Era un lunes en la mañana y el día era perfecto. A pesar de la gran tormenta de la noche pasada, el cielo estaba despejado y el sol brillaba en su punto. El verano estaba llegando a su fin, sin embargo la viveza y el colorido aún permanecían.
Esa mañana me desperté muy relajado. Las tensiones que habían sumado lo que al parecer fue una semana terrible, ahora sólo pertenecían en el pasado. La noche anterior había tenido lugar una revelación casi impresionante para mí. Sin embargo, ahora que lo pensaba mucho mejor, las evidencias siempre habían estado allí; sólo que nunca las quise aceptar.
No había hablado con mi tía Rosa, ni siquiera con el mismo Javier. Tal vez debían pensar que necesitaba algún tiempo, o estarían temerosos de que fuera a contarle a toda la familia. Sabía muy bien que nunca haría algo tan macabro como lo segundo, pero sin duda creía que sí necesitaba algo de tiempo de distanciamiento para poder asimilar lo que había pasado; y también tratar de aceptar con más firmeza lo que me pasaba. Porque si lo mirábamos de cerca, no era que se diferenciara a la situación de Javier.
Mientras contemplaba mi reflejo en el espejo, el pequeño morada que antes tenía en el pómulo derecho de la cara había empeorado. Recordé el puño que me había asestado a mí mismo la noche pasada, cuando la tormenta caía sobre la ciudad. “Dios, debo pegar fuerte”, pensé. Sentí un poco de compasión por el chico a quien le había golpeado la noche de la fiesta del sábado cuando la revuelta había estallado.
Me toqué con cuidado. El dolor era insoportable. Definitivamente debía tener más cuidado en el futuro y descargar mis emociones contra otra cosa que no fuera mi cara, o cualquier parte de mi cuerpo, por supuesto. No quería parecer un loco desenfrenado ante nadie…
Lo anterior me hizo pensar en Oscar. Sentí un poco de vergüenza por lo que le había hecho pasar. No tenía la necesidad de presenciar todo eso. Era un buen sujeto: amable, sincero, divertido, buen mozo.
- Él es guapo – me dije a mí mismo mientras entraba en la ducha.
Me sorprendí de decirlo. Era la primera vez que hacia un comentario de ese tipo en voz alta y se sentía extraño. Sonreí un poco y recordé sus palabras: No hay nada de malo en ser tú mismo. Tenía razón, no lo había. Pero también recordé tampoco el mundo entero debía enterarse de todas las cosas. ¿Cómo balancear todo esto? Tendría que hallar el modo de ser quien yo era, y al mismo tiempo no hacerlo saber a todo que el me conociera.
Mientras me duchaba pensaba en esto y encontré la solución. Decidí que la cosa era más simple de lo que pensaba. Podría permitirme decir cualquier comentario en voz alta siempre y cuando nadie pudiera escucharme. Pensé que el único fin de esto era irme acostumbrando a ser yo mismo (Aunque no estuviese muy seguro de lo que significase ese ser) Así, sería quien era y también guardaría compostura con los demás.
Me felicité por mi nuevo avance. No sería fácil al principio; no estaba acostumbrado. Pero todo dependía de mí, así que me di la oportunidad de hacerlo para mirar en qué resultaba.
Cuando terminaba de lavarme los dientes, me fijé que en la papelera había tirado lo que parecía ser un objeto alargado con una banda en el medio de color roja. No tuve que ser muy perspicaz para darme cuanta que era una prueba de embarazo. Los únicos que utilizábamos aquel cuarto de baño éramos mi hermana y yo. La levanté con cuidado, para darme cuenta que era negativa. Eran aquellas pruebas similares a las que había utilizado la primera vez que tuve relaciones: si salía rojo significaba que era negativo, por el contrario, si era azul nuestras vidas se verían en problemas.
Por un momento llegué a vacilar y pensé en dejarla donde estaba para que alguno de mis papás entrara por casualidad y la viera. Pero un acto de compasión entró en mi pecho y la arrojé a retrete. No podía ser tan malvado con Catalina.
Salí del baño bastante renovado y entré a mi cuarto para vestirme. El uniforme del colegio no era tan sencillo. Estaba dotado de unos pantalones de tela fina color negro; una camisa gris encima y una corbata de los colores amarillo y roja; antes utilizábamos un gorro de lo más anticuado, pero gracias a nuestros representantes estudiantiles logramos que se mandara a tirar a la basura. Por último, debíamos llevar el saco de color negro que tenía el escudo del prestigioso colegio en el lado del corazón.
Este no era el típico uniforme que los colegios de mi país solían llevar. Los alumnos más rebeldes, junto con los pocos padres modernos, siempre habían criticado el estilo del uniforme. Pero todos eran conscientes que en últimas el colegio llevaría las de ganar. El rector siempre estaba argumentando que el tradicional uniforme llevaba muchos años de existencia y que sería una blasfemia ir en contra de… bla, bla, bla.
Dibuje una sonrisa cuando recordé los comentarios de burla que hacíamos Carlos mi mejor amigo, y yo cuando teníamos al rector en medio de un discurso. Nos habíamos salvado en más de una ocasión cuando por poco nos cogían envueltos en risas o tratando de disimularla con tanto esfuerzo.
- ¡A desayunar! – gritaron desde el primer piso.
- ¡Ya bajo! – dije.
Me dispuse a buscar el saco que tanto odiaba, pero no estaba. Abrí los cajones, estantes, armario y tampoco había señales de él. Mire debajo de la cama, detrás de las cortinas, dentro de un baúl grande que tenía a los pies de mi cama… pero tampoco estaba. Rasqué mi cabeza confundido y volví a buscar con más calma.
- ¿Dónde diablos dejé mi saco? – pensé.
Hicieron el segundo llamado, así que bajé al comedor lo más rápido que pude y entré a la cocina. Mi mamá estaba sirviendo el desayuno y mi papá llevaba los platos a la mesa.
- Mamá, sabes ¿dónde está mi saco? – pregunté mientras mi papá me pasaba el mío. Eran huevos cocidos con tostadas recién salidas.
- Si quieres cereal, están en la mesa – me dijo.
- Mi amor, ¿no has reclamado el saco? – dijo al fin mi mamá después de revisar su reloj.
- ¿Cómo así?
- ¿No te acuerdas que cuando llegaste a casa la semana pasada, no lo traías puesto? – levantó su plato y se sentó en la mesa al lado de mi papá, a quien le dijo – arréglate la corbata.
No me acordaba. El día del accidente con la gaseosa y la intoxicación me lo habían quitado y no sabía quién. Tendría que preguntarle a una de las empleadas del aseo del colegio. De seguro que se lo habían llevado a lavarlo.
- Mamá, ¿no te lo había dicho? – había entrado Catalina al comedor usando una ropa que le hacía relucir su esbelto cuerpo -. A él siempre le tienen que estar repitiendo todo. Para que no lo olvide.
- Debe ser de familia, entonces – dije cuando me asaltó una idea -. Porque debería recordarte que no debes tirar envolturas de chicles de colores en la papelera del baño, Cata.
Mi hermana se quedó en blanco y recordó la estupidez que había cometido. Me miró fijamente con los ojos como platos.
- ¡Cata! – exclamó mi mamá –. Les he dicho que no tiren dulces en la papelera del baño. Eso es desagradable.
Catalina seguía en silencio. Le dirigí una sonrisa de triunfo y me senté a la mesa a desayunar, lleno de satisfacción.
- No volverá a suceder, mamá – dijo saliendo de su aturdimiento y sentándose también.
- Más te vale, - le dije mientras tragaba el enorme pedazo de pan que había mordido -, porque no te volveré a cubrir.
Era el comienzo de semana y también el comienzo de otra larga jornada. El colegio estaba dotado de una inmensa estructura, con un notable campus de estudio. Estaba equipado con grandes y cómodos salones, salas audiovisuales, laboratorios de química, música, bibliotecas, canchas, entre otras cosas. Me sentía orgulloso de pertenecer a ese prestigioso colegio. Aunque a veces era insoportable permanecer allí por las largas horas de estudio y la intensa presión que ejercían sobre nosotros.
Muchos estudiantes de otros colegios nos envidiaban. A decir verdad, era algo mucho más que eso. Creo que más de uno nos odiaba. Pero todo era fundado por falsas hechos y apariencias. Había escuchado más de una vez que nos llamaban niños mimados, ricos y creídos (omitiendo cierta clase de comentarios peyorativos que no quisiera traer al caso). Podía ser cierto que algunos se comportaban así, pero no era una aserción válida para todos ¿Por qué muchas veces nos dejamos llevar por apariencias, y generalizamos sin medir bien los hechos?
Al entrar al pasillo que llevaba a los salones, me encontré con la usual algarabía de jóvenes yendo y viniendo por todos lados, con sus libros, morrales y el mismo uniforme negro con corbata de colores. Era la típica habladuría de jóvenes de bachillerato que se encuentran después de un largo fin de semana y comentan todas las aventuras o se adelantan en chismes. No era difícil darse cuenta de que todo el mundo, sin excepción, estaba ocupado sobre el mismo tema aquella mañana. La desastrosa fiesta del sábado en la casa de John.
- ¿Cómo dices? – preguntaba una chica de un pequeño grupo instalado cerca de mí. Estaba impresionada.
- Tal como lo oyes – respondía su amiga -. Los rumores que se decían eran ciertos… Katia le arrancó la ropa y Aura quedó completamente desnuda…
- ¿Qué hay de lo otro? – preguntaba otra chica que tenía la cara llena de pecas y unas gafas gruesas.
- ¡También es cierto! ¡Aura tiene las tetas deformes! – respondió la otra con entusiasmo y al mismo tiempo espantada -. Hay quienes dicen que su cola también está deforme. Otros aseguran que ella tampoco tiene… ya saben qué.
- ¡Terrible! – exclamó una con pavor.
- ¡Qué ceba! – agregó otra con asco.
Aparté mi atención de aquel grupo. No estaba interesado en saber las opiniones de quienes hubiesen presenciado el evento. Estaba seguro que los hechos cambiarían a medida que fueran pasando de boca en boca y al final todo estaría envuelto en una maraña de mentiras y contradicciones que no se sabría a ciencia cierta lo que en realidad pasó.
Di media vuelta hacía el pasillo y me llevé una gran sorpresa. Había algo distinto en la decoración del lugar, muy inusual desde cualquier perspectiva. En las esquinas de las paredes habían colocado telarañas artificiales, por los casilleros y puertas colgaban una serie de arañas, moscos, bichos, colmillos de vampiros y uno que otro dibujo de un Frankenstein o Drácula. Daba la sensación de que se estaba parado en la entrada de una feria de circo abandonada. Al fondo, justo en medio del pasillo y colgando del techo, se alcanzaba a ver un gran cartel que rezaba con letras que se derretían:
G R A N F I E S T A D E H A L L O W E E N!!!!
E s t e V i e r n e s
S a l ó n d e e v e n t o s
H o y G r a n S e l e c c i ó n
¿Cómo se me había podido olvidar? Era finales de octubre y se acercaba la fiesta de Halloween que se hacía todos los años en el colegio y que era organizada y dirigida por los mismos alumnos. La casi tradicional fiesta de brujas era un evento instaurado unos tres años atrás por unos estudiantes revolucionarios que sólo buscaban diversión. La fiesta fue copiada por cada generación sucesora y la que ahora regía no quería ser la excepción.
- ¡Daniel! – alguien gritó por detrás. – ¡El chico sin saco!
- ¡Hola, Oscar! – saludé con entusiasmo.
Mi corazón se alegró de verlo. Llevaba el mismo uniforme que todos, solo que la corbata estaba suelta y su saco abierto. Llevaba el pelo bastante desordenado y empapado con agua, y sus ojos color azul oscuro brillaban con las luces de las lámparas del pasillo. Su rostro llevaba una apariencia alegre, con la misma sonrisa particular, y caminaba con paso despreocupado. Mi día se estaba poniendo cada vez mejor.
- ¿Cómo te fue ayer? – preguntó invitándome a seguir caminando.
- ¡Bien! – respondí. Tuve que esquivar un par de chicos que llevaban una pila de libros muy grande -. Por fortuna puede llegar a casa con todo y cabeza.
- ¡Oh! – exclamó riendo mientras señalaba mi morado -. Y eso no se ve muy bien.
- No. – le dije - ¡Creo que no me servirá mucho si quiero conquistar hoy!
- ¡No, de seguro que no! – dijo después de haberse acercado a mi cara, como queriendo examinar mi morado, burlándose. Luego agregó –. ¡Al menos te servirá para asustar a tus enemigos enseñándoles qué tan fuerte es tu puño!
- Me alegra que lo digas, Oscar – le dije -, Por que entonces sabré no te atreverás a contarle a nadie lo que en realidad me pasó.
Estaba jugando. Fingí una cara de enojado y le enseñé mi mano empuñada.
- ¡Tranquilo, Rocky II! – exclamó alzando su libro de trigonometría -. Más bien ahórrate ese puño y pégaselo en la cara de la profesora de Trigo… ¡Para ver si se olvida del trabajo!
- ¡Diablos! – paré de reír.
También había olvidado eso. Anoche había quedado de hacer el trabajo en la casa de Oscar, pero cómo salieron las cosas, y los descubrimientos un poco inesperados a los que me vi enfrentado, cuando regresé a la casa pasé directo a la ducha y después a la cama. Había gastado mucho tiempo pensado en otras cosas y había descuidado otras con mayor importancia. Estaba en problemas.
Oscar seguía sonriéndome.
- No te preocupes. – me susurró al oído, haciendo un movimiento de cabeza y pasando un brazo por encima de mis hombros –. Todo está arreglado.
- ¿Ah, sí? – dije también tratando de bajar el tono de voz, intrigado.
- Síp. Todo está finamente calculado… - me guiñó un ojo y me hizo una señal con la mano para que lo siguiera.
Salimos del bullicioso pasillo y aparecimos en el gran patio principal, lleno de bancos y mucho pasto verde. Tuve que cerrar un poco los ojos ante la cegadora luz del sol. Ese era uno de los sitios preferidos para pasar un rato relajante durante el descanso. Allí podíamos sentarnos a hablar, comer alguna merienda o simplemente tirarnos sobre el fresco pasto de la estación para ver el cielo y formar figuras con las nubes. Volví mi mirada a uno de los rincones, justo al lado de una fuente de agua. Recordé que hacía unos días estaba presenciando el momento en donde Eduardo rechazaba a Jenny como su próxima novia; el mismo día de mi intoxicación. De nuevo, volví mi mirada más allá y me detuve en las canchas. En ese lugar, varios meses atrás, había visto por primera vez a Eduardo y de inmediato caí rendido, víctima de su hermosura.
Oscar se aclaró la garganta, me sacó de mis pensamientos sobre Eduardo y continuó.
- Como sabrás muy bien, - dijo - la vieja de trigo es una de las más estrictas profesoras de esta abominable cárcel.
Esta expresión, que sólo hacia alusión al colegio, era muy utilizada entre los estudiantes.
- Sí, - afirmé con dolor –, es casi una bestia esa señora.
- Es lógico. Es una vieja decrépita, loca y fea que sólo se la pasa regañando y mandando como si fuera capitana. No me sorprende porqué nunca se casó. – decía esto con un tono de voz siniestro bastante burlón, mientras pasaba por en medio de unos chicos de décimo y seguíamos nuestro camino.
- Pero, ¿a qué viene todo esto? – pregunté impaciente.
- Allá voy, Daniel – respondió. Hizo una pausa y siguió -. Todo esto hace pensar a cualquiera que la única forma de doblegar a la vieja es sobornándola sustanciosamente o… - se encogió de hombros -, quizá, acostándose con ella.
- ¡Sobornaste a la profesora! – le interrumpí con una exclamación de sorpresa.
- ¡No! – dijo Oscar colocándose un dedo en la boca – No hables duro.
- Entonces… ¡Te acostaste con ella! – mi cara se arrugó de asco -. ¡Eso es asqueroso!
- ¡NO! – me tomó del hombro y me empujó alejándome del montón de personas - ¡Ninguna de las dos!, ¡no me dejas terminar!... ¡Es algo menos… doloroso! – arqueó las cejas.
Oscar señaló una de las bancas que estaban en medio del gran patio. Los rayos del sol iluminaban a un chico alto, bastante fornido, sentado sobre la gris banca y haciendo un gesto de inconformidad. Agudicé mi mirada y no me tomó mucho tiempo darme cuenta que era Víctor, o más bien conocido como Vick. Me lo habían presentado como el amigo de Oscar y Eduardo en la fiesta pasada. Estuvo hablando con nosotros un corto tiempo para después irse a ‘cazar perritas’, como él llamaba a las niñas vírgenes o a las más codiciadas. Ese día llevaba unas gafas color negro que cubrían muy bien sus ojos.
Nos saludó cuando nos acercábamos.
- ¡Qué más! – exclamó. Luego se volvió hacia mí – Viejo Daniel, esa herida no sigue mejorando, ¿eh?
Negué con un movimiento de cabeza y estreché su mano. Oscar tomó asiento en la banca.
- ¿Trajiste lo que te dije? – le preguntó a Vick.
- Por supuesto que lo traje. – Vick revolvió los bolsillos del pantalón. Unas llaves y un par de monedas comenzaron a sacudirse dentro. Luego, por fin sacó un manojo de papeles arrugados y muy mal doblados.
- ¿Qué eso? – pregunté dudoso.
- Esto, - respondió Vick mientras le pasaba el bulto a su amigo y miraba receloso a su alrededor – Esto son los resultados de los ejercicios del trabajo de trigo. Lo único que hay que hacer ahora es copiarlos en la hoja para entregar y ¡listo!
- ¿En serio? – dije sorprendido.
- ¡Sí! – dijo Vick riendo de emoción -. Los conseguimos el viernes. Fingí no entender un ejercicio y la muy tonta de la profesora me creyó. Cuando estuve solo por unos momentos en su oficina, aproveché y busqué en sus cajones… ¡Con la gran sorpresa de encontrarme con esta preciosidad!
Soltó un grito de júbilo. Oscar sonrió mientras me pasaba los papeles. Pasé mi mirada por en medio de las líneas y verifiqué su contenido. Era verdad. Habían robado las respuestas del trabajo de trigonometría y nadie parecía haberse quejado por ello. Lo que sostenía en mis manos era la prueba que podría acabar metiéndolos en problemas. Aún así, era increíble lo que estos muchachos hacían. En mi vida me hubiera imaginado estar haciendo un acto de… no sabía cómo llamarlo, tal vez, vandalismo.
Sonreí por lo bajo.
Oscar y Víctor ahora hablaban de la estupenda hazaña de nuevo. Parecían orgullosos de haber burlado a una autoridad con tanta facilidad. No era que estuviera muy de acuerdo con lo que habían hecho, pero sin embargo, me emocionaba la idea de estar haciendo algo moralmente incorrecto por primera vez en mi vida. Comencé a sentir cómo un cosquilleo comenzó a subirme por las piernas y terminó en mi espalda.
¡Esto se veía emocionante y divertido!
- ¿Quién más sabe de esto? – pregunté. Usé un tono de complicidad que me sorprendió.
- Solamente nosotros tres. – respondió Vick.
- ¿Y qué pasó con Eduardo y Carlos? – preguntó Oscar, extrañado.
- Ah, no les dije a ellos. – Vick trató de evadir la pregunta con un movimiento de manos.
- ¿Por qué?
- No tiene caso, Oscar. Sencillamente ellos no me caen tan bien.
Era la primera persona de la que escuchaba hablar mal de Eduardo. Todo el mundo adoraba a ese muchacho. Oscar lo consideraba como un hermano; Sara, la amiga de Katia, y más de una docena de chicas soñaban con él; Carlos, el otro amigo de Oscar, lo consideraba una excelente persona; y yo estaba perdidamente enamorado de él. O al menos eso era lo que imaginaba.
Ahora que lo pensaba, ¿dónde estaría Eduardo? A lo mejor ya se había olvidado de mí y estaría con alguna de esas chicas que siempre lo estaban acechando como esos cazadores de pieles en el África. Fruncí un poco el ceño porque no podía creerlo. Le había salvado de una dura paliza y ni siquiera cumplió la promesa que hizo de llamarme. Definitivamente estar detrás de un chico heterosexual como Eduardo era cosa imposible. Me había planteado lo mismo una y otra vez antes: yo no tendría ninguna oportunidad con un chico como él. Ni siquiera si estuviera convencido de mí mismo de experimentar con un hombre. Aún no me creía preparado para dar un paso tan grande…
Qué digo un paso, eso seria una ¡zancada!
Oscar sacudió un poco la cabeza y dejó el asunto de no contarles a Eduardo y Carlos lo del trabajo. Vick, por su parte, se arregló las gafas que traía puestas.
De repente, el timbre sonó por todo el colegio anunciando la hora de entrar a los salones. Los tres intercambiamos miradas de sorpresa.
- ¿Cuándo vamos a copiar todo esto? – pregunté señalando las copias, algo nervioso.
- Todos tenemos la clase de trigo en horas diferentes, pero no es sino hasta después del descanso, así que no hay de qué preocuparse. – comenzó a decir Oscar – Tendríamos la hora del descanso, pero no creo que veinte minutos sean suficientes. Además, es muy riesgoso. ¡Nos podrían ver!
- ¿Qué hacemos? – Vick estaba preocupado.
- Tendremos que salirnos de clase antes. – se detuvo por unos segundos y al final dijo – Esto es lo que haremos: nos vemos en los baños del pasillo cuatro a la tercera hora. – Oscar hablaba deprisa. El patio empezaba a vaciarse. -. Salgan como puedan. Finjan un dolor, cualquier mareo o una epilepsia, ¡lo que sea!... Daniel es todo un experto en eso, ¿no es así?
Sonreí. La imagen del día que nos habíamos conocido en la enfermería se hizo visible ante mis ojos. Después de haber despertado de mi desmayo, me encontré frente a este chico que había fingido el dolor de estómago para salvarse del tortuoso examen de trigo. Pero su engaño no había durado mucho porque la enfermera descubrió su mentira y lo sacó a patadas del lugar, con termómetro en boca.
El segundo timbre volvió a sonar.
Un movimiento involuntario hizo que apretara las manos para mantenerme en calma. Debíamos ir de inmediato a clase.
- En los baños del pasillo siete. – dije entre nervioso y exaltado.
- A la tercera hora. – agregó Vick
Devolví los papeles a Vick, quien los metió en el bolsillo del pantalón y cada uno corrió a sus respectivos salones.
Una creciente adrenalina se arremolinó en mi cabeza y las piernas comenzaron a temblarme sin dar tregua. La emoción de ir en contra de las reglas, de burlar la autoridad y de hacer lo incorrecto eran sensaciones que nunca había sentido, pero la atracción hacia ellas me estaba gustando. Siempre había sido el niño prodigio en todo, el que nunca se metía en problemas y que por alguna estúpida razón estaba haciendo lo correcto.
Eso estaba apunto de cambiar.
El baño de los hombres estaba situado en lo último del pasillo número siete del primer piso. Era uno de los más frecuentados por aquellos quienes querían romper las reglas dentro de los muros de la llamada cárcel. Allí se escabullían los más alcohólicos para tomar un poco antes de ir a animar el ambiente en un evento deportivo. Otros hacían sus llamadas por el celular a escondidas de los profesores. Y aún los más atrevidos se encerraban en uno de los baños con alguna chica para divertirse un buen rato. Pero los hombres no éramos los únicos malvados y cochinos en este juego. El baño de las chicas, que se localizaba justo en frente, era el más frecuentado por las niñas drogadictas, bulímicas o ninfómanas.
Había pasado más de diez minutos desde que la tercera hora había sido anunciada por el timbre, y ninguno de los dos, ni Oscar ni Vick, se habían aparecido aún. Comenzaba a preocuparme y caminaba de arriba para abajo mirando por en medio de los cubículos infinidad de veces, tratando de calmar los nervios que se habían sumado a la espera; o talvez ojeando el gran espejo que estaba enfrente del gran mesón del lavamanos para verme reflejado en él. Traté de distraer la mente en algo mientras estos dos se aparecían, pero estaba encerrado en los mismos pensamientos, como en un laberinto sin salida.
Las dos primeras clases habían sido una tortura. Primero tuve que aguantarme los regaños del profesor Reyes, un lunático que dictaba química y que se había pasado más de veinte minutos recalcándome que no traer el uniforme completo era una falta de respeto para el colegio. Cuando intenté explicarle que me había quitado el saco el día de la intoxicación, me mandó a callar de golpe. Después vino la segunda hora con el profesor de historia. Con su baja estatura, tez como de cincuenta años y voz chillona hacían de su clase un tedio completo.
Por fortuna, puede escabullirme antes que el timbre sonara y diera paso a la tercera hora. Le dije que necesitaba ir al baño porque me sentía un poco mareado. Por supuesto, él me creyó todo. El pobre había presenciado mi desmayo de aquel día y cuando mencioné mareado se asustó tanto temiendo que me fuera a pasar lo mismo y me mandó afuera sin vacilación. Me estaba sintiendo todo un valiente mentiroso.
La clase de trigo no llegaría sino hasta después del descanso. Así que disponíamos de suficiente tiempo para copiar el trabajo si nos apresurábamos...
“Un momento”, de repente me acordé de algo y logré salir del laberinto, “¿Si encontraron los papeles el viernes, por qué Oscar me llamó el domingo pidiéndome ayuda?” Algo raro había en todo eso. Él no tenía necesidad de mí. Simplemente podía rellenar las respuestas en las hojas y terminaba con su trabajo. ¿Por qué no me había dado cuenta de esto? ¡Claro!, siempre estoy pensando en otras cosas de menor importancia, como por ejemplo Eduardo y mis enredos imaginarios. Debía concentrarme más en lo que me rodeaba…
En ese momento y sin previo aviso, tampoco sin poder analizar más a fondo lo que había recién descubierto de Oscar, alguien entró por la puerta e imitó el ruido de un fantasma. Pegué un brinco de susto y me llevé la mano al corazón.
Había sido Oscar.
- Lo siento – dijo - ¿Te asusté?
- ¡No! Lo hago todo el tiempo. – respondí con sarcasmo.
Entró con un poco de cautela y miró alrededor.
- ¿No ha llegado Vick? – preguntó extrañado.
- No. Llevo mucho tiempo aquí y no he visto a nadie.
- Perfecto – asomó la cabeza por el pasillo e hizo una señal con las manos. - ¡Ven, entra! Está despejado. – murmuraba, algo malhumorado.
Entonces, apareció por la puerta un chico de ojos café y nariz respingada. Ese día su pelo negro estaba más alborotado que antes. Mi corazón se aceleró a mil por hora, como si estuviese corriendo una maratón, y enderecé mi cuerpo como tratando de disimular la sorpresa en la que me habían tomado. Sentí cómo mis manos empezaron a sudar de los nervios.
“Tranquilo” – pensé -, “Respira profundo. Tranquilo. Es solo… Es solo Eduardo.”
Eduardo había traspasado la puerta de madera de los baños y se paraba enfrente mío como todo un valiente. La blanca luz de las lámparas del baño le daban una tonalidad pálida a sus mejillas, pero mis ojos creyeron ver un ángel en persona en aquel rostro perfecto. Por un instante creí desplomarme sobre le suelo. Volvía a tener los mismos síntomas que la vez pasada, cuando me lo presentaron en la fiesta. Sentí cómo mi rostro se enrojecía y de nuevo algo grueso crecía en mis pantalones.
- Hola, Daniel – saludó y luego mostró esos dientes perfectos con una sonrisa.
“¡Es… solo… EDUARDO!” – grité por dentro.
- Espero que no te importe que haya traído a Eduardo conmigo – comenzó a decir Oscar sin interés -. Insistió tanto en venir que se lo tuve que contar.
Pero yo seguía mirando a Eduardo. Este se acercó a mí y me estrechó la mano. Con un movimiento casi involuntario, la retiré de inmediato; debía de estar muy sudada y no quería que se llevara una mala impresión.
- No hay problema, ¿o sí? – me preguntó él mismo.
OHHHH, su voz era como música para mis oídos. Era como sentir mariposas en el estómago. ¡Sí, eso era! Así se sentían las mariposas en el estómago. Lo único diferente era que esas mariposas sólo deseaban saltar fuera de mí y abalanzarse sobre los delicados labios rojos de Eduardo.
- Claro que no hay ningún problema. – Dije al fin, colocando una mano sobre mi vientre, como tratando de detener a las mariposas – Ustedes son amigos.
- ¡Qué bueno! – exclamó Eduardo mirando a Oscar. Luego, se dirigió a mí - ¿Y cómo has estado?
Oscar pareció torcer los ojos al cielo. Cuando estaba a punto de contestar, sin darme cuenta, Oscar corrió como un rayo desde la puerta y cuando menos lo esperaba estaba colocado detrás de mí, con una mano sobre mi hombro. Eduardo arqueó las cejas impresionado y esperó.
- ¿Qué te parece si comenzamos, Daniel? – preguntó acelerado, como si creyera que Eduardo se le adelantaría.
- ¿Comenzar qué? – pregunté estúpidamente.
- ¡El trabajo! – exclamó Oscar alzando la voz. Parecía nervioso.
- Eso… - dudé - Eso sería genial. – entonces salí de mi ilusión para caer en cuenta de algo -. Pero no tenemos los papeles. Víctor se los llevó.
- ¡Diablos! – se enfadado Oscar.
- ¡Así es Vick! – intervino Eduardo -. Siempre llegando tarde.
Eduardo me sonrió de nuevo y se sentó en el mesón de lavamanos que estaba justo al frente de los espejos. Entre tanto, Oscar soltó un suspiro y camino arrastrando los pies hasta la puerta; se asomó por ella y esperó. Me daba la impresión de que se sentía un poco decepcionado.
- Oye, - comenzó a decir Eduardo - disculpa por no haberte llamado ayer.
Abrí los ojos como platos mientras le daba la espalda ¡SE ACORDO DE MI LLAMADA! ¡Sí! Casi salto sobre un pie y empiezo a dar vueltas como un perrito de circo. Después de todo no había sino en vano la larga y desesperante espera de su llamada. Era lo mejor que me hubiese podido decir aquel muchacho que tanto me gustaba y por el cual me estaba volviendo loco. Definitivamente todo iba muy bien aquel día. Le perdonaba lo de no haber llamado, lo de tenerme tan enamorado, lo de querer besarlo y no soltarlo nunca. La vida me estaba recompensando por todo lo malo de la semana pasada.
Tomé una bocanada de aire y traté de obtener una expresión de normalidad antes de voltearme hacía él.
- Ah, no te preocupes. No pasa nada. – le mentí. Si supiera que estuve esperando como loco aquella llamada y hasta llegué a enfadarme con él.
- No, en realidad sí quiero disculparme. La verdad es que estuve muy ocupado, tú sabes, visitando a mi familia y esas cosas…
De repente se escuchó un fuerte resuello de burla desde la puerta.
- ¡Nada que llega ese patán! – exclamó Oscar desesperado cuando se percató de que lo mirábamos. Tamborileó sus dedos sobre la madera de la puerta.
Estaba un poco sorprendido. Oscar no se comportaba así. O por lo menos lo que conocía de él.
- No le prestes atención. – dijo Eduardo captando mi atención - Le dan esos ataques – Hizo una pausa, en donde se acomodó sobre el mesón. – Te estaba diciendo, - mientras hablaba nunca me quitaba la mirada de encima. Ahora me había sentado a su lado y estábamos bastante cerca el uno del otro – quiero disculparme contigo. Así que te he traído esto.
Alzó la mano izquierda y me di cuenta que traía un saco idéntico al del colegio.
- ¿Es… es mi saco? – pregunté entre extrañado y alegre.
- Sí. Lo encontré en el suelo el día que estuviste enfermo. Lo recogí y lo lavé por ti. Es mi manera de disculparme ¿Te molesta?
Estuve a menos de nada de saltar sobre sus brazos y agradecérselo de una manera que se lo merecía. Lo que había hecho me daba pie a pensar que después de todo no le era indiferente a Eduardo. Sabía que yo existía desde antes. Las mariposas en el estómago comenzaron a sacudirse con más fuerza y mi cuerpo comenzó a tomar impulso. Era una sensación que estaba tratando de controlar con todas las fuerzas que me eran posibles, pero que creía imposible de detener. Me estaba acercando mucho más. Tal vez necesitaba de otro de mis puños para despertar de esta impresión que me causaba estar junto a Eduardo. Quería probar de aquella boca que me volvía tonto.
- No. No me molesta. – susurré.
Entonces, Eduardo puso el saco sobre mi regazo y pude sentir cómo sus manos se quedaban allí, justo sobre mi pierna derecha. Mi respiración aumentó al igual que los latidos de mi corazón. Él era el ser más perfecto que había podido ver sobre la faz de la tierra. El simple nombre me daba la impresión de estar al lado de un semidios. Eduardo. Estaba envuelto en una especie de estadio supremo, en donde no hay dolor, ni preocupación. Sólo existía el deseo, la seducción, la pasión ¡Lo podía sentir! Podía sentir la fuerza y al mismo tiempo delicadeza de su mano abrirse sin censura por mi pierna. No pensaba en nada. No me importaba si tocaba mi pierna, mi mano o cualquier parte de mi cuerpo. Sólo pensaba en estar con él lo equivalente a la suficiencia de la eternidad. Mi entrepierna cruzaba los límites de su grandeza y se volvió muy sensible al tocar la tela de mi bóxer. De repente era como si también me hubiese vuelto más sensible al aire, a su aroma, a su esencia. Pegué un pequeño salto y ahogué un suave gemido cuando Eduardo me dio un apretón fuerte en la pierna. Mi respiración era más sonora y constante a cada segundo. No quería despertar; quería que el tiempo se congelase afuera, pero que dentro de los dos siguiéramos vivos para que nuestros labios cruzaran ese pequeño, pero a la vez infinito espacio, que los separaba e impedía de tocarse.
- ¡Ya viene Vick! – exclamó Oscar desde la puerta.
Los dos despertamos de nuestra hipnosis magnética, como cuando alguien es sacado de su cama a patadas y es apuntado con una pistola en la cien. Todo en un lapso de tiempo medido en segundos.
¡MALDICION!, fue el grito más grande que he ahogado en toda mi vida.
¡¿Por qué?! ... ¡¿Por qué tenía que interrumpirnos?!
ARGGGGHHHH
Quería gritarle a ese tonto de Vick por aparecerse tan rápido. ¿No pudo haberse demorado unos tres minutos más?... Y Oscar ¿No podría desaparecerse por unos instantes? ¡¡¡Estuvimos a punto de darnos un beso!!! Eduardo me había tocado la pierna. Era algo extraño de procesar, pero era completamente cierto. No había podido imaginarlo. Pude sentir cómo su mano me apretaba con fuerza. Mis manos temblaban entre excitadas, nerviosas y llenas de rabia. Estuvo tan cerca de mí…
¡¿POR QUE?!
Eduardo saltó asustado y sacudió un poco la cabeza. Retiró la mano de mi regazo y se miró al espejo. Mientras tanto, le seguí el movimiento y me coloqué el saco que me había entregado en forma de disculpas. En ese momento entró Vick algo agitado. Estaba pálido y sudoroso. Aún así llevaba una expresión de satisfacción en su rostro que le resaltaba con aquellas gafas negras que aún llevaba puestas.
- ¿Por qué diablos te demoraste tanto? - le regañó Oscar, mirándonos de reojo – Llevamos esperando bastante.
- Lo siento. – dijo sacando las copias de su bolsillo – Pero al parecer soy mejor actor de lo que pensaba.
- ¿De qué hablas? – pregunté casi sin voz. Necesitaba reponerme lo más rápido posible,… y calmar las hormonas de paso.
- Fingí tal dolor que me llevaron a la enfermería. La muy desgraciada cucha de Economía – soltó en un murmuro – Al final pude escaparme y logré escabullirme por los pasillos.
- ¡Lo bueno es que ya estás aquí! – apuntó Eduardo. Los dos cruzamos miradas y reímos levemente.
Haber tenido tal acercamiento hacia Eduardo no había podido resolver otra cosa sino que él y yo nos gustábamos mutuamente. ¡No podía creerlo! Aunque mi mente me dijera lo contrario, de que Eduardo era un completo tipo heterosexual, no cabía duda que las evidencias estaban ahí afuera; y aún más después de aquel acercamiento tan notorio que acaba de acontecer. Esta vez no me sucedería lo mismo que con mi primo Javier. Había sido testigo de lo que le pasaba, pero nunca me detuve a pensar, o tal vez nunca pude aceptar la realidad. Además, si las palabras de Oscar tenían razón, no tiene nada de malo ser como uno es, entonces no habría nada de malo en seguirle el juego a Eduardo y poder realizar lo que desde hacía tiempo deseaba.
- Eduardo y yo seremos felices – pensé.
Oscar lanzó una mirada al cielo, como irritado. Estuvo a punto de dirigirse a mí, pero luego de meditarlo en silencio posó su mirada en Vick.
- Y, ¿Eduardo qué hace aquí? – preguntó Vick frunciendo el ceño.
- Cuando venía insistió en acompañarme, así que le conté lo que estábamos planeando y vino. – intervino Oscar.
- Pues, entonces, lo siento. – lanzó agresivamente Vick – Pero él no puede ver el trabajo. Sólo es para nosotros tres.
Las palabras de Vick produjeron una especie de tención en el aire. Vick fulminaba a Eduardo con la mirada a través de sus gafas oscuras. Eduardo, mientras tanto, se paró en frente de Vick y lo enfrentó. De la amistad en la los conocí, parecía que ya no quedaba vestigios.
- Desde hace unos días estás así conmigo, Vick – dijo Eduardo - ¿Qué es lo que te pasa? ¡Somos amigos!
- Me pasa que no quiero hablar contigo. Es todo. No he escuchado muy buenas cosas de ti últimamente.
Eduardo pareció congelarse y dio un paso hacia atrás. Oscar frunció más el entrecejo, confundido; después de unos segundos abrió los ojos como platos, como si temiera algo también. Tuvo casi la misma reacción que su amigo Eduardo. Luego, me volvió una mirada de reojo que no duró mucho.
- ¿Ah, sí? – balbuceó Eduardo.
- Sí. Pero no quiero decir nada al respecto. No tenemos tiempo para tonterías. Daniel, Oscar y yo debemos trabajar en esto. – señaló las copias que tenía en la mano.
- ¿Trabajar en qué? – había preguntado una voz desconocida desde la entrada.
miércoles, mayo 28, 2008
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