VI
- Mamá dice que no se te olvide el saco que olvidaste en el colegio. – gruñó de nuevo mi hermana, Catalina.
- ¡No me fastidies más con eso! - le respondí entre dientes.
- ¡Huy!, pero qué buen humor tienes hoy – se burló con malicia. Muy natural en ella.
- ¡Déjame en paz!
- De cualquier modo, - comenzó a decir arreglándose el pelo frente al espejo -, te comprendo. El robo del carro te debe tener así…
- No fue ningún robo… te lo he dicho mil… sabes qué, - dije cuando mi paciencia no daba para más - ¡Ocúpate de tus asuntos, idiota!
- ¡Imbécil! – murmuró Catalina mientras salía de la sala al jardín.
La mañana había pasado muy rápido y no hice más que estar sentado en aquel sillón de la sala de estar de la casa de uno de mis tíos paternos. Era domingo casi medio día y la familia entera estaba reunida para la ya tradicional Cena Familiar de cada mes.
Casi todo el tiempo se la habían pasado recordándome lo que le había sucedido al carro de papá; y por otro lado, mi mamá no paraba de recordarme que debía preguntar por el saco que había llenado de vómito el otro día. Ya había hablado con papá sobre lo del carro. Tendría que ir lo más pronto posible a retirarlo de los patios de la estación de policía, pagar la multa y devolverlo tal cual estaba (eso si los policías ya no le habían sacado todo lo que tenía de valor)
Mis ojos volvían a detenerse sobre la misma cosa: la pantalla a color que mostraba una fotografía de Katia. Mi tormento crecía conforme pasaba cada minuto. No había recibido ni una sola llamada. Volví mi mirada asomándome a una de las ventanas que daban al jardín. La brisa soplaba suavemente sobre los árboles que rodeaban a las sillas puestas a la gran mesa de madera.
¿Por qué no había llamado? ¿Acaso no había quedado en hacerlo? Esas eran las preguntas que merodeaban por mi cabeza. Habían pasado ya varias horas desde la fiesta y aún podía recordar cuando lo tuve en frente. Estaba tan nervioso que hasta él, Eduardo, lo había notado. Tuve un gran impulso por darle un beso en aquellos labios que me tenían loco, pero sabía que era algo imposible. Algo que arruinaría mi reputación y, quién sabe, hasta la vida.
La promesa que él hizo de llamarme no se había cumplido. Una especie de cosquilleo o emoción corría por todo mi cuerpo, desde mis brazos hasta los pies. Era una mezcla entre desespero y nerviosismo que no podía controlar. Movía mi pierna impaciente cuando volví a bajar la mirada a mi celular.
La fotografía, tomada unos días después de haberme cuadrado con Katia, la mostraba a ella haciendo un gesto que iba entre lo sensual y lo tierno. Una típica mirada de niña pícara que se esconde debajo de un manto de pureza, pero cuando la instan, sale a atacar con sus garras poderosas. Y de hecho eso iba muy acorde a la personalidad de aquella chica.
Traté de poner a un lado aquellos pensamientos sobre Eduardo y guardé mi celular en mi bolsillo izquierdo. Un par de niñas gemelas pasaron corriendo por el vestidor. Me levanté y estiré las piernas un poco. Miré mi reloj tres veces, paseé dudoso por en medio de los muebles y volví a tomar asiento en otro sillón apartado de la ventana.
¡RAYOS! Hacia una fuerza casi sobrehumana por no salir gritando a la nada. Mis manos se asían de mi regazo como si algo les picara. Mis dedos temblaban y luchaban con una clase de fuerza eléctrica bastante fastidiosa. Por dentro crecía la incertidumbre…
¡Ding-dong!
El timbre sonó. Me levanté enseguida y caminé a la puerta.
- ¡Yo abro! – grité.
- Está bien. – respondió alguien desde la cocina.
Al abrir, me encontré frente a frente con un muchacho de unos diecinueve años aproximadamente, muy guapo. Era alto, fornido, de piel blanca y unos ojos color gris. Su cabello negro, bastante alborotado hacia arriba, le hacia juego con la bien pulida barba pareja que se dejaba crecer. Era mi primo favorito, Javier.
Detrás suyo venían sus padres. Su papá, el más alto de los tres, era igual de apuesto a su hijo, pero tenía un aspecto firme y severo en su mirada. Su madre, que lucia un vestido muy lujoso, dejaba entre ver en su rostro los rastros de una mujer hermosa pero envejecida a causa de maltratos no solo físicos, sino también emocionales.
Y es que muchas cosas se tendían alrededor de la familia de mi primo Javier. Su padre, mi tío Edmundo, hermano de mi mamá, tenía fama de ser muy violento y severo con todo el mundo. Hasta con su propio núcleo familiar. Siempre mostraba una fachada de seriedad, como un fuerte de guerra que resiste a todos los golpes. Era el presidente de una compañía de alto rango en el país. Por ende, gozaban de una gran posición tanto económica, como social.
Mi tía política, Marta, era una señora joven de edad, pero vieja en apariencia. Era retraída y poco alegre. Vivía rodeada de un miedo e idolatría para con su esposo que siempre me habían impresionado.
En cuanto a Javier, era el mejor de los primos que tenía. Habíamos crecido prácticamente juntos. Tenía una personalidad bastante definida. Luchaba por sus ideales con ahínco y no descansaba hasta no obtenerlos. Siempre había sido muy cuidadoso con las personas que consideraba sus amigos. Pero a pesar de la posición de la que gozaba, siempre fue amable, honesto, y directo.
- Qué bueno es verte, Javier. – dije sonriendo.
- ¡Primo! – me saludó con un apretón de manos.
- Hola, Daniel. – se adelantó mi tío José con su voz gruesa -. ¿Cómo está?
- Bien, tío. Gracias.
- Pero, ¿qué te pasó en el ojo… - comenzó a decir cariñosamente Marta, pero mi tío la detuvo con una mirada fría y amenazadora.
- No seas imprudente, mujer. – le dijo.
Marta se encogió de hombros y miró directo al suelo. Javier, se volvió con una mirada igual de peligrosa dirigida a su padre. Este, carraspeando un poco, prosiguió:
- Imagino que Brenda debe estar aquí.
- Sí, tío. Pasen. – dije sin poder quitar la mirada a Marta -. Mi mamá debe estar en la cocina.
Cerré la puerta tras ellos. Se quitaron los sacos y siguieron a la sala. Marta seguía con su mirada extraviada en el suelo, agarrada de su marido por el brazo. Ellos dos siguieron hacia la cocina mientras que Javier se sentó en el primer sillón dónde hacia un rato estaba sentado.
- ¿Cómo vas, Danny? – preguntó. Tenía una sonrisa perfecta.
- Muy bien, por ahora. – dije soltando un suspiro y dejándome caer en el sillón de al lado.
- ¿Qué fue lo que te pasó en el ojo? ¿Te agarraste a pelear con alguno de la fiesta de anoche? – soltó una risa.
- Pero cómo vuelan los chismes. Lo de anoche fue solo una riña accidental. Y no, no tuve nada que ver en eso. Esto me lo hice en el colegio. Me intoxiqué, me desmayé y me golpeé con el suelo.
- ¡Uhhhh!, pobrecillo. Déjame ver…
Me cogió de la barbilla y comenzó a examinar. Lo tenía bastante cerca. Cerré los ojos para evitar su mirada. Era bastante apuesto, pero aún así seguía siendo mi primo. Con todo este rollo de Eduardo, no quería que ahora las cosas se empeoraran con Javier.
- No está nada mal. – dijo volviendo a su asiento.
- ¿Acaso sabes algo de medicina?
- Hummm, no mucho. Pero si muy pronto. – respondió alegre.
Hubo un momento de silencio. Lo miré fijamente y de inmediato obtuve la respuesta. Desde que éramos muy niños, siempre había querido estudiar medicina. Nos la pasábamos jugando a hacer los papeles de doctor y enfermo. Pero esos sueños de niños, que muchas veces llamamos, se estaban haciendo realidad, por lo menos para Javier. Cuando estaba felicitándolo por haber sido admitido en la universidad de medicina, mi celular vibró en mi bolsillo haciéndome pegar un brinco. Rápidamente lo saqué y miré la pantalla ilusionado.
Tenía un nuevo mensaje. Mis ojos se abrieron y la vida volvió a mi cuerpo. Introduje la clave sin más aviso y leí el mensaje sin detenerme.
- ¿Por qué la cara de decepción? – preguntó Javier -. Parecías contento antes de leerlo.
- No. No es nada. – mi voz sonaba ahora muy baja.
Toda esa preocupación y alegría para nada. ¡QUE MIERDA! Grité por dentro. ¡MALDICION! Volvía a gritar. No había sido ningún mensaje de Eduardo. Hasta uno de Katia me hubiera sido preferible. No. Tenía que ser uno de esos mensajes que las compañías telefónicas mandan a sus usuarios. Miré la fotografía del menú principal.
- Todo anda bien. – mentí.
- ¿Problemas con Katrina? – preguntó con sarcasmo.
- Katia. – le corregí.
- ¡Oops!, - sonrió -, ¿lo dije en voz alta?
- Sí.
A diferencia de toda mi familia, a Javier nunca le había agradado Katia desde la primera vez que se la presenté. Recuerdo que ese mismo día, cuando nos quedamos los dos solos, me llevó a un rincón para exponerme todo lo que pensaba de ella. Por supuesto, lo único positivo que le agregó fue que era bastante hermosa. Pero nada duró bastante porque argumentó que su carácter dominador la volvía la persona más horrible.
- ¿Qué fue lo que sucedió esta vez… se pelearon?
Mientras preguntaba cogió un cojín y lo colocó en medio de sus piernas. Hubo otro silencio. Estaba dispuesto a escuchar, como siempre lo había hecho durante nuestra larga amistad. Siempre hablábamos de las cosas que nos atormentaban, de cómo nos iba en nuestras vidas sociales y las aventurillas que teníamos por ahí (más de partes suyas que mías) El único tema del que nunca hablábamos era la familia. No recuerdo cuándo fue la primera vez que expresamos los problemas que aquejaban la integridad de nuestros hogares.
- Danny, esa vieja es una perra. Tú muy bien lo sabes. Se esconde debajo de una máscara y para mí que no se trae nada bueno…
- ¿De qué hablas, Javier?
- No lo sé. Hubo algo en ella que no me gustó de a mucho… Y esa cara de niña bonita que no parte un plato… Pffff, ¡patrañas!
- Bueno, la verdad no es eso lo que me tiene así…
- ¿Cómo?
En ese momento nació un deseo de contarle todo lo que me pasaba. Decirle que era un hombre, un muchacho, Eduardo, el que me gustaba. Sentía la necesidad de contar con alguien, de recibir apoyo… Y aunque él creyera que sabíamos mucho el uno del otro, la verdad era que yo sabía mucho más de él que al contrario. No podía contarle que creía me estaba volviendo homosexual… No sabía cómo reaccionaría. ¿Y si me dejaba de hablar? ¿Si me rechazaba y le contaba a toda mi familia?
Hice una pausa. Lo miré fijamente pero no pude resistir sus ojos.
- ¿Qué me dirías si te digo que estoy esperando la llamada de una persona que no es precisamente Katia?
Su expresión cambió de inmediato. Se enderezó y trató de fingir una sonrisa de alegría.
- Diría que me cuentes todo.
Eché un vistazo rápido al patio, donde ahora estaban algunos tíos arreglando la mesa.
- Lo que pasa es que… - tenía que ser muy cuidadoso con lo que decía -… conocí a alguien anoche en la fiesta… y pues, me quedó de llamar.
- ¿Quién es? – preguntó intrigado. Parecía disfrutarlo.
- Eso no viene al caso. Lo importante es que me dijo que llamaría y no lo ha hecho…
- ¡Pues llámala tú! – dijo en medio de una risita.
- ¡No puedo!- exclamé desesperado.
- ¿Pero por qué?... no te compliques la vida, Danny…
- ¡No! No puedo porque no tengo su número. Él no me lo dio antes de irse…
- ¡Muchachos!
Los dos pegamos un brinco y saltamos al mismo tiempo. Había sido el grito de una mujer. Pero no era cualquier mujer. Su voz era bastante familiar. Muy elegante, como siempre, estaba parada la Tía Rosa.
Una mujer bastante conservada para estar entrando en sus cincuenta. Llevaba una camisa deportiva tan ajustada que le hacía resaltar su esbelto cuerpo y sus enormes senos. Tenía unos jeans desgastados que hacían pensar a cualquiera ¿cómo diablos se ha metido allí?
La tía Rosa era la hermana mayor de mi papá. Era muy alegre, extrovertida, justa y divorciada. A pesar de todo esto, la familia en conjunto no es que la quisiera mucho. Todo el mundo la trataba como una prostituta.
Las personas a veces pueden juzgar mal a los demás. Pero lo peor es juzgar y señalar cuando no ven sus propios problemas. Mi familia siempre había sido algo así. Nunca se preocupaban de sus propios problemas, sino los del vecino.
Sin embargo, nosotros, Javier y yo, la adorábamos.
- Mis muchachos lindos – decía en medio de besos y abrazos -. Tiempo sin vernos.
- Hola, tía. Igual de hermosa. – flirteó Javier.
- Pero de qué hablas, querido. – dijo dándose vuelta para que nos percatáramos de su esbelto cuerpo -. Creo que he engordado un poco.
- No seas modesta tía. Sabemos muy bien que estás bastante linda. – besándole la mejilla
- ¡Ah, mis niños! – nos dio otro abrazo -. Ya me conocen tan bien…
El saludo no duró mucho, porque en ese preciso momento apareció en la escena otra mujer. Rondaba por los cuarenta. Su cara estaba tan estirada por las cirugías plásticas, que parecía que con cualquier delicado rose se rasgaría. Era alta, esqueletada, de pelo mono en tono grisáceo muy bien recogido y unos labios tan delgados y pálidos que casi se notaban. Se aclaró la garganta y dijo en tono áspero:
- Ellos ya no son unos niños, Rosa. – Tenía una sonrisa maliciosa.
- Buenas tardes, Victoria. – saludó la tía Rosa, seria.
Se trataba de la tía política Victoria. Estaba casada con el hermano menor de mi mamá, el tío Roberto. Era una mujer extremadamente chismosa, mandona y bastante desagradable.
- Hola, muchachos. – se dirigió a nosotros. En especial miró a Javier -. ¿Cómo la han pasado?
- Bien. – respondimos sin mirarla.
- Hasta que llegó usted. – agregó mi primo por lo bajo.
- ¿Me decías, Javi?
- Nada. – hizo una pausa -. Y ya le he dicho en varias ocasiones que no me gusta que me diga Javi. – replicó.
- Lo siento, querido. Siempre lo olvido. – se acercó en un intento por ser amable. La verdad no le salía muy bien –. A veces, los seres humanos cometemos errores. ¿No es cierto, Javier?
Él la miraba con severidad. Era muy incómoda toda aquella situación. Siempre habíamos tenido problemas con la tía Victoria. Se estaba metiendo en asuntos que no le concernían o se la pasaba alerta a cualquier movimiento que hiciéramos para poder acusarnos. Más de una vez nos vimos salvados por la ayuda de la tía Rosa, quien también la detestaba.
Me paré en medio de los dos y pregunté:
- ¿Qué ha pasado, tía Victoria?
Ésta seguía viendo a Javier con ojos muy abiertos y la tez bien en alto. Bajó la mirada hasta la tía Rosa y terminó diciendo:
- Venía a decirles que el almuerzo está servido. Pueden pasar al jardín… si lo desean, por supuesto.
Hubo otro silencio ensordecedor. La señora alzó una ceja, dio media vuelta y salió de la sala directo a la cocina.
- Mucha hija de…
- Tranquilo, Javier. – se apresuró a decir la tía Rosa.
Lo agarró del hombro para tratar de calmarlo. La noté un poco nerviosa. Tenía la mirada perdida y perlada la frente de algo de sudor.
- ¿Qué sucede? – le pregunté sin que Javier lo notara, cuando nos dirigíamos al jardín.
- Nada, cariño. Todo está bien.
No le creí.
La mesa estaba servida, al igual que la familia entera sentada a ella. Era de madera, en forma rectangular. Tenía catorce sillas. Todas dispuestas alrededor de la mesa. La familia estaba sentada, esperando a que nosotros tomáramos asiento. Nos sentamos en la esquina siempre dispuesta para los tres.
Había abundante comida, típica de la región, esparcida en platos y bandejas en el centro y bordes del recinto. Todos hablaban entre ellos. Soltando risitas y contándose las anécdotas o chismes del mes.
En la fila de en frente, estaban sentados en orden respectivo el tío Edmundo con su esposa Marta (quien solo miraba a su marido hablar con seriedad con mi padre); seguía mi abuelo materno Guillermo; después venían el tío Roberto y su desagradable esposa, la tía Victoria. Ellos estaban justo en frente de nosotros. Ella hablaba con mi hermana Catalina y su novio Harold, sentados en el extremo derecho de la mesa.
En seguida, y partiendo a la otra fila, estábamos nosotros, primero Javier, luego la tía Rosa y después yo. A mi lado, con delicadeza sutil, estaba mi abuela materna Polly. Una señora de origen inglés que había escapado de su país huyendo por motivos ajenos a mí; mi madre, Brenda, junto a mi papá, Fernando, venían después de mi abuela. Las que ocupaban el otro extremo de la mesa eran un par de gemelas, Josefina y Perla, tenían unos diez años y eran hijas del tío Roberto y la tía Victoria. Ninguna de las dos sacó algo de su padre.
Mi abuela me saludó dándome un beso en la mejilla y acariciándome el pelo, como siempre lo hacía desde que era pequeño. El almuerzo ya había comenzado. El tío Edmundo hablaba en voz alta de economía. ¡Nunca cambia!, pensé.
- … Pero ellos siempre dicen tener la razón. Es que no hallo dónde ponerlos cuando me salen con esas. El país está muy bien en cuanto a la inflación… no veo el porqué de esas medidas…
- Ellos nunca entenderán, Edmundo. – se entrometía mi tío Roberto.
- Sí. De eso tienes razón, Roberto. – lo apoyaba mi padre, sirviéndose algo de soda -. Pero creo que todo es culpa del gobierno…
Los mayores de la mesa asintieron con la cabeza mientras murmuraban unos sí de afirmación. Parecían estar muy poco interesados en lo que aquellos tres personajes estaban hablando. Una de las gemelas le daba vueltas a la comida con su tenedor, mirándola con asco.
- ¡Pero qué interesante es todo esto! – murmuró la tía Rosa imitando estar interesada.
Traté de contener la risa cuando Javier se apuntó la cien con su dedo índice y simulaba un disparo mortal.
- … Todo esto es de sumo interés para todos los presentes. – dijo el padre de Javier en voz alta.
Se había percatado de su movimiento burlesco y ahora lo fulminaba con la mirada como si lo reprendiera por la poca atención que prestaba.
- Cuando yo estaba joven, - intervino el abuelo Guillermo. Estaba bastante viejo, pero sus movimientos y gestos eran los testigos de un hombre que había sido fuerte en su juventud -, cuando estaba joven, - volvió a repetir mientras se incorporaba bien en su asiento -, el gobierno era quien llevaba las riendas del país. Ahora todo se ha salido de las manos.
- Estoy completamente de acuerdo con lo que dice el señor Guillermo. – dijo la tía Victoria, con su cabeza siempre en alto, mostrando el montón de cirugías que se le acumulaban en el cuello -. Quienes gobiernan ahora son un montón de ineptos niños que tienen de mal en peor al país…
- Lo que pasa es que todos ustedes le temen al cambio.
Todo el mundo se volvió. Había sido Marta quien había pronunciado aquellas palabras. Era muy extraño que participara en cualquier conversación. Ni siquiera para expresar su opinión.
- ¿A qué te refieres, corazón? – le preguntó tiernamente la abuela Polly. Su acento inglés no se había perdido del todo. Todavía marcaba algunas tildes incorrectamente.
- Pues, yo pienso…
- Mi amor, - interrumpió el tío Edmundo, - usted no entiende casi de política. Es mejor que se reserve el comentario. – con esto último miró a los demás -. Un mal comentario a veces nos deja en ridículo. Mas vale prevenir, que lamentar.
Todo el mundo soltó una risa con aquel comentario. Pero no le encontré gracia. Sabía que tenía doble sentido. Y por lo que veía en Javier, creo que él también lo sabía.
Cuando la risas callaron, mi abuela Polly dejó su vaso de vino rojo sobre la mesa (ella no tomaba sodas) y se volvió al tío Edmundo.
- Lo siento, mi querido Edmundo, - le dijo -, espero que no se moleste con esto, pero creo haberle pedido su opinión – señaló a Marta – y no la tuya. Y con respecto a su dicho, usted como hombre de negocios debe conocer muy bien este: no pain, no gain.
*No pain, no gain, es un refrán inglés que traduce literalmente sin dolor, sin ganancia. La equivalencia a este refrán en español es El que no arriesga, no gana.
La mesa quedó en silencio. Nadie nunca se atrevía a contradecirlo. El tío Edmundo tenía la cara roja como un tomate. Pero no creo que fuera precisamente de pena. Sino de la fuerza que estaba haciendo para contenerse de no lanzarle el plato a la abuela Polly.
Alguien me llamó por el hombro. Era Javier. Movió sus labios para decirme algo que solo yo entendería:
- Adoro a tu abuela.
- ¿Entonces, querida? – volvía a decir mi abuela.
Todas se enfocaban en ella. Los platos habían dejado de sonar. Esperaban la respuesta que desafiaría los pensamientos de su esposo. Marta se aclaró la garganta, se cogió del brazo izquierdo y dijo en voz baja, temblorosa:
- Creo que las personas le tememos al cambio. A las cosas nuevas. Son gente joven, pero muy bien preparada. – trataba de sonreír.
El sol desapareció entre unas nubes negras muy densas. Los pájaros salieron volando de unos matorrales y produjeron un ruido horrible. Todos parecían esperar que siguiera exponiendo su punto. Pero no fue así. Por el contrario, Javier, salió en defensa de su madre:
- Eso es muy cierto. – su voz no sonaba tan segura -. El gobierno se está llenando de gente joven. ¡Nueva! Con ideas completamente diferentes de todos aquellos políticos corruptos…
- ¡Claro! – esta vez era su padre – Ahora todos los viejos son los malos, los que roban al país…
- No estoy tratando de decir eso. Lo que pasa es que ustedes tienen miedo de pasar a la historia…
- ¡No vengas con sandeces acá, jovencito! – mi abuelo Guillermo decía en voz muy alta – Nosotros los viejos podríamos reescribir la historia si quisiéramos… ustedes, los jóvenes, nos deben demasiado.
- Cría cuervos y te sacarán los ojos – agregó irónicamente la tía Victoria.
Javier se vio atacado, pero no derrotado. Sabía muy bien a quiénes se enfrentaba. Tomó una gran bocanada de aire y prosiguió:
- Me refiero a que es hora de abrirse campo a nuevas ideas, nuevas fronteras. Es eso lo que pasa en cada siglo cuando algo nuevo surge de la mente de un hombre. El inventor es considerado en esa época como un pobre diablo, pero adorado por nosotros en estos nuevos tiempos…
- No tengo nada con las nuevas ideas, - interrumpió mi papá algo indeciso -, pero hay que rescatar que algunas son un poco… fuera de tono.
- ¡La actitud! – exclamó el tío Edmundo señalando a su hijo – Así es como tiene nuestro gobierno, lleno de jóvenes políticos inexpertos, a nuestros hijos… ¡Nuevas ideas!... Todas ellas van en contra de la moral, la integridad, la religión de las personas de una comunidad feliz: la supuesta alta taza de inflación, el aumento de los impuestos de aduana, los matrimonios homosexuales…
Mi madre pegó un chillido con esto último. Parecía que le fuera a dar un desmayo.
- ¡Una completa aberración! – dijo.
- Aberración, por supuesto – le repitió en voz baja la tía Victoria mientras miraba su vaso lleno de soda y volvía a mirar a Javier.
El viento volvió a soplar. El sol salió sólo por unos segundos, porque otra gran nube negra volvió a taparlo. El motor de un avión se escuchó pasar por encima del sector. El tema había cambiado drásticamente. No me sorprendía la reacción de mi mamá al oír mencionar la palabra homosexual.
- No seas tan exagerada, Brenda. – le dijo mi abuela Polly.
- No, mi señora. – contraatacaba el abuelo Guillermo -. Esa gente es de lo peor que puede existir. Son personas enfermas, dementes, violadoras… un cáncer para la humanidad…
Las palabras de mi propio abuelo materno eran demasiado duras. Dios mío, pensé, todo eso es lo que pueden llegar a pensar. ¿Tan malo era serlo?- Eso es completamente falso. – dijo un poco alterada mi tía Rosa.
- Mi padre tiene razón… - se acomodó el cuello el tío Edmundo - el otro día, cuando iba camino a la compañía, un grupo de maricones estaban parados en frente de el Palacio. Protestaban por sus ‘derechos de igualdad’… Por el amor de Dios, qué derechos ni qué ocho cuartos. Esa gente no tiene nada que exigir… le hacen un daño fuerte a la sociedad.
- Es cierto, - esta vez era Catalina, mi hermana mayor. Se había aclarado la garganta para intervenir por primera vez en todo el almuerzo – esa gente esta invadiéndonos cada vez más. Todos los hombres se están volviendo… así, de anormales.
- Dios los compadezca. – se persignó mi mamá, seguido de un gruñido de la tía Victoria.
- ¡Que va! – le dijo esta – Que se quemen todos en el infierno, por raros.
Cada vez que estas personas hablaban, me sentía triste y al mismo tiempo con rabia. Nada de lo que estaban diciendo era cierto. Era un montón de personas que lanzaban juicios, siempre apresurados e injustos. Por otro lado, era triste saber que todo lo que ellos estaban diciendo, lo de ser homosexual, era algo en lo que me estaba convirtiendo…
O quizá, para bien o para mal, ya lo era.
- Creo que están haciendo un lío de todo este asunto. – dijo la abuela Polly, calmada.
- Es eso a lo que me refiero. – comenzó a decir Javier de nuevo, ahora que aquellos acusadores habían callado -. Una sociedad moderna no puede avanzar si siguen pensado de esa manera…
- ¡Patrañas! – gritó el tío Edmundo – Que una sociedad sea moderna no quiere decir que debamos permitir que los maricones esos se casen entre sí.
- No. Se trata de abrirle las puertas a la libertad y dejar de marginar.
- ¡Inconcebible! – volvió a gritar su padre.
- Pregonamos la liberta de expresión, – continuó su hijo sin prestar atención a lo que decía su padre – pero es demasiado exclusiva para unas clases. Un heterosexual tiene derecho de casarse, tener hijos, estar en un empleo sin ser discriminados…
- Ahora me viene con el cuento de que deberían darle la oportunidad de adoptar a esos malditos abusadores de mierda…
- ¡Me parecería una muy buena idea! – su voz, la de Javier, se alzó aún más ante su padre -. Nosotros estamos bastante atrasados, en comparación con países desarrollados y ya entrados en la modernidad: en todos los países europeos, los homosexuales pueden casarse por lo civil, y algunos niños han sido criados por parejas homosexuales… son iguales, o hasta mejores, que los criados por heterosexuales.
El tío Edmundo estaba aún más rojo. La vena de la cien se le pronunció de inmediato. Estaba bastante furioso. Su propio hijo, contradiciéndolo. Y con semejantes ideas…
- Creo que mejor nos calmamos… - pero las palabras de mi mamá no fueron escuchadas por estos dos personajes. Parecían que estaban expresando un rencor que guardaban desde hacía bastante
- ¡Dios hizo al hombre, macho, para que se casara con la mujer y mantuviera el hogar en orden! – gritó el tío Edmundo. Varias gotas de saliva salían de su boca.
- ¡Ahhhh!, pero claro. Se me olvidaba, - Javier había adoptado una voz de sarcasmo -, estamos en frente del macho más macho de todos.
- ¡No me irrespete, muchacho de mierda! – volvió a gritar, esta vez colérico.
Todos ahogaron un aullido de suspenso. Estaban bastante incómodos en medio de tal pelea.
- ¡Respeto! – gritó Javier pegándole un puño a la mesa - ¡No me vengas acá hablar de respeto!
La tía Rosa le puso una mano sobre su hombro, pero éste la retiró de inmediato.
- Creo que es hora de servir el postre… - volvió a decir mi madre poniéndose de pie. Pero sus intentos de calmar la situación fueron en vano.
- Por mí, que se mueran todos eso maricones anormales.
¡Hijo de puta!, grité por dentro. La sangre me hirvió tanto que creo que mi cara estaba apunto de estallar. ¿Cómo se atrevía a decir algo así? Era totalmente injusto. El tío Edmundo no tenía derecho de exclamar tal cosa, como si fuera un Dios. Ese comentario se había pasado de la raya. Me importaba lo que dijeran mis papás. Abrí la boca para contradecirle, pero Javier me gano la partida.
- Libertad… ¡Vaya, libertad!... Solamente tienen derecho de llamarse normales los heterosexuales. ¿Por qué los maricones, como usted los llama, son anormales, eh? – dijo. Empuñaba la mano con tanta fuerza que temía que se fuera a quebrar algún hueso.
- Tía Rosa… - le murmuré en súplica para que ayudara en algo.
Ella sólo me puso una mano en el hombro y movió su cabeza en negación.
- ¡Responda, papá! – Exclamó mi primo – ¿Son anormales porque tienen otro gusto sexual? ¿Porque algunos se comportan de manera afeminada? ¿O porque no solucionan los problemas, con golpes y disparos, como los MACHOS? ¿Tal vez porque no les pegan a las mujeres? ¿Porque no las dominan con un dedo, las tienen un sus manos y las atemorizan, tratándolas como basura inservible? ¿O porque no les pegan a sus hijos, los maltratan y nunca pasan tiempo con ellos? ¿Quizá sea porque no llegan borrachos a golpear a sus mujeres, hijos y cuanto animal se encuentren a su paso? – mientras decía todo esto, una lágrima bajaba por su mejilla. El tío Edmundo lo miraba con un odio enorme. Por un momento pensé que se iba a levantar y a darle un par de golpes a Javier. Pero no lo hizo. Se quedó allí, sentado, removiendo su puño en su regazo. Su madre, Marta, estaba completamente asustada. Sus ojos estaban a punto de estallar en lágrimas - ¿Es por eso que son anormales? ¡RESPONDA!
- ¡Cállese! – le gritó el tío Edmundo levantándose de la mesa de un golpe.
- ¡NO! – su hijo se levanto igualmente. Tiró su vaso al suelo y asestó en la mesa otro puño.
La familia entera pareció despertar de un letargo hechizo hipnotizador. Mi padre se levantó asustado y corrió al lado del tío Edmundo. El tío Roberto hizo el mismo movimiento. La tía Rosa también se levantó y se paró detrás de Javier, yo siguiéndola a su lado. La tensión crecía a cada segundo. Mi abuela Polly y mi mamá retiraron a Marta, la madre de Javier, fuera de la escena; mientras tanto, Victoria, se hacia a un lado llevándose a sus dos gemelas de la mano.
- Muchas cosas van a cambiar de ahora en adelante. Entienda papá. – dijo furioso mi primo.
- ¡Lárguese de aquí, malparido defensor de los anormales! – grito su padre.
Precisamente eso fue lo que hizo. Salió corriendo del jardín y de la casa. Mi tía y yo íbamos detrás de sus pasos, llamándolo descontroladamente. Cuando llegamos a la sala, la puerta de la casa estaba abierta de par en par. El motor de una moto grande, como de carreras, sonó afuera y se desvaneció mientras se alejaba por la calle principal.
- ¡Diablos! – dijo mi tía –. Ya se fue.
- ¿Tiene moto? – pregunté desconcertado.
- Se la compró ayer.
Qué raro. Ese detalle se le había pasado a Javier. No me había contado nada de haberse comprado una moto.
- ¡Nos vamos! – gritaron desde el piso de arriba.
El tío Edmundo se había zafado del brazo de mi padre y había corrido detrás nuestro. Ahora, por la escalera, bajaba él asiendo a Marta por el brazo derecho. Detrás venían siguiéndolos mi mamá y mi abuela Polly.
La pobre Marta estaba siendo casi arrastrada por aquel orangután. Se quejaba de su brazo. Se lo estaba quitando de tanta fuerza. Pasaron en frente de nosotros sin ni siquiera mirarnos. Ella estaba envuelta en lágrimas, él sudaba como si estuviera en el infierno y ardía de igual forma pero de rabia.
Salieron por la puerta principal a la calzada, arrancaron el carro y se perdieron de vista cuando doblaron por la primera esquina.
- Pero que hecho más espantoso. – decía mi abuela cuando volvía a subir al segundo piso con mi mamá de la mano.
La tía Victoria se apareció en la sala. Al parecer ya había soltado a las dos gemelas. Sostenía una sonrisa malévola en su rostro.
Para no acrecentar más mi ira mirándola, me volví rápidamente a mi tía Rosa.
- Tía, ¿qué diablos vamos a… - no alcancé a terminar la pregunta.
El celular vibró en mi bolsillo.
Como si una corriente eléctrica prendiera mis recuerdos, me acordé de lo que había estado esperando todo el día. Lo saqué apresuradamente para rectificar el número.
Era un número desconocido.
- ¡Vaya suerte la mía! – maldije por lo bajo. Tenía la voz temblorosa.
¡¿Por qué había tardado tanto en llamar?! ¿No podía haberse acordado de mí en otro momento del día, sino ahora, cuando era un mal momento para cualquier cosa? Sí, definitivamente había llamado en un mal momento. Tendría que cancelar cualquier cita o invitación con Eduardo e irme en busca de mi primo Javier para tratar de calmarlo.
ARRGGGHHHH
Contesté el celular y me lo llevé al oído sin más vacilación.
- ¿A… Aló?
Nadie contestó de inmediato.
- ¿Daniel, eres tú?
lunes, enero 14, 2008
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