Ninguno de los dos dijo palabra alguna. Simplemente nos quedamos allí, mirándonos con desconcierto, escuchando cómo la bulla de los que danzaban afuera era mucho más fuerte. No me esperaba esto. Ni creo que él tampoco. Había besado a Oscar. Había sido a él a quien tomé por los brazos, lo acorralé en contra de la pared y le había besado con tanto empeño. Una serie de sentimientos encontrados comenzaron a brotar en mi pecho. Empuñé mis manos para tratar de relajar esa corriente que bajaba por mis brazos.
Sus ojos azules brillaron por un momento y después se dirigieron a otra parte, lejos de los míos. No fui yo quien rompió el silencio. Tampoco él. Eduardo entró dando un fuerte portazo. Aunque llevaba el antifaz de color morado con rayas negras, el mismo que llevaba Oscar puesto, se podía entre ver que la cara la tenía roja como un tomate; y su camisa estaba toda empapada de cerveza.
- ¡Qué bueno que te encuentro! – dijo con la lengua trabada.
Oscar y yo nos separamos de inmediato. Me llevé una mano a la cara para borrar el sudor que se me había sumado a mi estupefacción. Oscar, por su parte, se retiró de la pared y caminó hasta un rincón apartado del cuarto.
- ¡Oscar! – exclamó Eduardo caminando torpemente hasta donde su amigo -. Pensé que no vendrías.
- Ni yo. – dije en voz baja.
Él me miró de reojo, apenado y con la cara sonrojada. Abrió la boca por un segundo, pero luego se tragó las palabras. Parecía que quería decirme algo, pero pude ver en sus ojos que algo le hizo cambiar de parecer.
- No sé ni por qué vine, en realidad. – dijo al fin con voz apagada.
Eduardo parecía tener problemas para sostenerse de pie porque tambaleaba de un lado a otro. Le dio una calada más a su taco de marihuana y soltó el humo en la cara de su amigo.
- Pues, me alegra que hayas venido. – le dijo.
- Eres el único. – respondió Oscar.
Su amigo se le quedó mirando unos instantes. Luego, le guiñó el ojo y sonrió burlonamente.
- Creo que estamos un poco sentimentales. – Eduardo le pasó el brazo derecho por los hombros de Oscar, y con el izquierdo me tomó a mí con fuerza -. Yo digo que vayamos a sentarnos.
Entonces, nos condujo a los tres afuera de la habitación y nos llevó al patio trasero, en las mismas sillas en donde antes había charlado con Eduardo. Oscar y yo tomamos asiento, sin mirarnos.
- Voy a ir por cervezas, esperen aquí. Oscar, cuídamelo bien. – dio media vuelta y entró a la casa de nuevo. No sabía lo que hacía.
Traté de mirar a otro lado que no fuera a mi izquierda. No podía verlo a la cara. Primero, porque lo había besado.; y segundo, porque la rabia que sentía por él comenzaba llegar de nuevo. Era un cínico. Cómo se atrevía a siquiera hablarle a su mejor amigo, cuando sabía muy bien que era él quien iba a traicionar a Eduardo con los planes de Katia.
Esta vez él fue quien rompió el silencio.
- Daniel, he querido hablar contigo estos dos últimos días…
- Recuerdo haberte dicho, - le corté fríamente -, que no quería hablarte más nunca.
- Pues vaya forma de hacerlo, - comenzó a decir, molesto -, dándome un beso en plena fiesta.
- ¡Eso fue un error! – le dije, ahora lo enfrentaba cara a cara -. ¿Qué diablos iba yo a saber que llevarías el mismo antifaz que Eduardo? Todo es tu culpa.
- ¡Claro! – Oscar se mostraba bastante irritado -. Últimamente todo es mi culpa. Es mi culpa que Katia esté planeando destruir a Eduardo; es mi culpa que llevara su mismo antifaz; es mi culpa que quisiera ser tu amigo; es mi culpa que tratara de salvarte de Eduardo…
- ¡Por favor! – alcé la voz – No sigas más con esas ridiculeces. Tú y yo sabemos bien que estás celoso porque me prefiere a mí y no a ti.
- ¿Celoso?, - Oscar parecía no creérselo. Frunció el ceño -, ¡Celoso, dices tú! ¿Aún sigues con esa tontería? Daniel, sinceramente pensé que tenías algo de cerebro. Pero me acabo de dar cuenta que eres un tarado.
- El tarado eres tú, por creer que yo iba a caer en esa trampa de que querías salvarme de Eduardo. ¿Quién te crees que eres? ¿Spider-man o la Mujer Maravilla?
- Me creía tu amigo. – soltó furioso. Hizo una corta pausa -. Y no eran ningunas mentiras. Eduardo solo te quiere hacer daño. Siempre ha sido así. Utiliza a la gente para poder obtener lo que quiere… No eres el primero, Daniel. – su tono de voz comenzó a disminuir -. Siempre es la misma situación. Conoce a alguien que le gusta. Trata de enamorarlo (Creo que tratar es muy fácil para él) No he visto a ninguno que se resista a su físico. De todos los chicos con los que Eduardo se ha querido acostar, ninguno se ha resistido a su lista. Su orgullo es muy grande – bajó la mirada. Su rostro mostraba culpabilidad -. Y me siento muy mal por estar diciéndote todas estas cosas, Daniel. Porque sea como sea, él es mi amigo. Siempre ha estado allí. – volvió su mirada hacia mí, poniendo cara de serio -. Y no es por esa estupidez que dices que estoy celoso… Eso no tiene ningún sentido para mí… porque Eduardo no me gusta. No me gustan los hombres…
- Pero, ¿por qué a mí? – le dije apresurado - ¿Por qué quieres salvarme de Eduardo?
Oscar no respondió de inmediato. La expresión de su rostro cambió entonces. Volví a ver al mismo Oscar de antes. Aquel con ojos azules brillantes, que siempre están allí para calmarme. Pude sentir cómo su respiración aumentaba. Entonces, otro destello en sus ojos y sentí cómo se arrepentía de decírmelo.
Bajó la mirada y soltó un suspiro.
- Porque me siento culpable. – respondió al fin.
- ¿Culpable? ¿Culpable de qué?
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos. Sentía que decía la verdad.
- Eduardo me estuvo utilizando para que me acercara a ti en estas últimas semanas. Sí, así como lo oyes. Te empecé a hablar sólo para que te acercaras a él. ¡Pero sólo fue al principio! – corrigió. Tomó una bocanada de aire y comenzó:
“Eduardo te había echado el ojo desde hacía tiempo, pero como terminaste emparejado con Katia, no sabía si le pondrías cuidado. Por supuesto, no iba a desistir hasta conseguir lo que buscaba. Pero, ¿cómo haría él para saber si le prestarías atención? Te juro que cuando se empeña en algo no hay nadie más testarudo que Eduardo. Fue entonces cuando te conocí en la enfermería, ¿recuerdas? No parabas de decir el nombre de Eduardo mientras estabas tendido en la camilla. – mis pensamientos trajeron a la mente el momento del desmayo, y cuando desperté en la enfermería algo mareado y con dolor de cabeza -. Le comenté sobre ti con mucho desinterés, y fue ahí cuando te empezó a ver como un reto. Le encantan los retos. Aunque sabía que no podía lograrlo solo. – Su voz comenzó a aumentar, mientras movía los labios con rapidez -. Entonces vino la fiesta de Jhon. Me pidió que te presentara allí. Recuerdo muy bien sus palabras: Tú me lo presentas y si todo sale bien, ese niño no pasa de esta noche.
“En ese momento a mí me daba igual. Tenía la mente ocupada en otras cosas. Los problemas amorosos de Eduardo nunca han tenido ningún significado para mí. Desde que me confesó que era homosexual, su aparato reproductor se mueve como una máquina sin control. Yo te veía como uno de muchos chiquillos que caerían postrados a sus pies con solo mirarlos. No te conocía, no sabía cómo eras… pero después de hablar contigo esa noche,… después de eso,… me di cuenta que eres una muy buena persona y de que no te merecías que Eduardo jugara contigo. – hizo una pausa. Un par de chicas se habían acercado borrachas a vomitar en los matorrales, después sonrieron y volvieron a entrar a la casa.
- ¿Por qué me llamaste el domingo para hacer lo de trigonometría si ya tenías las respuestas que Vick robó? – pregunté después de unos segundos.
- Eso fue obra de Eduardo – respondió. Ahora me miraba fijamente a los ojos. – Esa noche él estaba en mi casa. Sí. Llegó de un momento a otro y me pidió de que te llamara y que te hiciera ir. Me contó lo que había pasado la noche de la fiesta y de que estaba más que seguro que él te gustaba. Inflaba su pecho de orgullo de solo pensar que era irresistible. Me dijo que tú le habías dado el número de celular, pero que no te pudo llamar porque había salido con uno de sus tantos chicos y que no había tenido tiempo de llamarte. Supuestamente, si ibas a mi casa esa noche sería el plan perfecto para conquistarte, y su gran oportunidad de conseguir lo que quería aquella noche. Por supuesto, me opuse al principio. Pero insistió tanto que al final accedí. Por fortuna venías con la dirección de tu primo y estaba bastante cerca… y pues ya sabes qué pasó esa noche.
Me quedé un momento pensando en lo que me decía. ¿Eduardo en la casa de Oscar el domingo pasado? ¿Eduardo me veía como un reto? ¿Eduardo como un chico orgulloso que solo quiere pasar un rato con los chicos? Me era difícil de creer todo eso. Sobre todo lo del domingo. Me parecía mucha coincidencia. Por otra parte, Eduardo me había asegurado de que no pudo llamarme porque se encontraba en una reunión familiar. Podía que Oscar dijese la verdad, pero aún así mi mente no podía ir en contra de quien quería.
- Y, ¿qué hay del plan de Katia? – pregunté.
- No sé de lo que se trata, Daniel. Te juro que no tengo nada que ver en eso. – seguía mirándome a los ojos -. ¡Nada! ¿Tú crees que ya no le dije a Eduardo? Él es muy testarudo. Como te dije, tiene el orgullo muy alto. Para él es muy difícil creer que alguien le pueda hacer daño. No me hizo caso y se burló en mi cara.
- No te creo nada. – le dije después de unos segundos.
La expresión de esperanza de Oscar se esfumó por completo. Bajó la mirada y se perdió en el frío suelo.
- Eres un mentiroso. – dije con sequedad.
Pero Oscar se levantó de su asiento y dio tres pasos, sin volver la mirada. Lo miré sorprendido. Se detuvo a mitad de camino y dijo en voz alta:
- Ya cumplí con lo mío – dijo planamente -. Si no me quieres creer…, - no terminó. Después de unos segundos preguntó - ¿Te acuerdas cuál fue la excusa que utilizó para disculparse por no llamarte el domingo? – preguntó aún sin mirar hacia atrás.
Un poco pensativo afirmé con un movimiento de cabeza y respondí con un apagado sí.
- Me dijo que había estado con su familia.
- Vuelve a preguntárselo de nuevo. Me dirás después si te miento. En cualquier caso, es tu vida. Y como siempre, soy un metido. – se encogió de hombros y caminó fuera del jardín, sin antes decir – ¡Suerte!
Me quedé solo. Mi cabeza estaba en blanco. La sola imagen de Oscar desapareciendo por la puerta me hizo quedar en un estado neutro. Sus últimas palabras aún flotaban en el aire, suspendidas como por hilos. Una pequeña brisa comenzó a sacudir los brazos de los árboles. Levanté la mirada al cielo. Un montón de nubes gruesas y oscuras cubrían la luna llena. Iba a ser una noche con tormenta, pensé.
Eduardo apareció entonces como saltando y con un par de vasos plásticos en su mano. Tomó asiento a mi lado y me largó una cerveza. Luego, puso una mano sobre mi rodilla y sonrió. Estaba tan cerca que le alcancé a ver un par de granos que tenía cerca a su nariz.
- ¿Qué pasó con el tonto de Oscar? – preguntó, arrastrando las palabras.
- No lo sé, sinceramente. Creo que se fue…
- Sí, sí, sí. Me lo encontré saliendo de la casa. Pregunto, ¿por qué se fue, sabes?
- No. – respondí después de unos segundos de silencio.
Eduardo volvió a sonreír con fuerza. Su cara no se veía muy linda cuando hacia esto. Su mano subió hasta mi muslo y chasqueó con la lengua. Sus ojos brillaron con los últimos rayos de luz de la luna.
- En ese caso… - comenzó a decir -. ¿Qué te parece si vamos a mi casa y tomamos algo, eh?
- Pero tus papás…
- Ellos se fueron por el fin de semana. Siempre están viajando y esas cosas. ¿Qué dices?
Unos minutos más tarde, nos encontrábamos en mi carro. Iba siguiendo indicaciones de Eduardo que estaba acomodado en el asiento del pasajero. Unas cuantas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre el parabrisas, al igual que unos cuantos rayos en el firmamento.
Eduardo me cogió la pierna con delicadeza y la subió más arriba hasta llegar casi a mi pene. Acarició esta parte haciendo pequeños círculos, y me miraba con ojos entre cerrados y perezosos. Algo caliente comenzó a crecer en mi pecho, al igual que mi pene.
Pero no me sentía para nada excitado. Era simplemente un reflejo del suave masaje. ¿Por qué diablos no me sentía atraído? Este se suponía que era el momento más grandioso de mi vida. Era lo que había soñado desde hacía unos meses, cuando vi por primera vez a Eduardo. Él había sido el objeto de mis sueños eróticos, de mis pensamientos libres, y de las últimas masturbadas. Lo miré de reojo. Tenía aquella mirada rara de satisfacción. No sabía si era por el alcohol o la marihuana pero había algo que ya no me parecía atractivo en él.
Mis pensamientos, por extraño que pareciera, estaban concentrados en Oscar. No solo le daba vueltas a las palabras reveladoras que me había dicho aquella noche, sino que también pensaba en el recuerdo de aquel beso accidental que nos dimos. Podía sentir como si estuviera allí de nuevo su aliento, sus suaves labios, la delicada mano subiendo por mi cuello hasta mi rostro y después tocándome con suavidad el cuello otra vez. Sin embargo, salían a flote otros pensamientos, como que era un mentiroso y un celoso… Mi primer beso con un hombre había sido con Oscar. Tanto tiempo que esperé para besar a Eduardo y todo al final había resultado lo opuesto. Había besado a su mejor amigo, en cambio.
Doblé a la derecha y parqueamos en frente de su casa. Estaba completamente a oscuras. Bajamos corriendo para ocultarnos de la lluvia que caía ahora con gruesas gotas. Entramos a la sala principal, casi empapados. La casa tenía un olor a viejo y tabaco. Me tocó ayudar a Eduardo a ponerse en pie después de haber tropezado con una mesa. El sonido de cristales al chocar contra el suelo resonó por todo el pasillo. Tanteé la pared con cuidado hasta que encontré el interruptor.
Cuando la luz cubrió todo rincón del lugar, me di cuenta de que Eduardo estaba sangrando. Lo llevé a la cocina con mucho cuidado y lo dejé lavándose la mano con agua del grifo.
- ¿Sabes dónde hay un botiquín? – pregunté.
- No sé – respondió desorientado –. Busca por allá.
Señaló un armario en la sala. Esculqué por todas partes hasta que encontré un pequeño botiquín bastante viejo y algo empolvado. Eduardo llegó caminando y se sentó en uno de los sofás. Comencé por limpiarle la herida. No había sido una cortada profunda, solo superficial. Como había escuchado decir a mi abuela un día la sangre siempre espanta. Le puse una crema y finalicé con una vendita.
Alcé la mirada y me di cuenta que Eduardo me miraba con los ojos apagados y una sonrisa pícara. Volví a sentir su mano en mi muslo por tercera vez aquella noche y en menos de lo que me hubiera esperado se lanzó ferozmente y me comenzó a besar.
Sus labios y lengua se movían descontroladamente. No sabía qué hacer. Me quedé quieto como un palo. Luego, pasó a mi cara y bajó por mi cuello lamiendo y besando. Sentí un poco de repulsión. Su aliento apestaba a licor y a cigarro podrido. Lo aparté con mis manos y me levanté dando un par de pasos.
- ¿Qué pasa? – preguntó Eduardo desconcertado.
- No lo sé… estoy confundido. – dije nervioso.
- Eso siempre pasa, mi amor. –dijo levantándose también y cogiéndome por la cintura -. Al principio es un poco confuso, pero después te vas acostumbrando…
- Un momento, - dije de inmediato -, me dijiste que era la primera vez que sentías algo por un hombre.
Eduardo se quedó en silencio, como pensando en lo que acababa de decir. Sonrió levemente y me apretó más por la cintura.
- Eso lo dije porque no sabía si yo te gustaba en realidad, Daniel. – y de nuevo me atacó con otro beso brusco.
- Espera… ¡Espera! – volví a separarlo.
- Mi amor, no te pongas bravo conmigo. Simplemente lo dije porque quería agradarte, no quería asustarte…
De nuevo, comenzó a tocarme con rapidez y me besaba el cuello de manera apresurada. Su respiración iba creciendo debido a la gran cantidad de alcohol que tenía en la sangre.
- Puede hacerte una pregunta, - dije al fin después de haberlo pensado unos segundos y cuando habíamos vuelto a sentarnos en el sofá -, ¿por qué no me llamaste el domingo pasado?
- Porque… estaba ocupado… - respondió, no dejaba de tocarme el trasero.
- ¿En qué?
- ¿En que qué?
- ¿En qué estabas ocupado?
- Me la pasé todo el día haciendo un trabajo con un amigo. Mis papás se fueron ese día a visitar a mi familia en otra ciudad, mientras que yo me quedé juicioso. Ahora, bésame.
Me cogió con fuerza la cara y me dio un tercer beso. Me sentía demasiado incómodo. No era lo que me había esperado que fuera la noche. Se suponía que era la noche perfecta. Solos, en una casa, pasada la media noche, con una lluvia cayendo afuera… y con el chico que me traía loco… tal vez que alguna vez me atrajo loco… el chico que me mentía con respecto a una llamada… Tal cual como me lo dijo Oscar… Él tenía razón.
- Para… ¡Para! – exclamé empujándolo con fuerza cuando estaba fuera de control y me intentaba quitar la camisa. – No puedo seguir ahora.
- ¿Por qué? ¿Qué diablos pasa? – Eduardo dijo con los ojos cansados, y molesto.
- No sé si quiera hacerlo. –respondí después de unos segundos. Me temblaban las manos -. Lo siento.
- ¡Vamos! Eso es porque estás nervioso – me animó.
- No, es en serio. No lo quiero hacer…
- No seas tonto, - me cogió por la cintura de nuevo y antes de que me atacara con otro beso apasionado, dijo -. Nunca ha habido alguien que se me resiste.
Y estas fueron las palabras que hicieron que todo lo que sentía por Eduardo se fuera al piso. Le di un empujón mucho más fuerte que el anterior. Eduardo cayó con fuerza sobre el suelo. Me levanté, algo mareado, y me limpié la boca. Salí corriendo a la puerta, sin escuchar los gritos de sorpresa que Eduardo dejaba salir. Estaba furioso. Antes de tirarla alcancé a escuchar:
- ¡Te vas a arrepentir!
Salí corriendo debajo de la lluvia. Había comprobado que Oscar decía la verdad. Había comprobado también que no era un mentiroso, celoso o envidioso. Siempre fue sincero conmigo. Entré al auto completamente empapado, con la emoción de la verdad embriagándome, y lo arranqué con rapidez rumbo a la carretera principal.
Tenía que verlo. Tenía que pedirle perdón después de haberme comportado como un completo imbécil. El agua que caía sobre dificultaba la visibilidad, incluso con el sistema de parabrisas encendido al máximo. Sabía muy bien a dónde dirigirme. Seguí en carretera recta por unos diez minutos y luego tomé la siguiente salida. Era casi la una de la madrugada. Las calles estaban muy solas y algo oscuras. Me tomó otros diez minutos llegar al frente de la casa de Oscar. Aparqué el carro en la otra acera y dejé prendida las luces y el motor.
Me bajé del auto. Gruesas y frías gotas de agua cayeron sobre mis hombros. La casa se erguía envuelta en oscuridad. Estaba inmóvil. Una parte de mí quería dar el primer paso, pero la restante se negaba a hacerlo. Una batalla empezó a librarse. No podía llegar a esta hora. Ni siquiera estaría. Entonces, la imagen del beso que nos dimos reapareció. Deseaba verle, pedirle disculpas y… y…y contarle que…
No pude continuar. Iba a decir que él me gustaba. No podía olvidar el beso. Mi primer beso. Me gustaba Oscar, no podía negarlo. Todo este tiempo había estado cegado creyendo estar enamorado de una simple fachada. Y como consecuencia había descuidado lo que me rodeaba. Oculté mis verdaderos sentimientos por seguir una falsa imagen de alguien que sencillamente no valía la pena.
Pero Oscar debía estar molesto. Le había llamado cosas que no era; y eso a cualquiera le molestaría. Tal vez no quería hablarme. Ni siquiera verme en frente de su propia casa, en la madrugada, empapado hasta los tobillos.
Bajé la mirada. Unos charcos enormes comenzaron a formarse. El frío penetraba mis pulmones. Algo llamó mi atención e hizo que volviera mi mirada a la casa. Habían prendido la luz del primer piso. Presté mucha atención. Tal vez alguien me había visto y ahora quería verificar que no era un ladrón. Pero de la puerta de la entrada salió él. Parecía esforzar la vista hacia mí, como tratando de ver quién era.
- ¿Daniel, eres tú? – preguntó Oscar.
- Sí, soy yo. – dije.
- ¿Qué haces acá?
Dudé. Me hizo señas para que me acercara. Corrí saltando sobre los charcos. Mis zapatos también estaban empapados. Oscar también había salido del refugio de la entrada y corrió a media calzada.
- Te vas a mojar. – le dije.
- No sería el único, entonces. – respondió.
Sonreí. Nos quedamos mirándonos por unos segundos. Luego él preguntó.
- ¿Pasó algo malo?
- Oscar, - comencé hablar descontroladamente -, quiero pedirte disculpas. Tenías razón. Eduardo solo quería… Me equivoqué. Disculpa. Te traté muy mal y estaba confundido y… y…, me siento muy mal,… y quiero confesarte que…,
- Shhhh – dijo Oscar con calma -. Tranquilo.
- Perdón. – le dije.
- Está bien. Te entiendo. Yo sólo quería ayudarte…
Oscar comenzó a decir. Pero no lo dejé terminar. Me acerqué más hacia él y toqué sus labios con los míos por segunda vez aquella noche. El beso fue igual de maravilloso. Su aliento muy suave y sus labios delicados. Me sentía más confiado. Él se quedó quieto como una piedra, mientras yo le puse una mano sobre su rostro. Pero, después de unos pocos segundos, él me separó con delicadeza y bajó la mirada. Algo no andaba bien.
- ¿Qué sucede? – pregunté.
- Lo siento, Daniel.
- ¿Lo sientes? No, está bien. Oscar, tengo que decirte algo. Tú me gustas. Gracias a ti he sabido manejar mejor esto que siento con respecto a mi sexualidad. Estoy siendo quien soy. No hay nada de malo en eso…
- No. No. ¡No!
Me quedé callado. Él se pasó una mano para limpiarse el agua que caía por sus ojos.
- Yo sólo quería ayudarte– hizo una pausa. Sus ojos estaban perdidos -. Como te dije, me sentía mal porque fui yo quien te había conducido a Eduardo. Pero después de conocerte me di cuenta que no valía la pena que tú también hicieras parte de sus juegos…
- No entiendo. Siempre has estado allí. Me has cuidado… - estaba confundido de nuevo.
- Creo que has malinterpretado las cosas. – dijo finalmente -. Lo del beso… - hizo otra pausa -… Lo de beso fue un error, como tú dijiste. Tú sabes muy bien quién me gusta.
- No. – respondí en un susurro.
- Siempre lo has sabido. La amiga de Katia. Sara. Aunque en realidad, no sé si tenga alguna posibilidad…
Di un paso hacia atrás. Había cometido un error. Un segundo error en una noche. Malinterpreté la amistad que profesaba Oscar con un gusto que había formado en mi cabeza. Creo que un par de lágrimas salieron de mis ojos, pero él no se dio cuenta. Se confundieron con la lluvia. Di media vuelta y caminé con paso lento de vuelta al carro.
Oscar se quedó allí, en medio de la lluvia, mirando cómo me marchaba de vuelta a casa. No trató de llamar a mi nombre. O por lo menos no se lo escuché pronunciar.
martes, noviembre 04, 2008
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario