miércoles, octubre 25, 2006

Lo Que Esperamos de La vida III

III

Tenía ojos miel oscuros, un color muy profundo; el pelo, un poco alborotado, era castaño y estaba ya un poco largo; el color de piel era blanco pero esa noche estaban algo pálido, aunque mis mejillas ya estaban recuperando su color original, todavía se notaba un poco la herida ocasionada por el golpe contra el suelo en el lado derecho. Mi contextura era delgada; se había vuelto firme cuando fallé en mi intento de volver musculoso mi cuerpo.
Más abajo estaba mi pene, ahora pequeño, flácido y arrugado. Estaba en vuelto por un bulto grande de vello púbico que nunca había cortado en mi vida.
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Me daba pena mostrarlo a Katia cuando ella me hacía sexo oral. Entonces solo me sacaba mi pene ya erecto para que me lo pudiera mamar (y vaya de que manera me lo hacía) La primera vez que fuimos a tener relaciones sexuales tuve miedo que a ella no le gustara que lo tuviera tan poblado de vello, así que saqué una excusa muy tonta para detener el acto sexual.
<< - Mi celular me está vibrando. >>
<< ¡Qué estúpido! >> Me dije a mí mismo.
Volví a apuntar mi mirada a mi pene, lo cogí entre mis manos y lo miré por un momento. Estaba frío, húmedo y blandito. Saqué su cabeza rosadita de entre el arrugado prepucio, lo toqué con la yema de mis dedos y puse la punta hacía arriba. Seguí mirándolo con detenimiento, estaba intrigado por algo,… algo que Katia me había hecho muchas veces y que tanto le gustaba hacer.
<< ¿A qué sabría? >>
Entonces la imagen de Eduardo me vino a la mente.
Su rostro apareció delante de mis ojos… tan dulce,… tan atractivo.
Sus ojos café me miraron fijamente y sus labios rojos se acercaron a los míos lentamente. Mi respiración se aceleró rápido al quedar frente a frente con aquel chico que me gustaba… su mirada me intimidaba pero al mismo tiempo me hacía sentir otra persona… alguien apasionado, alguien amado…
Entonces sentí sus delgados labios en los míos, eran tan deliciosos y delicados… nuestras lenguas se tocaban una con la otra en un juego apasionado por sentirse cada uno… pude sentir como recorría con su lengua mi mejilla y como lamía mi oreja… podía sentir su cálida respiración cada vez más acelerada… escuche su voz, tan firme y varonil…
- Te quiero- me decía.
Mi corazón saltó a mil por hora… lo cogí por la mejilla y lo besé con todas las fuerzas de mi corazón. Nos besábamos con pasión, nuestra respiración no se detenía por un segundo, nuestras mentes estaban envueltas en ese mar de pasiones que arrolla con fuerza con sus grandes olas…
Sentí su lengua bajar por mi cuello (dejé salir un gemido suave)… después pasó por mi pecho, en donde jugó por un momento con mi tetilla… sentí una de sus manos bajar por mi espalda hasta llegar a mi cintura… abrió mis dos nalgas con delicadeza y puso uno de sus dedos en mi ano… Estaba muy excitado, solo quería que me siguiera besando y que me penetrara con toda sus fuerzas… ensalivó sus dedo y comenzó a meterlo… dolía un poco… siguió bajando su cabeza y llegó a mi pene (estaba firme y un líquido transparente pegajoso rodeaba la cabeza ahora roja).
Sentí entonces que su dedo se introducía un poco más en mi virgen culo… estaba muy excitado… ahora Eduardo me estaba masturbando… sentí un hormigueo por toda mi espalda… cerré mis ojos y aquella emoción que todo hombre siente cuando eyacula la sentí en aquel momento.

Abrí los ojos y me encontré a mi mismo sentado en la taza del inodoro, desnudo, masturbándome con la mano derecha (ahora llena de semen) y con la izquierda tenía mi dedo índice introducido hasta la mitad en mi ano.
Entonces dentro del clímax que todavía tenía, o la estupidez que me embargaba, llevé mi mano derecha muy de cerca de mis labios… podía oler aquel aroma a límpido o detergente que expulsaba el semen derramado en mi mano…
La punta de la lengua salió de mi boca y lamí un poco de este líquido pegajoso…
<< ¡Pero que estoy haciendo! >>
Corrí hasta el lavamanos y me lavé la boca con agua del grifo. Saqué el Listerine y me enjuagué la boca dos veces.
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No sabía que pensar, tenía miedo, miedo de lo que dijera la gente.
Lo homosexualidad no estaba tan bien vista en el mundo.
Y qué haría si me quedaban gustando los hombres para siempre…

- ¡Daniel, apúrate! ¡Hay gente que también va a salir esta noche! – tocaron la puerta tan fuerte que creí que caería.
- ¡Un momento! – grité asustado, como si me pudieran ver a través de la puerta. Me lavé bien las manos, me puse rápidamente la toalla alrededor de la cintura y abrí la puerta de baño.
Me encontré frente a frente con mi hermana mayor, Catalina.
- Quítate. – dijo sacándome del baño de un tirón.




No tenía ni la más mínima gana de ir aquella fiesta en la casa de John y menos aún después de aquel suceso tan vergonzoso en el colegio. Por medio de algunos alumnos que estaban en el patio en la hora de deportes pude saber que había vomitado por todo mi trayecto a la enfermería y que también había manchado de vómito a los dos chicos que me acompañaban en mi ayuda.
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Me puse el segundo zapato de material y me puse enfrente del espejo. Me veía muy bien. No me consideraba un súper buen mozo, pero tenía pinta.
Ya sabía que era lo que tenía que hacer: primero, ir a recoger a Katia en el carro prestado de papá; segundo, (y como era de costumbre), ella hablaría con sus amigas un rato; tercero, bailar un poco con mi novia y por último terminaríamos en alguna habitación de la casa (sino en la parte trasera del carro) teniendo sexo oral.
Era muy extraño por qué no me había “comido” a Katia para ese entonces. Mi primera relación sexual con una mujer había tenido lugar a la edad de catorce años. Claro estaba que en ese entonces no tenía tanto vello púbico como el que tenía ahora.
Había pensado en rasurármelo, pero cada vez que lo intentaba me arrepentía y dejaba la cuchilla a un lado. No había hablado al respecto con Katia. Apenas llevaba tres semanas con la chica y me había sorprendido el hecho que al segundo día de noviazgo, ya tenía su boca entre mi verga.
Todavía me acordaba de cómo me había “cuadrado” a mi actual novia.
Hacía exactamente un año me había mudado de casa a una más alejada del colegio a donde estaba asistiendo junto con Carlos.
Mis padres habían decidido cambiarme de colegio, pero insistí tanto para que no lo hicieran hasta que aceptaron pagarme el transporte del bus de vuelta a la casa.
Entonces así fue, todos los días mi papá me llevaba al colegio y en las tardes cogía el bus que pasaba por los alejados suburbios de la ciudad. Entonces me di cuenta que la misma ruta que tomaba yo, era la misma que tomaba Katia.
La novia de Eduardo.
En esos momentos mi atracción por los hombres estaba empezando a mostrar sus primeros brotes con Eduardo. Estudiaba el mismo grado que yo pero en diferente salón. Lo llegué a distinguir porque todo el mundo hablaba de él como el hombre más apuesto de todo el colegio. Cuando lo vi mi impresión fue más allá de lo que estaba esperando. Mi corazón se aceleró tan rápido que pensé morir en ese instante, la respiración se me cortó y mis ojos se vieron atraídos hacía él como un imán muy poderoso.
Me hice amigo de ruta de Katia y comenzamos a conocernos en el solo trayecto. Ella me contaba sus problemas y yo los míos (claro que no aquel “pequeñísimo” de que me estaban gustando los hombres)
A veces estaba alegre por su noviazgo, decía que Eduardo era el hombre más tierno y agradable del mundo y a otras se sentaba a llorar en mi hombro sufriendo por las interminables historias de traición por parte de él.
Siendo sincero estaba empezándome a gustar Katia, pero me era imposible pedirle algo. Hasta que un día ella me llegó con la noticia de que había terminado con Eduardo y con quien quería estar en realidad era conmigo.


Mis pensamientos se vieron disipados por los gritos de mi madre desde la planta baja.
- ¿Qué pasó? – le pregunté bajando de las escaleras mientras arreglaba el cuello de mi camisa.
- Te he estado llamando desde hace tiempo y no respondes. – respondió mi madre algo irritada.
- Bueno, ya estoy acá. ¿Qué ha pasado?
- No encuentro tu chaqueta del colegio. – tenía una mano en la
cintura.
- ¿Cómo?, pero si yo la traje ayer después de salir de la enfermería…
- Yo no te vi nada cuando llegaste a casa. De seguro la manchaste de vómito y te la quitaron en el colegio.
No respondí nada.
Estaba tan aturdido que ni me había fijado si traía puesta la ropa completa.
- El lunes le pregunto a la enfermera. – le aseguré.
- Eso espero. – se alejó por el pasillo que conducía a la cocina, pero antes que desapareciera me detuvo y me dijo – Y ten cuidado con ese golpe que tienes en tu cara.
Mire mi reloj y me di cuenta que eran las nueve y cuarto. Quedaban quince minutos.
- ¡Papá!, las llaves del carro.
- Están en él. ¡Ten cuidado!
- Si, papá. ¡Lo tendré!
- Te dejé algo en la guantera.
- Bueno. Gracias.
Con paso apresurado subí al carro estacionado en la entrada de la casa. La noche estaba fría y parcialmente nublada. Un viento que sacudía la copa de los árboles me penetraba en la ropa y me cortaba con una navaja las mejillas. Encendí el auto y antes de dirigirme en busca de Katia, miré en la guantera en donde había guardada… una caja de condones.

3 comentarios:

Alfred dijo...

Daniel se ve a si mismo y explora otra fase de su cuerpo.

Anónimo dijo...

Me gusta la forma como Alfred describe a los personajes... sobre todo a Daniel. Cada vez mas se va teniendo conocimiento de su pasado y de sus pensamientos!.. Super!

Anónimo dijo...

pues la historia esta super genial lo poquito q he leido me parece super bien y no espero por seguir leyendo