El fin de semana que vino después de la fiesta de brujas fue corto, y dio paso al mes de noviembre. Por lo general, la gente nunca se da cuenta cuando se pasa de un mes a otro. Es lo mismo que cuando las manecillas de un reloj cambian lenta y gradualmente de hora. Pero el mes de noviembre tenía algo diferente por tres razones. La primera, era el penúltimo mes del año; la segunda, se acercaban las fiesta navideñas; y la última, porque los estudiantes estaban deseosos de despedazar los libros y correr fuera de las obligaciones del colegio.
Todo pasó muy rápido en esos dos días de descanso. Me levanté con algo de fiebre para encontrarme a mí mismo, solo, en la casa. Mis papás habían salido al trabajo y dejaron una nota en donde advertían que el almuerzo había quedado listo en la nevera. Catalina, por su parte, había salido ya de la casa (como era su costumbre todos los sábados) Lo supe por el reguero de salsa que dejó sobre el mesón. Aunque tenía algo de hambre, no pude continuar con el emparedado para el almuerzo. Un montón de náuseas se sumaron a mi cuerpo hirviendo y algo débil. Tiré la comida a medio tocar a la basura y pasé derecho a mi cuarto. Ese día dormí hasta el domingo en la mañana.
Tuve una clase de sueños algo confusos. El único que recuerdo era uno en donde estaba saliendo de la casa y me encontraba con Eduardo y Oscar tomados de la mano. Los dos me miraron con cara de burla y soltaban unas risotadas, señalándome incriminatoriamente. Luego, aparecía Katia con una cámara que seguía por toda la ciudad. No importaba a donde fuera ni qué tan rápido corriera, ella siempre aparecía a mi lado, incapaz de dejarme en paz. El sueño termina bizarramente cuando aparezco de la nada en la casa de Oscar, besándolo sobre el sofá.
El domingo, después de haber dormido casi veinticuatro horas, me levanté algo mejorado. La fiebre aminoró pero no desapareció. Cosa que no demoró en encontrar mi mamá al saludarme de beso por la mañana. Creo que no me seguí enfermando después de los cientos de pastillas que me dio para prevenir una futura gripa.
No tenía deberes que hacer. Sólo teníamos una semana de calendario de colegio y después nos graduaríamos. No me sentía emocionado en ningún aspecto. Había escuchado de mis papás que el día de la graduación era lo mejor que les había pasado en su adolescencia. La gran fiesta, los amigos, el diploma,… la llegada a la universidad… Pero lo cierto era que no estaba pensando en nada de lo anterior.
Ese día fui a visitar a Javier y a la tía Rosa. Como era de esperarse, intentaron sacarme algo de la fiesta, pero lo único que pudieron saber era que el chico que me gustaba era un imbécil y que ya no me parecía lindo. Y aunque Javier insistió para que le diera nombres, mi tía Rosa le regañó diciendo que estaba en todo mi derecho de reservármelo.
Esa misma noche revisé mi correo con la esperanza de encontrar algún email de Oscar. Por el contrario, mi pile se erizó cuando leí en el asunto de uno de los primeros emails el nombre de Katia. Lo abrí un poco nervioso y leí el encabezado:
Video de un homosexual de último año… Impresionante!!!!
Venía un video adjunto a esto último. Lo miré un poco dudoso. Definitivamente este debería ser el plan de destrucción que había estado planeando Katia contra Eduardo. Lo abrí y lo reproduje en cuanto hubo cargado completamente.
El video mostraba el cuarto de alguien desde fuera (Tal vez la cámara estaba montada en un árbol porque se alcanzaba a ver unas hojas verdes) Entonces, por la puerta entraban dos chicos. El primero lo había visto un par de veces en compañía de Eduardo; el segundo, era Eduardo mismo. Los dos se sentaron en la cama, se miraron con detenimiento y luego se lanzaron en un beso. Después comenzaron a quitarse la ropa hasta quedar completamente desnudos.
La escena terminaba allí, pero no el video. En seguida, mostraban otra escena en el mismo cuarto y con el mismo chico. Esta vez ya estaban desnudos y Eduardo estaba montado sobre él, quien sostenía las piernas en el aire y las cruzaba por el cuello del primero.
No puede seguir viendo. Cerré la ventana de inmediato. Si Katia quería acabar con el Doble C y con Eduardo, de seguro que con esto lo había logrado. Antes de cerrar el correo verifiqué a cuántas personas habían recibido la prueba delatora contra el chico más apuesto del colegio. La lista se remontaba a un ciento de serie de personas que ya lo había reenviado durante el día anterior.
Me sentí un poco mal por Eduardo. Podía haberme quitado la venda de los ojos y ver quién era él en realidad. Pero aún así no creo que nadie se merezca semejante humillación. No creo que Katia pensara lo mismo. Ella debía estar regocijándose de la buena jugada que acababa de meterle al grupo Doble C. Decidí no volverme a meter en ese asunto y olvidarlo por completo.
Pero a la mañana siguiente todo el mundo en el colegio no hacía sino murmurar sobre el video que alguien había regado por internet. Cientos de comentarios, algunos no tan discretos, se alzaban por doquier.
- ¿Lo viste? – escuché a una chica cuando hacía fila para el almuerzo.
- ¿Qué? ¿El video?
- Pues, claro, tonta.
- Sí. Aún no lo puedo creer. Eduardo está muy bueno.
- Todo el mundo se vuelve marica últimamente – dijo otra que iba más adelante.
- Y pensar que yo lo besé el año pasado. – exclamó con pavor la primera.
Esa última semana de clases nadie vio rastro de Eduardo. Y es que ni pensarlo dos veces. En su situación creo que haría lo mismo. Pero luego de pensarlo un par de horas, pasó por mi mente si aquello no sería algún acto de cobardía: Tal vez darle la espalda a todo y salir corriendo como culpable no era la respuesta.
Sin embargo, y después de darle muchas vueltas al asunto, no lo creí así. El homosexualismo era un tema muy delicado y difícil de tratar. Incluso para una persona como Eduardo. Hay que ser consciente de que es muy difícil aceptarse a uno mismo como homosexual. Si es así, entonces ¿cómo se puede tratar de darle la cara a lo que muchos ven como un problema o motivo de vergüenza, cuando uno mismo es quien no lo acepta? No volver al colegio no era cobardía, era un estúpido estigma social.
- Yo ya lo sabía. – me había dicho Vick cuando nos sentamos en las bancas.
- ¿Qué? – pregunté confundido.
- Lo del marica de Eduardo. – respondió indiferente.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque un día lo descubrí dándole un beso a otro amigo mío. No fue hace mucho, en realidad. – dijo con la mirada perdida.
- ¿Por eso lo estabas tratando mal?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza y luego se puso en pie.
- No creo que lo que le hicieron sea algo muy valiente. – aventuré.
Él se dio la vuelta y se me quedó mirando por unos segundos. Había seriedad en sus ojos.
- Ni yo. – dijo al fin después de un tiempo que parecieron meses -. Casi caigo en una trampa, Daniel. – confesó.
- ¿Cómo así?
- Katia me preguntó si quería hacer parte de un plan para destruir al tonto ese. Estuve tentado en hacerlo, pero decidí no aceptarlo… Puede que me nos hayamos dejado de hablar, pero no sería capaz de hacerle algo así.
No me sorprendió lo que me dijo. Ahora sabía a quién se refería Katia cuando dijo que utilizaría a uno de los amigos de Eduardo para hundirlo. Ella debió enterarse de que Vick conocía los gustos de su amigo, y pensó que tal vez le ayudaría. Había pensado mal.
- ¿Por qué no le advertiste, entonces? – le pregunté.
- Se lo conté a Oscar. Pero no se pudo hacer nada. Para cuando descubrimos qué era lo que planeaban, era demasiado tarde. – sacó algo de debajo de su saco. Era un CD. Tenía algo escrito con marcador negro. Cuando pude leer lo que decía, me di cuenta de que era el mismo CD que Jonathan había dejado sobre su pupitre el otro día.
Di un largo suspiro.
- Entonces, Katia se salió con la suya. – dije.
- No te preocupes. – dijo Vick. Luego, afirmó – Esas personas tarde que temprano caen.
Volvió a señalar el CD que traía en sus manos y dibujó una leve sonrisa.
- Un momento, ¿no es ese el mismo que traía Jonathan el otro día? – pregunté frunciendo el ceño.
- Sí.
- ¿No es el video de Eduardo?
- No. – respondió Vick sonriendo pícaramente.
- ¿Entonces, qué es? – pregunté algo dudoso.
- Digamos que Katia también tiene sus descuidos.
Vick sonrió y se negó a decirme nada, prometiéndome de que esa misma noche conocería el contenido del objeto que traía en manos.
Efectivamente, esa misma noche, recibí un correo que tenía como asunto: perra de último año tirando bien rico. El correo, como suponía, llevaba un video adjunto. Katia estaba en lo que parecía ser su cuarto. Junto a ella había dos chicos bastante grandes para estar en el colegio. Deduje que debían ser universitarios. Un tercero estaba dirigiendo la cámara. La pobre estaba borracha, desnuda y teniendo sexo con todos al mismo tiempo. El video era de media hora. Katia fue penetrada por los tres hombre (el de la cámara la había enfocada y se había sumado a la fiesta) Nunca había visto algo igual a excepción de una película pornográfica. Y ella pareció disfrutarlo.
Al final del video aparecían las siguientes palabras:
La vida siempre te devuelve el triple de lo que hagas.
Para Katia
Después de la ceremonia de graduación, las fotos de mis papás junto a mi diploma, y el orgullo de ellos al enterarse ese mismo día de que había pasado a la universidad para la cual apliqué, me disponía a salir directo a mi casa y no volver a saber más nada del colegio. Tenía pensado relajarme durante las vacaciones y leer uno que otro texto para no llegar en blanco a la universidad.
- ¡Hey, pasé! ¡Daniel, pasé! ¡Me admitieron en la universidad! – era Vick que gritaba a todo pulmón emocionado y sacudía descuidadamente su diploma.
- ¡Qué bien! – le felicité – Yo también pasé. Los resultados salieron esta tarde. No lo puedo creer.
- ¡Qué va! Tú siempre lo supiste. – dijo Vick dándome una palmada en la espalda -. ¡Quien debe estar sorprendido es otro! ¡PASÉ!
- ¿Por qué todo el mundo me cree un nerd?
- ¡No será porque eres bien bruto! – soltó una risotada –. No vemos, Daniel. Mis papás me van a dar el regalo. Creo que ellos no creen ni siquiera que me haya graduado de esta mierda. Hablamos esta noche en la fiesta.
- Por supuesto. – le mentí, mientras lo vi desaparecer con su mamá cogiéndolo por el brazo, orgullosa de su hijo.
Mientras esperaba impaciente a que mi papá terminara de hablar con uno de sus colegas del trabajo paseé mi mirada por el salón de eventos. Estaba muy bien decorado. Cientos y cientos de padres con sus hijos, vestidos de galas, zapatos brillantes y una mezcla infinita de perfumes muy caros.
En una de las esquinas alejadas se encontraba Eduardo, con la espalda contra la pared. Se mostraba desanimado. Pensé en irlo a saludar. No era que sintiera lo mismo por él. Pero no me gustaba la idea de verlo solo después de todo lo que había vivido. Sin embargo, en ese preciso momento, llegó una pareja muy joven. Al parecer eran sus padres. Le hicieron un gesto muy seco y se dieron la vuelta para que los siguiera. Antes de que se marchara y lo viera por última vez, Eduardo atrapó mi mirada, me hizo una señal de despedida con su mano derecha y se volvió a sus padres.
- Hola, Daniel. – dijo una voz por detrás.
Era Oscar. Le devolví el saludo y le sonreí. Estaba muy bien vestido y con el pelo peinado hacía un lado. Le hacía resaltar sus ojos azules, y la sonrisa particular, con sus dientes algo desordenados, le daban un aspecto encantador.
- ¡Felicitaciones! – dijo señalando mi diploma.
- Gracias. ¡Igualmente! – le felicité de vuelta.
Los dos nos quedamos así por unos segundos.
- Oscar, quiero pedirte disculpas por lo de la otra noche. – dije al fin.
- No pasa nada. En serio. – dijo tratando de evadir el asunto. Se puso algo rojo.
- Malinterpreté las cosas y…De veras, lo siento.
- No hay nada que perdonar, Daniel. Podemos seguir siendo amigos, ¿te parece? A mí me encantaría.
Y volvió a colocar su mano sobre mi hombro, y lo apretó cálidamente. Le dije que sí con un suave movimiento de cabeza. Alguien lo llamó desde detrás de un montón de gente que se arremolinaba en la entrada.
- Mis papás. – dijo - Espero volver a verte pronto. – Sonaba sincero.
- ¡Qué te vaya bien! – le dije en voz baja, con algo de pesar al sentir cómo retiraba su mano.
Salió corriendo hacia donde sus papás. Antes de desaparecer, se volvió y agitó su mano en señal de despedida.
- ¡Nos vemos! – gritó.
- ¡Claro!
Él había sido mi primer beso. Y aunque no fuera correspondido, no me arrepentía. Había sido perfecto. Era el hombre ideal. Tal vez lo que cualquiera pudiese pedir en alguien. Sincero, amable, muy buen amigo, con buen sentido del humor, y definitivamente buen besador. Lo que más me había gustado... su sinceridad. Y que tal vez fue de él mismo de quien me llegué a enamorar, y no simplemente por su mero físico. Porque muchos dicen que lo primero entra por los ojos. Pero no es lo último que se queda.
O al menos eso fue lo que aprendí con Eduardo.
Oscar me enseñó a no sentir pena por ser quien soy. No hay nada de malo en ser quien eres. Sé que tomará mucho tiempo en aceptarme tal cual. Pero al menos ahora tengo la seguridad de que algún día lo lograré. Ese, al menos, debe ser un gran paso.
Por otra parte, pensé que obtendría la respuesta a todas mis preguntar en Eduardo. Sin embargo, Oscar me dio a conocer que lo que muchas veces esperamos de la vida, no es como esta nos resulta.
Y en cuanto a estar luchando solo con todo esto, creo que nunca lo he llegado a estar. ¡Ni lo estaré! Javier y mi tía Rosa siempre estuvieron allí. Simplemente, me negué a aceptar que podía contar con ellos.
Mientras le devolvía el gesto de despedida a Oscar con la esperanza de volverlo a ver muy pronto, sin darme cuenta, iba dando paso a otra etapa de mi vida. ¿Me sentía nervioso? Hasta la punta de mis pies. No sabía qué era lo que seguía. ¿Quién lo sabía, de todos modos? Di un suspiro de alivio. Tenía que ponerme firme y darle la cara a lo que viniera.
Oscar se confundió en medio de la gente y lo perdí de vista.
Esa fue la última vez que lo vi en un largo tiempo.
martes, noviembre 04, 2008
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