriba abajo como presa de un tick. Volví a echar otro vistazo y me di cuenta que Sara, la mejor amiga de Katia, estaba sentada detrás de mí. Esa mañana llevaba su pelo negro bien recogido con unas pinzas muy de moda. El gesto de su cara era de incertidumbre. Daba a entender que estaba perdida; que no sabía muy bien qué era lo que pasaba. Se mordía el dedo y giraba su cabeza de un lado para el otro.
- ¿Qué más, Sara? – saludé.
Sacudió la cabeza como tratando de alejar los pensamientos que flotaban a su alrededor y se volvió hacia mí con expresión de extrañeza.
- ¿Tú quién eres? – preguntó como si fuera un bicho raro.
- ¡El novio de Katia, tu mejor amiga! – le contesté molesto.
¡Vaya qué sí era torpe esta muchacha! Lo había comprobado el día de la fiesta y ahora reafirmaba mi acierto. Pero Sara seguía sin entender. Se rascó la cabeza, confundida, y la dobló de medio lado.
¡Era increíble! Vick tenía toda la razón. De seguro que Katia le contaba todo a Sara y habían sido muchos los tipos con los que ella se acostaba que ni siquiera podía recordarlos. La verdad no era que me importara mucho lo que Katia hiciera con su vida. Sencillamente no me la aguantaba. “Gracias al cielo que Vick me la quitó de encima”
Lancé un suspiro y le dije:
- ¡Daniel! Soy Daniel, ¡me recuerdas!
- AHHHH, sí, Danny – dijo sorprendida, como si se hubiese dado cuenta de su estúpida confusión - ¿cómo estás?
- No muy bien, - le dije - ¿sabes dónde pueda estar Katia? No la veo por ningún lado.
- ¡Exactamente iba a preguntarte lo mismo! – me dijo.
- Entonces, ¿no tienes ni una idea de dónde pueda estar? – traté de hacerla pensar un poco.
Volvió a sumergirse en ese estado al que muchos llamamos pensar, pero ella parecía hacer un esfuerzo sobrehumano en ello. ¿Por qué se rascaba tanto la cabeza cuando pensaba? Quizá tendría que estimular la última neurona que le quedaba.
- No, no tengo idea. Salió al baño. Me dijo que había comido muchas calorías y que tendría que ir a… – simuló meterse un dedo en la boca - Tú sabes. ¡Pero no le digas que te lo conté!... Después nunca regresó. Estoy preocupada.
- Ella está bien. – le dije -. Gracias.
- De nada, Danny.
¡Lo sabía!, tendría que estar hablando con el director. Contándole lo que había visto y lo que teníamos en nuestro poder. Estaba acabado. Comencé a sudar de nuevo. Esta vez no por Eduardo, sino de miedo. Mi pierna se descontroló y comenzó a sacudirse sin parar. Eché un vistazo a Eduardo, buscando algo de alivio, pero este hablaba con un chico que tenía a su lado. Se suponía que este debía ser el mejor momento de mi vida ¡él estaba sentado junto a mí! ¡él estaba interesado en mí!
- ¿Estás bien? – Oscar me sacó de mis pensamientos.
Preferí no decir nada. Mi cara de preocupación era más que suficiente como para mentirle. Afirmé con un gesto y puse las manos sobre mis rodillas.
- Es que… - comencé a decir –. Es que nunca había hecho una cosa como esta, tú sabes.
- Entiendo – me dijo con voz suave – Pero no es tan grave como parece ser. ¿Qué es lo peor que nos podría pasar? Nada. Un leve castigo, firmar el libro de no sé qué y una citación a los padres de familia.
¡NADA! Pero, Oscar ¿en qué diablos estaba pensando? Todo eso era demasiado para mí. Supuestamente era uno de los chicos más inteligentes del colegio, con un record en disciplina impecable; que ahora se vería acabado por cometer la estupidez más grande del mundo.
- ¡Menos mal que no es gran cosa! – le dije con sarcasmo.
Oscar sonrió. Aquella risa le quedaba muy bien, entornaba un poco los ojos azules haciendo que se le vieran pequeños y destellaran con brillo propio. ¡Vaya qué sí me gustaba aquella sonrisa!
- Es cierto que fuimos unos estúpidos al hacer todo esto – continuó – sobretodo viniendo de ti, cuando eres un superdotado…
- ¡No soy ningún superdotado! – le corregí.
- ¡Lo sé! – se burló – Es que no quería utilizar la palabra nerd.
- Pues, ¡muchas gracias!
- En cualquier caso, fue una estupidez. Pero las cartas están sobre la mesa. No podemos hacer más nada que afrontar las consecuencias de nuestros actos. Es así de sencillo.
Y puso otra vez su mano sobre mi hombro y lo apretó con delicadeza; igual que como lo hizo la noche pasada, cuando me enteré lo de Javier. No podía creer que un chico con semejante inteligencia, pudiera meterse en semejantes líos.
- ¡Bonjour! – exclamó alguien desde la entrada del coliseo.
Todo el mundo se volvió para ver a un hombre de estatura mediana, pelo bien peinado, un traje hecho a mano combinados con unos zapatos de color marrón. Su postura era recta. Tenía el mentón elevado más de lo normal, la cara esqueletada y sus ojos estaban entornados detrás de unas gafas de media luna, las cuales se sostenía en su diminuta nariz puntiaguda. Llevaba en su mano derecha un folio rectangular, mientras el brazo izquierdo lo sostenía hacia arriba a la altura de su pecho.
Era Roberto Quiñónez, el profesor de francés del colegio. Era conocido por todos por se extremada obsesión por la cultura francesa. Un maniático enamorado de los franceses en todo el sentido de la palabra, trataba de imitar a toda costa los movimientos, expresiones, y estilo de vida de Francia. Tal era su obsesión que había terminado por creerse que había nacido en ese país. Nos obligaba a llamarlo Robert (con acento francés) y siempre hablaba el español como si se tratara de una segunda lengua para él.
A su lado estaba parada una señora de mediana edad. Su corpulento cuerpo hacía parecer que su ajustada ropa fuese a explotar. Siempre llevaba demasiado maquillaje en su rostro, lo que le hacía parecer un payaso de feria; y su pelo caía sobre sus hombros en forma de gigantescos churcos. Se trataba de la profesora de música, la señora Mercedes… perdón, señorita. Los estudiantes siempre se equivocaban con esto cuando le llamaban, lo que la enojaba demasiado.
Estos dos singulares personajes se pararon en frente de las gradas donde estábamos sentados. Le professeur Robert examinaba a todos con ojos inquisitivos, mientras la señorita Mercedes intentaba sostenerse en sus diarias zapatillas de tacón alto que una semana atrás había integrado en su vestuario.
- Buena tagdé, a todus – comenzó a decir Robert – Cgeo que saben pogqué estamos aquí rreunidus. Vamos a seleccionag los grupós de… - hizo un movimiento con su mano izquierda, como si tratara de sacar las palabras que se le atragantaban en su boca – orrganización paga la fiestá de Hallowéén.
Todos profirieron un estallido de murmullos de emoción.
- ¡Vaya, este tipo no cambia! – murmuró Oscar. – Todavía se cree francés. ¡Qué vergüenza!
- ¡Francés! ¡De qué hablas! – interrumpió Vick, quien se sentaba al lado de Oscar – Este más bien se cree francesa.
Robert hacía un movimiento de manos para tratar de calmar a la exaltada multitud de estudiantes. Cuando por fin pudo controlarlos a todos, la profesora Mercedes dio un paso al frente y continuó pasándose una mano por detrás de la oreja para ajustar su pelo.
- El sistema de este año va a ser casi igual al de años pasados. – su voz era bastante aguda a comparación de su voluptuoso cuerpo – A ustedes les ha correspondido organizar la fiesta de este año. Así que vamos a repartirlos a todos en grupos de cuatro y comenzaremos a dividirnos las tareas…
- Disculpe, pgofesoga. – le interrumpió el profesor Robert – Cgeo que hay que decigrles a les estudiantes los cambiós que se han hecho para el evento de este añó.
Hubo un momento de tensión por este comentario. Si mencionaban mucho acerca de los cambios, significaba que eran drásticos. La señorita Mercedes le dedicó una mirada de fastidio y se aclaró la garganta, tratando de buscar las palabras correctas.
- Erm… Sí… hay algunos cambios, como lo he dicho. Sen… sencillamente ya no se podrá… traer disfraces a la fiesta.
Un aullido de quejas estalló de inmediato.
- ¿Cómo que no se puede traer disfraces? – gritó uno.
- Esto es una tontería.
- Se supone que es una fiesta de Halloween, señora Gorda.
La profesora Mercedes se puso roja como un tomate y le dirigió una mirada fulminante al profesor Robert. Tal vez esto no lo tenía que explicar ella sino él. Ahora todos los estudiantes estarían en contra suya. Vick lanzaba groserías a diestra y siniestra, más que enojado por lo que acaban de anunciar, parecía divertirse con el desorden recién comenzado. Eduardo estallaba en risas por la expresión de la señora Mercedes, mientras Oscar miraba a su alrededor observando la reacción de todos. Los gritos se expandieron por todo el coliseo como un eco profundo.
- ¡SILENCIO! – gritó el profesor de francés.
Pasó un cuarto de hora más antes de que el lugar volviera a su estado normal. La profesora Mercedes tuvo que llamar a uno de los coordinadores de disciplina para poder aplacar el desacuerdo de los molestos estudiantes, quienes hablaban en voz alta, como si eso fuera a solucionar las cosas.
- ¡Esas son las reglas que se acordaron en el consejo estudiantil!... ¡Señor Pereira, Silencio! – gritó la señorita Mercedes -. No se discute más el problema. Ahora pasaremos a hacer el listado de los grupos con quienes van a trabajar esta semana.
El profesor de francés abrió el folio y comenzó a llamar a los primeros cuatro, quienes pasaron al frente y recibieron una hoja de manos de la señorita Mercedes, en donde les indicaban las tareas que tenían que desarrollar para la fiesta. Sentí como Eduardo se acercó a mi oído y me susurró delicadamente:
- Sería genial que nos tocara juntos.
Una corriente pasó por toda mi espalda e hizo que los vellos de mi nuca se erizarán. Le sonreí nervioso y traté de concentrarme en el llamado. Estaba más que comprobado lo que había pesando unos minutos atrás. Eduardo estaba interesado en mí. Podría estar equivocado, pero las pruebas estaban ahí afuera. Las sonrisas, el teléfono celular, los guiños de ojos, el saco, el interés de estar a mi lado,… ¡el peligroso acercamiento que hubo en el baño!, y ni hablar de su apretón sobre mi pierna. Desde que había conocido a Eduardo, a principios de año, siempre había imaginado como remota la posibilidad de al menos hablarle. Inclusive así había sido hasta hace un par de días, cuando el mismo Oscar, su mejor amigo, me lo presentó con mucho interés. Pero ahora sorprendentemente todo estaba volviéndose a mi favor.
Estaba en medio de estos pensamientos, cuando el nombre que pronunció el profesor Robert me trajo de vuelta a la cruda realidad, y mis miedos se agudizaron.
- … ¡Katia!... ¿Dónde está la señogita Katia? – preguntó desconcertado
- Creo haberla visto en la oficina del director, hace unos momentos – dijo el coordinador que acababa de llegar.
Los cuatro recibimos la misma descarga de adrenalina. Cruzamos miradas con los ojos bien abiertos.
- De acuegdo, tendrrán que avisagle lo que tiene que haceg – dijo el profesor Robert agitando la mano izquierda desinteresadamente
- ¡Tenías razón! – dijo después Oscar en voz baja para que no escuchara nadie – Katia nos va a delatar.
- ¡Por supuesto que Daniel decía la verdad! – agregó Eduardo – Siempre les dije que debíamos hacerle caso. Oscar tuvo la culpa por intentar llevarle la contraria.
- ¿Ah, sí? – pregunté.
- ¡Maldita perra! – exclamó enseguida Vick.
- ¿Qué vamos a hacer? – le pregunté a Oscar.
- Creo que ahora estamos jodidos – contestó Vick.
Volvimos a quedar en silencio. Aunque el profesor Robert seguía llamando a la lista, sus palabras se quedaban en el aire, como flotando en burbujas. No había medido las consecuencias de mis actos. Simplemente pensé que hacer algo indebido y fuera de lo que comúnmente solía hacer sería divertido. Pero sucede que ahora padecía por dentro.
- Perdón, profesores – interrumpió una joven que trabajaba en el colegio como la del aseo. Llevaba un delantal azul oscuro combinado con retazos blanco. Estaba parada en la puerta.
- Tganquila, señorrita. ¿En qué le podemos ayudag?
- Esto… necesitan a cuatro jóvenes de décimo. Tengo sus nombres anotados – sacó una hoja de su bolsillo delantero y leyó -. Eduardo Mejía, Oscar Centeno, Víctor Marulanda y… Daniel Martínez.
Cada vez que la joven daba un nombre, los otros alumnos lanzaban bajos aullidos de dolor, como queriendo decir que estaban en problemas. Esto se había convertido en una costumbre. Mientras los profesores trataban de calmarlos, no pudieron entrar en un estadio de sorpresa inédita cuando pronunciaron mi nombre. Hasta los mismo estudiantes estallaron en murmullos nuevamente.
- ¿Estás seguga del último nombge? – preguntó el profesor de francés doblando una mano sobre su pecho.
La joven dudo por un momento, leyó de nuevo los nombres de corrido y enfatizó el mío como queriendo decir que no se había equivocado. No había duda. Katia había ido a vengarse y no había escatimado en salvar a ninguno de nosotros.
Los cuatro nos levantamos al unísimo y caminamos fuera del coliseo, detrás de la joven. Sentí las miradas atónitas sobre mi nuca. Aún al estar caminando por los solitarios pasillos, lejos del coliseo, podía escucharlos hablar de mí tan alborotadamente.
- ¿Daniel… Martínez? ¡Lo han llamado!
- Debe haber una equivocación
- ¡Imposible!, la empleada ha repetido su nombre dos veces.
- De seguro no es para nada malo.
- ¡No seas tonta!
- Sí… ¡Eres muy ingenua! ¡Ya viste con quiénes iba! Con sólo nombrar a Víctor se sabe que es para algo malo.
- De seguro que ha hecho algo muy malo.
- … ¡Quién lo iba a creer!
- ¡Se tiró la vida!

Sacudí la cabeza alejando aquellas voces. Algo en mi estómago se revolvía con mucha fuerza. Tal vez las mariposas que sentía se habían convertido en terrible tiburones. Después de pasar por un sin número de salones, llegamos a la puerta del director del colegio. La joven que nos guiaba se detuvo y llamó a la puerta dos veces. Una voz gruesa preguntó quién llamaba y ella respondió que había traído lo que le había pedido. Era nuestro fin. No era capaz de mirar a ninguno de los que iban conmigo. Estaba completamente petrificado.
- El director los manda a pasar. – nos dijo la joven. Luego, agregó antes de desaparecer por el pasillo - ¡Suerte!
Tenía toda la razón. Eso era exactamente lo que necesitábamos en ese momento. ¡Toda la suerte del mundo!
Entramos en hilera, con Vick a la cabeza, seguido por Oscar y yo, y por último Eduardo. La oficina del director era bastante modesta. Había un estante de libros situado detrás de un escritorio de madera muy gruesa y bien pulida. La luz entraba por dos grandes ventanas colocadas continuamente y adornadas por unas horribles cortinas color caqui. El director estaba parado al lado de una de estas ventanas. Era un hombre de mediana estatura, bastante grueso y encorvado por los años. Su pelo estaba reducido a una pequeña mata gris que le crecía a los lados de su cabeza y su cara mostraba los signos de una vida bastante agitada y amarga.
El hombre se volvió hacia nosotros cuando entramos y nos fulminó con su mirada. Pero no estaba solo. En un sillón que se localizaba en un rincón estaba sentada una mujer también entrada en años, con el pelo suelto y bien planchado y una expresión en su rostro de severidad. Era la profesora de Trigonometría; y se puso de pie en cuanto nos vio entrar.
- No están muy felices de vernos – murmuró Vick.
Sus palabras cruzaron el recinto y alcanzaron a llegar a oídos de los dos personajes. La mujer abrió los ojos como platos y se acercó con paso acelerado al director. Nos señaló con un dedo acusatorio y habló con su voz gruesa y militante.
- ¡Ellos fueron! – unas cuantas gotas de saliva brillaron con la luz del sol.
Los cuatro no nos movimos ni un centímetro. Oscar codeó a Vick por la espalda por haber provocado aquella reacción en la profesora de trigo.
- ¿Quién tiene los papeles de la profesora? – preguntó el director acercándose a su escritorio y reteniendo la mirada en mí.
Sus pasos resonaban por toda la oficina. Para mí, ese sonido significaba el comienzo de una terrible experiencia. Ninguno abrió la boca para responder. La mujer lanzó una mirada al cielo y se dirigió con paso ligero hasta la mitad del cuarto.
- ¡Es obvio que no van a decir nada, Ignacio! – exclamó molesta. – Si les preguntas si lo hicieron, van a responder que ¡no!
- ¿Qué le hace pensar que nosotros tenemos tales papeles, eh? – se lanzó Vick.
Sentí un impulso por salir a callar a ese imbécil. Oscar volvió a codearle la espalda, desesperado para que no siguiera hablando. Mientras tanto, Eduardo, se escondía detrás de mí.
- Hemos recibido información de un estudiante – comenzó a decir el Director -, confirmando que ustedes tenían en su poder los resultados de un trabajo importante de la profesora.
- ¡Eso es absurdo! – dijo Vick riendo con ironía – Esa vieja pudo haberlos perdido por ahí. Está tan loca que no sabe dónde anda parada.
Los ojos de la profesora de trigonometría casi salen disparados y su cara se tornó de un rojo intenso. La vena de la cien se le pronunció tanto que se podía ver cómo le palpitaba.
- ¡Cómo se atreve a faltarme al respeto! – gritó.
- ¡Ustedes tres, sáquense los bolsillos!
El Director nos hizo parar en un hilera en frente del escritorio y uno por uno revisó el contenido de los bolsillos del pantalón y los del saco. Sabía que estábamos perdidos. Vick no había querido tirar los papeles a la basura y en el momento en que el director le hiciera sacar todo de lo que traía, iban a caer los papeles y quedaríamos como culpables.
Pero cuando Vick sacó todo lo que tenía dentro, el Director no encontró nada. La profesora estaba aún más furiosa. Ninguno de nosotros teníamos los papeles en nuestro poder. Hasta yo mismo no podía creer lo que pasaba.
El Director nos miró sorprendido, caminó despacio hasta su escritorio de nuevo y se sentó en su silla.
- ¿Están seguros que no tienen esos papeles? – preguntó de nuevo el director, esta vez con voz inquisitoria.
- Usted mismo pudo comprobarlo, señor – afirmó Vick.
Crucé una mirada con Oscar. Este me sonrió por lo bajo y me guiñó un ojo como sinónimo de complicidad. No sabía qué estaba pasando, pero lo más obvio era que habían encontrado la forma de burlar las acusaciones de Katia y deshacerse de los papeles antes de llegar a la oficina.
- Y ahora que se ha resuelto todo ¿Nos podemos retirar? – preguntó Vick -. No queremos perdernos la siguiente clase.
Estuve a punto de soltar una carcajada.
- ¡Por supuesto! – respondió el Director levantándose y caminando hasta el otro extremo de la habitación.
Nos habíamos salvado. Oscar y Vick eran unos genios. Si solo pudieran enfocar ese ingenio hacia sus estudios podrían ser uno de los mejores en notas. Me sentía lleno de adrenalina. Me creía capaz de hacer cualquier cosa.
- Pero antes… - nos detuvo la voz del Director – Quisiera que vieran esto.
Abrió los cajones de una estantería de libros y un gran televisor de pantalla plana apareció. La profesora de trigo pasó a nuestro lado haciendo sonar apropósito los tacones de sus zapatos contra el suelo. El Director encendió el aparato y enseguida se vio la imagen de otra oficina pero más pequeña, desde una cámara que colgaba del techo. En ella estaba Vick, sentado en frente del escritorio del que parecía ser la oficina de la profesora de Trigo. Estaba mirando de reojo mientras se levantaba de su asiento y revolvía los cajones con presura. Después, escondió unos papeles en su bolsillo del saco y volvió a tomar asiento en el mismo puesto, justo antes de que la figura de la espantosa profesora entrara en el ángulo de la cámara.
- ¿Qué opinan de esto? – ninguno respondió a la nueva pregunta del Director. Después de unos segundos de silencio, en donde el video seguía reproduciéndose en el televisor, volvió a hablar – Me da pena que tenga que presenciar esto. Les pregunté para ver qué tan honestos eran conmigo, pero ¡son más mentirosos de lo que aparentan! – luego se volvió hacia mí, con un gesto desalentador -. Y en cuanto a usted, señor Martínez, estoy completamente anonadado de su actitud de vandalismo y… ¡Nos ha defraudado a todos!
- Él no tuvo la culpa. – soltó Oscar sin pensarlo - Él no hace parte de esto. Es inocente. Déjelo ir. Nosotros fuimos quienes planeamos todo esto. Es un error que él esté aquí.
El Director lo miró de pies a cabeza y arrugó aún más su arrugado rostro. El muchacho seguía firme y sin mutar su rostro inexpresivo.
- ¡Ni yo! – exclamó Eduardo de inmediato – ¡Yo tampoco tuve nada que ver en esto! ¡Se lo juro!
El Director posó la mirada sobre Eduardo como esperando encontrar la verdad en sus ojos. Después, se dirigió a mí.
- ¿Es eso cierto, señor Martínez? – preguntó el Director, como dándome una segunda oportunidad.
Mi mente comenzó a dar vuelcos. Tenía que reaccionar de una manera rápida. Era una luz que podría sacarme de todo este embrollo y salvar mi reputación. Si decía que era inocente, toda la culpa recaería sobre Oscar y Vick, y mi nombre se limpiaría, llevando mi record de disciplina impecable. Sin embargo, si decía lo contrario, caería bien fondo y mi hoja de vida se vería afectada por un acto estúpido y sin sentido. ¡No podía desaprovechar esta ayuda que me daba Oscar!
Las imágenes de las personas que se enorgullecían de mi rendimiento aparecieron ante mis ojos. Mis papás, mi familia, los mismos profesores… No quería defraudarlos. Ya me estaba imaginando la cara que pondría mi mamá al enterarse de que tendría que ir al colegio porque su hijo se había metido en serios problemas haciendo fraude y robando a un profesor. Sería tema de qué hablar durante una semana en mi casa y por lo menos estaría señalado como culpable durante dos almuerzos familiares.
Por otra parte, no me hubiera esperado esa reacción de Oscar. Estaba poniendo en peligro su pellejo y todo por librarme de esto. Él estaba allí, parado firmemente, con una mirada vaga. Se metía las manos a los bolsillos y revolcaba algo dentro.
- Señor Martínez, ¡responda! – exclamó el Director impaciente.
- ¡No! – respondí después de unos segundos - ¡No es cierto!
- ¡Qué! – exclamó Eduardo.
El Director se desinfló y su rostro retomó la expresión de seriedad que había mostrado siempre.
- Pero… - volví a hablar – Eduardo sí es inocente. Es un error que él esté aquí. Tal vez su informante se confundió. Sin duda él está pagando algo por lo que no es culpable.
- ¿Es eso cierto, señor Mejía? – le preguntó dirigiéndose a Eduardo.
- Sí, es todo verdad. – respondió alegrándose de sí mismo – No tuve nada que ver en esto. No los vi en todo el día. No sé porqué se me acusa.
El Director soltó un suspiro y se dirigió a la entrada. Eduardo le siguió los pasos y espero a que le abrieran.
- En ese caso… Eduardo, puedes retirarte. – el Director le abrió la puerta.Cuando la cerro tras el, caminó hasta su escritorio, revolvió unos cuantos papeles y nos dirigió una mirada de fatiga. – En cuanto a ustedes… Deberán firmar el libro de Conducta, tendrán una mala calificación en su trabajo, por obvias razones, y se les impondrá un castigo. Además, sus padres serán citados a una reunión con nosotros. Privada, claro está. Ahora, pueden volver a sus clases.
- ¡Y el castigo! – dijo la profesora de Trigo.
- Se les hará saber mañana. – dijo el Director con calma -. Discutiremos esto en un consejo de profesores. Ahora retírense…
Salimos arrastrando los pies fuera de la oficina. Noté cómo Vick le hacia una mueca por la espalda a la profesora. Caminamos a por los pasillos en completo silencio, pero cuando doblamos la primera esquina, casi como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, los tres estallamos en una risa incontrolable. Oscar se sostenía sobre una fuente de agua, Vick dobló las rodillas y yo me sostenía el estómago con fuerza. Nos reímos sin parar por un largo tiempo. Había sido lo más estúpido que cualquiera de los tres hubiese hecho, pero la adrenalina aún invadía nuestras cabezas y nos parecía que la única forma de expulsarla era riendo.
Luego de unos minutos, cuando por fin pudimos volver a caminar, quedamos en silencio y cruzamos miradas. De repente, entre los tres salió a flote una especie de compañerismo extraño que no existía antes de la terrible aventura.
- Siento mucho lo que pasó, Daniel – dijo al fin Vick -. Debí hacerte caso…
- No te preocupes, - sacudí la mano como si tratara de alejar aquellas palabras -, está bien.
- Aún así, fuiste un imbécil al desaprovechar esa oportunidad. – señaló Vick.
- Es cierto. - agregó Oscar.
- ¿Lo de imbécil? – bromeé
- ¡No!, lo de la oportunidad…¿por qué no te salvaste?
- Porque las cartas estaban ya sobre la mesa. Era el momento de enfrentar las consecuencias de mis actos. – le respondí sonriendo.
Oscar se quedó inmóvil por unos segundos. Le estaba recordando las misma palabras que me había dicho ese mismo día. Luego, puso una mano sobre mi hombro y los tres caminamos por el pasillo, riendo, rumbo a nuestra próxima clase.

Capitulo IX

Era un lunes en la mañana y el día era perfecto. A pesar de la gran tormenta de la noche pasada, el cielo estaba despejado y el sol brillaba en su punto. El verano estaba llegando a su fin, sin embargo la viveza y el colorido aún permanecían.
Esa mañana me desperté muy relajado. Las tensiones que habían sumado lo que al parecer fue una semana terrible, ahora sólo pertenecían en el pasado. La noche anterior había tenido lugar una revelación casi impresionante para mí. Sin embargo, ahora que lo pensaba mucho mejor, las evidencias siempre habían estado allí; sólo que nunca las quise aceptar.
No había hablado con mi tía Rosa, ni siquiera con el mismo Javier. Tal vez debían pensar que necesitaba algún tiempo, o estarían temerosos de que fuera a contarle a toda la familia. Sabía muy bien que nunca haría algo tan macabro como lo segundo, pero sin duda creía que sí necesitaba algo de tiempo de distanciamiento para poder asimilar lo que había pasado; y también tratar de aceptar con más firmeza lo que me pasaba. Porque si lo mirábamos de cerca, no era que se diferenciara a la situación de Javier.
Mientras contemplaba mi reflejo en el espejo, el pequeño morada que antes tenía en el pómulo derecho de la cara había empeorado. Recordé el puño que me había asestado a mí mismo la noche pasada, cuando la tormenta caía sobre la ciudad. “Dios, debo pegar fuerte”, pensé. Sentí un poco de compasión por el chico a quien le había golpeado la noche de la fiesta del sábado cuando la revuelta había estallado.
Me toqué con cuidado. El dolor era insoportable. Definitivamente debía tener más cuidado en el futuro y descargar mis emociones contra otra cosa que no fuera mi cara, o cualquier parte de mi cuerpo, por supuesto. No quería parecer un loco desenfrenado ante nadie…
Lo anterior me hizo pensar en Oscar. Sentí un poco de vergüenza por lo que le había hecho pasar. No tenía la necesidad de presenciar todo eso. Era un buen sujeto: amable, sincero, divertido, buen mozo.
- Él es guapo – me dije a mí mismo mientras entraba en la ducha.
Me sorprendí de decirlo. Era la primera vez que hacia un comentario de ese tipo en voz alta y se sentía extraño. Sonreí un poco y recordé sus palabras: No hay nada de malo en ser tú mismo. Tenía razón, no lo había. Pero también recordé tampoco el mundo entero debía enterarse de todas las cosas. ¿Cómo balancear todo esto? Tendría que hallar el modo de ser quien yo era, y al mismo tiempo no hacerlo saber a todo que el me conociera.
Mientras me duchaba pensaba en esto y encontré la solución. Decidí que la cosa era más simple de lo que pensaba. Podría permitirme decir cualquier comentario en voz alta siempre y cuando nadie pudiera escucharme. Pensé que el único fin de esto era irme acostumbrando a ser yo mismo (Aunque no estuviese muy seguro de lo que significase ese ser) Así, sería quien era y también guardaría compostura con los demás.
Me felicité por mi nuevo avance. No sería fácil al principio; no estaba acostumbrado. Pero todo dependía de mí, así que me di la oportunidad de hacerlo para mirar en qué resultaba.
Cuando terminaba de lavarme los dientes, me fijé que en la papelera había tirado lo que parecía ser un objeto alargado con una banda en el medio de color roja. No tuve que ser muy perspicaz para darme cuanta que era una prueba de embarazo. Los únicos que utilizábamos aquel cuarto de baño éramos mi hermana y yo. La levanté con cuidado, para darme cuenta que era negativa. Eran aquellas pruebas similares a las que había utilizado la primera vez que tuve relaciones: si salía rojo significaba que era negativo, por el contrario, si era azul nuestras vidas se verían en problemas.
Por un momento llegué a vacilar y pensé en dejarla donde estaba para que alguno de mis papás entrara por casualidad y la viera. Pero un acto de compasión entró en mi pecho y la arrojé a retrete. No podía ser tan malvado con Catalina.
Salí del baño bastante renovado y entré a mi cuarto para vestirme. El uniforme del colegio no era tan sencillo. Estaba dotado de unos pantalones de tela fina color negro; una camisa gris encima y una corbata de los colores amarillo y roja; antes utilizábamos un gorro de lo más anticuado, pero gracias a nuestros representantes estudiantiles logramos que se mandara a tirar a la basura. Por último, debíamos llevar el saco de color negro que tenía el escudo del prestigioso colegio en el lado del corazón.
Este no era el típico uniforme que los colegios de mi país solían llevar. Los alumnos más rebeldes, junto con los pocos padres modernos, siempre habían criticado el estilo del uniforme. Pero todos eran conscientes que en últimas el colegio llevaría las de ganar. El rector siempre estaba argumentando que el tradicional uniforme llevaba muchos años de existencia y que sería una blasfemia ir en contra de… bla, bla, bla.
Dibuje una sonrisa cuando recordé los comentarios de burla que hacíamos Carlos mi mejor amigo, y yo cuando teníamos al rector en medio de un discurso. Nos habíamos salvado en más de una ocasión cuando por poco nos cogían envueltos en risas o tratando de disimularla con tanto esfuerzo.
- ¡A desayunar! – gritaron desde el primer piso.
- ¡Ya bajo! – dije.
Me dispuse a buscar el saco que tanto odiaba, pero no estaba. Abrí los cajones, estantes, armario y tampoco había señales de él. Mire debajo de la cama, detrás de las cortinas, dentro de un baúl grande que tenía a los pies de mi cama… pero tampoco estaba. Rasqué mi cabeza confundido y volví a buscar con más calma.
- ¿Dónde diablos dejé mi saco? – pensé.
Hicieron el segundo llamado, así que bajé al comedor lo más rápido que pude y entré a la cocina. Mi mamá estaba sirviendo el desayuno y mi papá llevaba los platos a la mesa.
- Mamá, sabes ¿dónde está mi saco? – pregunté mientras mi papá me pasaba el mío. Eran huevos cocidos con tostadas recién salidas.
- Si quieres cereal, están en la mesa – me dijo.
- Mi amor, ¿no has reclamado el saco? – dijo al fin mi mamá después de revisar su reloj.
- ¿Cómo así?
- ¿No te acuerdas que cuando llegaste a casa la semana pasada, no lo traías puesto? – levantó su plato y se sentó en la mesa al lado de mi papá, a quien le dijo – arréglate la corbata.
No me acordaba. El día del accidente con la gaseosa y la intoxicación me lo habían quitado y no sabía quién. Tendría que preguntarle a una de las empleadas del aseo del colegio. De seguro que se lo habían llevado a lavarlo.
- Mamá, ¿no te lo había dicho? – había entrado Catalina al comedor usando una ropa que le hacía relucir su esbelto cuerpo -. A él siempre le tienen que estar repitiendo todo. Para que no lo olvide.
- Debe ser de familia, entonces – dije cuando me asaltó una idea -. Porque debería recordarte que no debes tirar envolturas de chicles de colores en la papelera del baño, Cata.
Mi hermana se quedó en blanco y recordó la estupidez que había cometido. Me miró fijamente con los ojos como platos.
- ¡Cata! – exclamó mi mamá –. Les he dicho que no tiren dulces en la papelera del baño. Eso es desagradable.
Catalina seguía en silencio. Le dirigí una sonrisa de triunfo y me senté a la mesa a desayunar, lleno de satisfacción.
- No volverá a suceder, mamá – dijo saliendo de su aturdimiento y sentándose también.
- Más te vale, - le dije mientras tragaba el enorme pedazo de pan que había mordido -, porque no te volveré a cubrir.




Era el comienzo de semana y también el comienzo de otra larga jornada. El colegio estaba dotado de una inmensa estructura, con un notable campus de estudio. Estaba equipado con grandes y cómodos salones, salas audiovisuales, laboratorios de química, música, bibliotecas, canchas, entre otras cosas. Me sentía orgulloso de pertenecer a ese prestigioso colegio. Aunque a veces era insoportable permanecer allí por las largas horas de estudio y la intensa presión que ejercían sobre nosotros.
Muchos estudiantes de otros colegios nos envidiaban. A decir verdad, era algo mucho más que eso. Creo que más de uno nos odiaba. Pero todo era fundado por falsas hechos y apariencias. Había escuchado más de una vez que nos llamaban niños mimados, ricos y creídos (omitiendo cierta clase de comentarios peyorativos que no quisiera traer al caso). Podía ser cierto que algunos se comportaban así, pero no era una aserción válida para todos ¿Por qué muchas veces nos dejamos llevar por apariencias, y generalizamos sin medir bien los hechos?
Al entrar al pasillo que llevaba a los salones, me encontré con la usual algarabía de jóvenes yendo y viniendo por todos lados, con sus libros, morrales y el mismo uniforme negro con corbata de colores. Era la típica habladuría de jóvenes de bachillerato que se encuentran después de un largo fin de semana y comentan todas las aventuras o se adelantan en chismes. No era difícil darse cuenta de que todo el mundo, sin excepción, estaba ocupado sobre el mismo tema aquella mañana. La desastrosa fiesta del sábado en la casa de John.
- ¿Cómo dices? – preguntaba una chica de un pequeño grupo instalado cerca de mí. Estaba impresionada.
- Tal como lo oyes – respondía su amiga -. Los rumores que se decían eran ciertos… Katia le arrancó la ropa y Aura quedó completamente desnuda…
- ¿Qué hay de lo otro? – preguntaba otra chica que tenía la cara llena de pecas y unas gafas gruesas.
- ¡También es cierto! ¡Aura tiene las tetas deformes! – respondió la otra con entusiasmo y al mismo tiempo espantada -. Hay quienes dicen que su cola también está deforme. Otros aseguran que ella tampoco tiene… ya saben qué.
- ¡Terrible! – exclamó una con pavor.
- ¡Qué ceba! – agregó otra con asco.
Aparté mi atención de aquel grupo. No estaba interesado en saber las opiniones de quienes hubiesen presenciado el evento. Estaba seguro que los hechos cambiarían a medida que fueran pasando de boca en boca y al final todo estaría envuelto en una maraña de mentiras y contradicciones que no se sabría a ciencia cierta lo que en realidad pasó.
Di media vuelta hacía el pasillo y me llevé una gran sorpresa. Había algo distinto en la decoración del lugar, muy inusual desde cualquier perspectiva. En las esquinas de las paredes habían colocado telarañas artificiales, por los casilleros y puertas colgaban una serie de arañas, moscos, bichos, colmillos de vampiros y uno que otro dibujo de un Frankenstein o Drácula. Daba la sensación de que se estaba parado en la entrada de una feria de circo abandonada. Al fondo, justo en medio del pasillo y colgando del techo, se alcanzaba a ver un gran cartel que rezaba con letras que se derretían:
G R A N F I E S T A D E H A L L O W E E N!!!!
E s t e V i e r n e s
S a l ó n d e e v e n t o s
H o y G r a n S e l e c c i ó n

¿Cómo se me había podido olvidar? Era finales de octubre y se acercaba la fiesta de Halloween que se hacía todos los años en el colegio y que era organizada y dirigida por los mismos alumnos. La casi tradicional fiesta de brujas era un evento instaurado unos tres años atrás por unos estudiantes revolucionarios que sólo buscaban diversión. La fiesta fue copiada por cada generación sucesora y la que ahora regía no quería ser la excepción.
- ¡Daniel! – alguien gritó por detrás. – ¡El chico sin saco!
- ¡Hola, Oscar! – saludé con entusiasmo.
Mi corazón se alegró de verlo. Llevaba el mismo uniforme que todos, solo que la corbata estaba suelta y su saco abierto. Llevaba el pelo bastante desordenado y empapado con agua, y sus ojos color azul oscuro brillaban con las luces de las lámparas del pasillo. Su rostro llevaba una apariencia alegre, con la misma sonrisa particular, y caminaba con paso despreocupado. Mi día se estaba poniendo cada vez mejor.
- ¿Cómo te fue ayer? – preguntó invitándome a seguir caminando.
- ¡Bien! – respondí. Tuve que esquivar un par de chicos que llevaban una pila de libros muy grande -. Por fortuna puede llegar a casa con todo y cabeza.
- ¡Oh! – exclamó riendo mientras señalaba mi morado -. Y eso no se ve muy bien.
- No. – le dije - ¡Creo que no me servirá mucho si quiero conquistar hoy!
- ¡No, de seguro que no! – dijo después de haberse acercado a mi cara, como queriendo examinar mi morado, burlándose. Luego agregó –. ¡Al menos te servirá para asustar a tus enemigos enseñándoles qué tan fuerte es tu puño!
- Me alegra que lo digas, Oscar – le dije -, Por que entonces sabré no te atreverás a contarle a nadie lo que en realidad me pasó.
Estaba jugando. Fingí una cara de enojado y le enseñé mi mano empuñada.
- ¡Tranquilo, Rocky II! – exclamó alzando su libro de trigonometría -. Más bien ahórrate ese puño y pégaselo en la cara de la profesora de Trigo… ¡Para ver si se olvida del trabajo!
- ¡Diablos! – paré de reír.
También había olvidado eso. Anoche había quedado de hacer el trabajo en la casa de Oscar, pero cómo salieron las cosas, y los descubrimientos un poco inesperados a los que me vi enfrentado, cuando regresé a la casa pasé directo a la ducha y después a la cama. Había gastado mucho tiempo pensado en otras cosas y había descuidado otras con mayor importancia. Estaba en problemas.
Oscar seguía sonriéndome.
- No te preocupes. – me susurró al oído, haciendo un movimiento de cabeza y pasando un brazo por encima de mis hombros –. Todo está arreglado.
- ¿Ah, sí? – dije también tratando de bajar el tono de voz, intrigado.
- Síp. Todo está finamente calculado… - me guiñó un ojo y me hizo una señal con la mano para que lo siguiera.
Salimos del bullicioso pasillo y aparecimos en el gran patio principal, lleno de bancos y mucho pasto verde. Tuve que cerrar un poco los ojos ante la cegadora luz del sol. Ese era uno de los sitios preferidos para pasar un rato relajante durante el descanso. Allí podíamos sentarnos a hablar, comer alguna merienda o simplemente tirarnos sobre el fresco pasto de la estación para ver el cielo y formar figuras con las nubes. Volví mi mirada a uno de los rincones, justo al lado de una fuente de agua. Recordé que hacía unos días estaba presenciando el momento en donde Eduardo rechazaba a Jenny como su próxima novia; el mismo día de mi intoxicación. De nuevo, volví mi mirada más allá y me detuve en las canchas. En ese lugar, varios meses atrás, había visto por primera vez a Eduardo y de inmediato caí rendido, víctima de su hermosura.
Oscar se aclaró la garganta, me sacó de mis pensamientos sobre Eduardo y continuó.
- Como sabrás muy bien, - dijo - la vieja de trigo es una de las más estrictas profesoras de esta abominable cárcel.
Esta expresión, que sólo hacia alusión al colegio, era muy utilizada entre los estudiantes.
- Sí, - afirmé con dolor –, es casi una bestia esa señora.
- Es lógico. Es una vieja decrépita, loca y fea que sólo se la pasa regañando y mandando como si fuera capitana. No me sorprende porqué nunca se casó. – decía esto con un tono de voz siniestro bastante burlón, mientras pasaba por en medio de unos chicos de décimo y seguíamos nuestro camino.
- Pero, ¿a qué viene todo esto? – pregunté impaciente.
- Allá voy, Daniel – respondió. Hizo una pausa y siguió -. Todo esto hace pensar a cualquiera que la única forma de doblegar a la vieja es sobornándola sustanciosamente o… - se encogió de hombros -, quizá, acostándose con ella.
- ¡Sobornaste a la profesora! – le interrumpí con una exclamación de sorpresa.
- ¡No! – dijo Oscar colocándose un dedo en la boca – No hables duro.
- Entonces… ¡Te acostaste con ella! – mi cara se arrugó de asco -. ¡Eso es asqueroso!
- ¡NO! – me tomó del hombro y me empujó alejándome del montón de personas - ¡Ninguna de las dos!, ¡no me dejas terminar!... ¡Es algo menos… doloroso! – arqueó las cejas.
Oscar señaló una de las bancas que estaban en medio del gran patio. Los rayos del sol iluminaban a un chico alto, bastante fornido, sentado sobre la gris banca y haciendo un gesto de inconformidad. Agudicé mi mirada y no me tomó mucho tiempo darme cuenta que era Víctor, o más bien conocido como Vick. Me lo habían presentado como el amigo de Oscar y Eduardo en la fiesta pasada. Estuvo hablando con nosotros un corto tiempo para después irse a ‘cazar perritas’, como él llamaba a las niñas vírgenes o a las más codiciadas. Ese día llevaba unas gafas color negro que cubrían muy bien sus ojos.
Nos saludó cuando nos acercábamos.
- ¡Qué más! – exclamó. Luego se volvió hacia mí – Viejo Daniel, esa herida no sigue mejorando, ¿eh?
Negué con un movimiento de cabeza y estreché su mano. Oscar tomó asiento en la banca.
- ¿Trajiste lo que te dije? – le preguntó a Vick.
- Por supuesto que lo traje. – Vick revolvió los bolsillos del pantalón. Unas llaves y un par de monedas comenzaron a sacudirse dentro. Luego, por fin sacó un manojo de papeles arrugados y muy mal doblados.
- ¿Qué eso? – pregunté dudoso.
- Esto, - respondió Vick mientras le pasaba el bulto a su amigo y miraba receloso a su alrededor – Esto son los resultados de los ejercicios del trabajo de trigo. Lo único que hay que hacer ahora es copiarlos en la hoja para entregar y ¡listo!
- ¿En serio? – dije sorprendido.
- ¡Sí! – dijo Vick riendo de emoción -. Los conseguimos el viernes. Fingí no entender un ejercicio y la muy tonta de la profesora me creyó. Cuando estuve solo por unos momentos en su oficina, aproveché y busqué en sus cajones… ¡Con la gran sorpresa de encontrarme con esta preciosidad!
Soltó un grito de júbilo. Oscar sonrió mientras me pasaba los papeles. Pasé mi mirada por en medio de las líneas y verifiqué su contenido. Era verdad. Habían robado las respuestas del trabajo de trigonometría y nadie parecía haberse quejado por ello. Lo que sostenía en mis manos era la prueba que podría acabar metiéndolos en problemas. Aún así, era increíble lo que estos muchachos hacían. En mi vida me hubiera imaginado estar haciendo un acto de… no sabía cómo llamarlo, tal vez, vandalismo.
Sonreí por lo bajo.
Oscar y Víctor ahora hablaban de la estupenda hazaña de nuevo. Parecían orgullosos de haber burlado a una autoridad con tanta facilidad. No era que estuviera muy de acuerdo con lo que habían hecho, pero sin embargo, me emocionaba la idea de estar haciendo algo moralmente incorrecto por primera vez en mi vida. Comencé a sentir cómo un cosquilleo comenzó a subirme por las piernas y terminó en mi espalda.
¡Esto se veía emocionante y divertido!
- ¿Quién más sabe de esto? – pregunté. Usé un tono de complicidad que me sorprendió.
- Solamente nosotros tres. – respondió Vick.
- ¿Y qué pasó con Eduardo y Carlos? – preguntó Oscar, extrañado.
- Ah, no les dije a ellos. – Vick trató de evadir la pregunta con un movimiento de manos.
- ¿Por qué?
- No tiene caso, Oscar. Sencillamente ellos no me caen tan bien.
Era la primera persona de la que escuchaba hablar mal de Eduardo. Todo el mundo adoraba a ese muchacho. Oscar lo consideraba como un hermano; Sara, la amiga de Katia, y más de una docena de chicas soñaban con él; Carlos, el otro amigo de Oscar, lo consideraba una excelente persona; y yo estaba perdidamente enamorado de él. O al menos eso era lo que imaginaba.
Ahora que lo pensaba, ¿dónde estaría Eduardo? A lo mejor ya se había olvidado de mí y estaría con alguna de esas chicas que siempre lo estaban acechando como esos cazadores de pieles en el África. Fruncí un poco el ceño porque no podía creerlo. Le había salvado de una dura paliza y ni siquiera cumplió la promesa que hizo de llamarme. Definitivamente estar detrás de un chico heterosexual como Eduardo era cosa imposible. Me había planteado lo mismo una y otra vez antes: yo no tendría ninguna oportunidad con un chico como él. Ni siquiera si estuviera convencido de mí mismo de experimentar con un hombre. Aún no me creía preparado para dar un paso tan grande…
Qué digo un paso, eso seria una ¡zancada!
Oscar sacudió un poco la cabeza y dejó el asunto de no contarles a Eduardo y Carlos lo del trabajo. Vick, por su parte, se arregló las gafas que traía puestas.
De repente, el timbre sonó por todo el colegio anunciando la hora de entrar a los salones. Los tres intercambiamos miradas de sorpresa.
- ¿Cuándo vamos a copiar todo esto? – pregunté señalando las copias, algo nervioso.
- Todos tenemos la clase de trigo en horas diferentes, pero no es sino hasta después del descanso, así que no hay de qué preocuparse. – comenzó a decir Oscar – Tendríamos la hora del descanso, pero no creo que veinte minutos sean suficientes. Además, es muy riesgoso. ¡Nos podrían ver!
- ¿Qué hacemos? – Vick estaba preocupado.
- Tendremos que salirnos de clase antes. – se detuvo por unos segundos y al final dijo – Esto es lo que haremos: nos vemos en los baños del pasillo cuatro a la tercera hora. – Oscar hablaba deprisa. El patio empezaba a vaciarse. -. Salgan como puedan. Finjan un dolor, cualquier mareo o una epilepsia, ¡lo que sea!... Daniel es todo un experto en eso, ¿no es así?
Sonreí. La imagen del día que nos habíamos conocido en la enfermería se hizo visible ante mis ojos. Después de haber despertado de mi desmayo, me encontré frente a este chico que había fingido el dolor de estómago para salvarse del tortuoso examen de trigo. Pero su engaño no había durado mucho porque la enfermera descubrió su mentira y lo sacó a patadas del lugar, con termómetro en boca.
El segundo timbre volvió a sonar.
Un movimiento involuntario hizo que apretara las manos para mantenerme en calma. Debíamos ir de inmediato a clase.
- En los baños del pasillo siete. – dije entre nervioso y exaltado.
- A la tercera hora. – agregó Vick
Devolví los papeles a Vick, quien los metió en el bolsillo del pantalón y cada uno corrió a sus respectivos salones.
Una creciente adrenalina se arremolinó en mi cabeza y las piernas comenzaron a temblarme sin dar tregua. La emoción de ir en contra de las reglas, de burlar la autoridad y de hacer lo incorrecto eran sensaciones que nunca había sentido, pero la atracción hacia ellas me estaba gustando. Siempre había sido el niño prodigio en todo, el que nunca se metía en problemas y que por alguna estúpida razón estaba haciendo lo correcto.
Eso estaba apunto de cambiar.



El baño de los hombres estaba situado en lo último del pasillo número siete del primer piso. Era uno de los más frecuentados por aquellos quienes querían romper las reglas dentro de los muros de la llamada cárcel. Allí se escabullían los más alcohólicos para tomar un poco antes de ir a animar el ambiente en un evento deportivo. Otros hacían sus llamadas por el celular a escondidas de los profesores. Y aún los más atrevidos se encerraban en uno de los baños con alguna chica para divertirse un buen rato. Pero los hombres no éramos los únicos malvados y cochinos en este juego. El baño de las chicas, que se localizaba justo en frente, era el más frecuentado por las niñas drogadictas, bulímicas o ninfómanas.
Había pasado más de diez minutos desde que la tercera hora había sido anunciada por el timbre, y ninguno de los dos, ni Oscar ni Vick, se habían aparecido aún. Comenzaba a preocuparme y caminaba de arriba para abajo mirando por en medio de los cubículos infinidad de veces, tratando de calmar los nervios que se habían sumado a la espera; o talvez ojeando el gran espejo que estaba enfrente del gran mesón del lavamanos para verme reflejado en él. Traté de distraer la mente en algo mientras estos dos se aparecían, pero estaba encerrado en los mismos pensamientos, como en un laberinto sin salida.
Las dos primeras clases habían sido una tortura. Primero tuve que aguantarme los regaños del profesor Reyes, un lunático que dictaba química y que se había pasado más de veinte minutos recalcándome que no traer el uniforme completo era una falta de respeto para el colegio. Cuando intenté explicarle que me había quitado el saco el día de la intoxicación, me mandó a callar de golpe. Después vino la segunda hora con el profesor de historia. Con su baja estatura, tez como de cincuenta años y voz chillona hacían de su clase un tedio completo.
Por fortuna, puede escabullirme antes que el timbre sonara y diera paso a la tercera hora. Le dije que necesitaba ir al baño porque me sentía un poco mareado. Por supuesto, él me creyó todo. El pobre había presenciado mi desmayo de aquel día y cuando mencioné mareado se asustó tanto temiendo que me fuera a pasar lo mismo y me mandó afuera sin vacilación. Me estaba sintiendo todo un valiente mentiroso.
La clase de trigo no llegaría sino hasta después del descanso. Así que disponíamos de suficiente tiempo para copiar el trabajo si nos apresurábamos...
“Un momento”, de repente me acordé de algo y logré salir del laberinto, “¿Si encontraron los papeles el viernes, por qué Oscar me llamó el domingo pidiéndome ayuda?” Algo raro había en todo eso. Él no tenía necesidad de mí. Simplemente podía rellenar las respuestas en las hojas y terminaba con su trabajo. ¿Por qué no me había dado cuenta de esto? ¡Claro!, siempre estoy pensando en otras cosas de menor importancia, como por ejemplo Eduardo y mis enredos imaginarios. Debía concentrarme más en lo que me rodeaba…
En ese momento y sin previo aviso, tampoco sin poder analizar más a fondo lo que había recién descubierto de Oscar, alguien entró por la puerta e imitó el ruido de un fantasma. Pegué un brinco de susto y me llevé la mano al corazón.
Había sido Oscar.
- Lo siento – dijo - ¿Te asusté?
- ¡No! Lo hago todo el tiempo. – respondí con sarcasmo.
Entró con un poco de cautela y miró alrededor.
- ¿No ha llegado Vick? – preguntó extrañado.
- No. Llevo mucho tiempo aquí y no he visto a nadie.
- Perfecto – asomó la cabeza por el pasillo e hizo una señal con las manos. - ¡Ven, entra! Está despejado. – murmuraba, algo malhumorado.
Entonces, apareció por la puerta un chico de ojos café y nariz respingada. Ese día su pelo negro estaba más alborotado que antes. Mi corazón se aceleró a mil por hora, como si estuviese corriendo una maratón, y enderecé mi cuerpo como tratando de disimular la sorpresa en la que me habían tomado. Sentí cómo mis manos empezaron a sudar de los nervios.
“Tranquilo” – pensé -, “Respira profundo. Tranquilo. Es solo… Es solo Eduardo.”
Eduardo había traspasado la puerta de madera de los baños y se paraba enfrente mío como todo un valiente. La blanca luz de las lámparas del baño le daban una tonalidad pálida a sus mejillas, pero mis ojos creyeron ver un ángel en persona en aquel rostro perfecto. Por un instante creí desplomarme sobre le suelo. Volvía a tener los mismos síntomas que la vez pasada, cuando me lo presentaron en la fiesta. Sentí cómo mi rostro se enrojecía y de nuevo algo grueso crecía en mis pantalones.
- Hola, Daniel – saludó y luego mostró esos dientes perfectos con una sonrisa.
“¡Es… solo… EDUARDO!” – grité por dentro.
- Espero que no te importe que haya traído a Eduardo conmigo – comenzó a decir Oscar sin interés -. Insistió tanto en venir que se lo tuve que contar.
Pero yo seguía mirando a Eduardo. Este se acercó a mí y me estrechó la mano. Con un movimiento casi involuntario, la retiré de inmediato; debía de estar muy sudada y no quería que se llevara una mala impresión.
- No hay problema, ¿o sí? – me preguntó él mismo.
OHHHH, su voz era como música para mis oídos. Era como sentir mariposas en el estómago. ¡Sí, eso era! Así se sentían las mariposas en el estómago. Lo único diferente era que esas mariposas sólo deseaban saltar fuera de mí y abalanzarse sobre los delicados labios rojos de Eduardo.
- Claro que no hay ningún problema. – Dije al fin, colocando una mano sobre mi vientre, como tratando de detener a las mariposas – Ustedes son amigos.
- ¡Qué bueno! – exclamó Eduardo mirando a Oscar. Luego, se dirigió a mí - ¿Y cómo has estado?
Oscar pareció torcer los ojos al cielo. Cuando estaba a punto de contestar, sin darme cuenta, Oscar corrió como un rayo desde la puerta y cuando menos lo esperaba estaba colocado detrás de mí, con una mano sobre mi hombro. Eduardo arqueó las cejas impresionado y esperó.
- ¿Qué te parece si comenzamos, Daniel? – preguntó acelerado, como si creyera que Eduardo se le adelantaría.
- ¿Comenzar qué? – pregunté estúpidamente.
- ¡El trabajo! – exclamó Oscar alzando la voz. Parecía nervioso.
- Eso… - dudé - Eso sería genial. – entonces salí de mi ilusión para caer en cuenta de algo -. Pero no tenemos los papeles. Víctor se los llevó.
- ¡Diablos! – se enfadado Oscar.
- ¡Así es Vick! – intervino Eduardo -. Siempre llegando tarde.
Eduardo me sonrió de nuevo y se sentó en el mesón de lavamanos que estaba justo al frente de los espejos. Entre tanto, Oscar soltó un suspiro y camino arrastrando los pies hasta la puerta; se asomó por ella y esperó. Me daba la impresión de que se sentía un poco decepcionado.
- Oye, - comenzó a decir Eduardo - disculpa por no haberte llamado ayer.
Abrí los ojos como platos mientras le daba la espalda ¡SE ACORDO DE MI LLAMADA! ¡Sí! Casi salto sobre un pie y empiezo a dar vueltas como un perrito de circo. Después de todo no había sino en vano la larga y desesperante espera de su llamada. Era lo mejor que me hubiese podido decir aquel muchacho que tanto me gustaba y por el cual me estaba volviendo loco. Definitivamente todo iba muy bien aquel día. Le perdonaba lo de no haber llamado, lo de tenerme tan enamorado, lo de querer besarlo y no soltarlo nunca. La vida me estaba recompensando por todo lo malo de la semana pasada.
Tomé una bocanada de aire y traté de obtener una expresión de normalidad antes de voltearme hacía él.
- Ah, no te preocupes. No pasa nada. – le mentí. Si supiera que estuve esperando como loco aquella llamada y hasta llegué a enfadarme con él.
- No, en realidad sí quiero disculparme. La verdad es que estuve muy ocupado, tú sabes, visitando a mi familia y esas cosas…
De repente se escuchó un fuerte resuello de burla desde la puerta.
- ¡Nada que llega ese patán! – exclamó Oscar desesperado cuando se percató de que lo mirábamos. Tamborileó sus dedos sobre la madera de la puerta.
Estaba un poco sorprendido. Oscar no se comportaba así. O por lo menos lo que conocía de él.
- No le prestes atención. – dijo Eduardo captando mi atención - Le dan esos ataques – Hizo una pausa, en donde se acomodó sobre el mesón. – Te estaba diciendo, - mientras hablaba nunca me quitaba la mirada de encima. Ahora me había sentado a su lado y estábamos bastante cerca el uno del otro – quiero disculparme contigo. Así que te he traído esto.
Alzó la mano izquierda y me di cuenta que traía un saco idéntico al del colegio.
- ¿Es… es mi saco? – pregunté entre extrañado y alegre.
- Sí. Lo encontré en el suelo el día que estuviste enfermo. Lo recogí y lo lavé por ti. Es mi manera de disculparme ¿Te molesta?
Estuve a menos de nada de saltar sobre sus brazos y agradecérselo de una manera que se lo merecía. Lo que había hecho me daba pie a pensar que después de todo no le era indiferente a Eduardo. Sabía que yo existía desde antes. Las mariposas en el estómago comenzaron a sacudirse con más fuerza y mi cuerpo comenzó a tomar impulso. Era una sensación que estaba tratando de controlar con todas las fuerzas que me eran posibles, pero que creía imposible de detener. Me estaba acercando mucho más. Tal vez necesitaba de otro de mis puños para despertar de esta impresión que me causaba estar junto a Eduardo. Quería probar de aquella boca que me volvía tonto.
- No. No me molesta. – susurré.
Entonces, Eduardo puso el saco sobre mi regazo y pude sentir cómo sus manos se quedaban allí, justo sobre mi pierna derecha. Mi respiración aumentó al igual que los latidos de mi corazón. Él era el ser más perfecto que había podido ver sobre la faz de la tierra. El simple nombre me daba la impresión de estar al lado de un semidios. Eduardo. Estaba envuelto en una especie de estadio supremo, en donde no hay dolor, ni preocupación. Sólo existía el deseo, la seducción, la pasión ¡Lo podía sentir! Podía sentir la fuerza y al mismo tiempo delicadeza de su mano abrirse sin censura por mi pierna. No pensaba en nada. No me importaba si tocaba mi pierna, mi mano o cualquier parte de mi cuerpo. Sólo pensaba en estar con él lo equivalente a la suficiencia de la eternidad. Mi entrepierna cruzaba los límites de su grandeza y se volvió muy sensible al tocar la tela de mi bóxer. De repente era como si también me hubiese vuelto más sensible al aire, a su aroma, a su esencia. Pegué un pequeño salto y ahogué un suave gemido cuando Eduardo me dio un apretón fuerte en la pierna. Mi respiración era más sonora y constante a cada segundo. No quería despertar; quería que el tiempo se congelase afuera, pero que dentro de los dos siguiéramos vivos para que nuestros labios cruzaran ese pequeño, pero a la vez infinito espacio, que los separaba e impedía de tocarse.
- ¡Ya viene Vick! – exclamó Oscar desde la puerta.
Los dos despertamos de nuestra hipnosis magnética, como cuando alguien es sacado de su cama a patadas y es apuntado con una pistola en la cien. Todo en un lapso de tiempo medido en segundos.
¡MALDICION!, fue el grito más grande que he ahogado en toda mi vida.
¡¿Por qué?! ... ¡¿Por qué tenía que interrumpirnos?!
ARGGGGHHHH
Quería gritarle a ese tonto de Vick por aparecerse tan rápido. ¿No pudo haberse demorado unos tres minutos más?... Y Oscar ¿No podría desaparecerse por unos instantes? ¡¡¡Estuvimos a punto de darnos un beso!!! Eduardo me había tocado la pierna. Era algo extraño de procesar, pero era completamente cierto. No había podido imaginarlo. Pude sentir cómo su mano me apretaba con fuerza. Mis manos temblaban entre excitadas, nerviosas y llenas de rabia. Estuvo tan cerca de mí…
¡¿POR QUE?!
Eduardo saltó asustado y sacudió un poco la cabeza. Retiró la mano de mi regazo y se miró al espejo. Mientras tanto, le seguí el movimiento y me coloqué el saco que me había entregado en forma de disculpas. En ese momento entró Vick algo agitado. Estaba pálido y sudoroso. Aún así llevaba una expresión de satisfacción en su rostro que le resaltaba con aquellas gafas negras que aún llevaba puestas.
- ¿Por qué diablos te demoraste tanto? - le regañó Oscar, mirándonos de reojo – Llevamos esperando bastante.
- Lo siento. – dijo sacando las copias de su bolsillo – Pero al parecer soy mejor actor de lo que pensaba.
- ¿De qué hablas? – pregunté casi sin voz. Necesitaba reponerme lo más rápido posible,… y calmar las hormonas de paso.
- Fingí tal dolor que me llevaron a la enfermería. La muy desgraciada cucha de Economía – soltó en un murmuro – Al final pude escaparme y logré escabullirme por los pasillos.
- ¡Lo bueno es que ya estás aquí! – apuntó Eduardo. Los dos cruzamos miradas y reímos levemente.
Haber tenido tal acercamiento hacia Eduardo no había podido resolver otra cosa sino que él y yo nos gustábamos mutuamente. ¡No podía creerlo! Aunque mi mente me dijera lo contrario, de que Eduardo era un completo tipo heterosexual, no cabía duda que las evidencias estaban ahí afuera; y aún más después de aquel acercamiento tan notorio que acaba de acontecer. Esta vez no me sucedería lo mismo que con mi primo Javier. Había sido testigo de lo que le pasaba, pero nunca me detuve a pensar, o tal vez nunca pude aceptar la realidad. Además, si las palabras de Oscar tenían razón, no tiene nada de malo ser como uno es, entonces no habría nada de malo en seguirle el juego a Eduardo y poder realizar lo que desde hacía tiempo deseaba.
- Eduardo y yo seremos felices – pensé.
Oscar lanzó una mirada al cielo, como irritado. Estuvo a punto de dirigirse a mí, pero luego de meditarlo en silencio posó su mirada en Vick.
- Y, ¿Eduardo qué hace aquí? – preguntó Vick frunciendo el ceño.
- Cuando venía insistió en acompañarme, así que le conté lo que estábamos planeando y vino. – intervino Oscar.
- Pues, entonces, lo siento. – lanzó agresivamente Vick – Pero él no puede ver el trabajo. Sólo es para nosotros tres.
Las palabras de Vick produjeron una especie de tención en el aire. Vick fulminaba a Eduardo con la mirada a través de sus gafas oscuras. Eduardo, mientras tanto, se paró en frente de Vick y lo enfrentó. De la amistad en la los conocí, parecía que ya no quedaba vestigios.
- Desde hace unos días estás así conmigo, Vick – dijo Eduardo - ¿Qué es lo que te pasa? ¡Somos amigos!
- Me pasa que no quiero hablar contigo. Es todo. No he escuchado muy buenas cosas de ti últimamente.
Eduardo pareció congelarse y dio un paso hacia atrás. Oscar frunció más el entrecejo, confundido; después de unos segundos abrió los ojos como platos, como si temiera algo también. Tuvo casi la misma reacción que su amigo Eduardo. Luego, me volvió una mirada de reojo que no duró mucho.
- ¿Ah, sí? – balbuceó Eduardo.
- Sí. Pero no quiero decir nada al respecto. No tenemos tiempo para tonterías. Daniel, Oscar y yo debemos trabajar en esto. – señaló las copias que tenía en la mano.
- ¿Trabajar en qué? – había preguntado una voz desconocida desde la entrada.