Javier estaba durmiendo en una cama doble, muy bien amoblada, con sábanas blancas. Las cortinas estaban cerradas y la noche ya había caído, así que el cuarto estaba iluminado por una tenue luz que salía de las lámparas de mesa. Su rostro estaba hinchado. Tenía moretones y algunas heridas no muy profundas en su labio y ojos.
Incliné la cabeza y la coloqué sobre su hombro. Él seguía dormido. Había pasado un par de horas sentado allí, cuidando de él, pensando una y otra vez la historia que me había contado Juan Carlos. Unas cuantas lágrimas volvieron a empapar mis ojos, y fueron a perderse entre las sábanas.
Aún no podía creerlo. Todo lo sucedido con Edmundo, Javier,… ¡Marta! Cerré los ojos al pensar en ella. Había sido la más afectada. Y todo por culpa del machismo y la rabia incontrolada de Edmundo.
- Lo siento. – le dije a Javier con el solo movimiento de los labios.
Apreté un poco las sábanas y volví a acomodarme sobre mi asiento. Había pasado más de dos horas allí sentado, mirando y cuidando de Javier. Colocándole algo de agua fría en un pañuelo sobre su frente y revisando que no le fuera a faltar nada. Los doctores le habían dicho que debía permanecer acostado y guardar reposo. Estaría bastante débil por un par de días, mientras las heridas sanaban. No hubo necesidad de internarlo en un hospital. Esa misma noche lo trajeron a la casa de su novio y desde entonces es él y la tía Rosa quienes lo cuidan.
Javier se movió un poco en medio de sus sueños y se acomodó hacia la izquierda. Dio un pequeño quejido y siguió durmiendo tranquilo.
Según lo que me había dicho Juan Carlos, Edmundo estuvo a punto de arrollar a Javier con el carro, pero justo a tiempo Marta se interpuso en el camino y fue esta quien se llevó el golpe. Por supuesto, ella estaba en un hospital internada de gravedad. Por otra parte, no se sabía nada de él. Aunque tampoco se estaba haciendo nada por encontrarlo.
¿Por qué no se sabía esto en la familia? ¿Por qué siempre tenían que esconder la realidad de las cosas? Es una familia de hipócritas.
- ¿Javier? – preguntó una voz desde la puerta.
- ¡Tía! – dije levantándome con cuidado y corriendo a saludar a la tía Rosa.
Los dos nos dimos un abrazo fuerte, mientras ella aguantaba el llanto. Era agradable volver a verla. Me había sentido furioso con ella por no compartir conmigo el que Javier fuera homosexual. Pero ahora era el momento de olvidarse del pasado y preocuparse por lo más importante.
- ¡Te extrañé! – dije.
- También yo, querido. – respondió ella esbozando una sonrisa.
Salimos fuera de la habitación y nos sentamos en una de las sillas del comedor de vidrio. Ella estaba mostraba un sonrisa, pero en su rostro se veía las secuelas de una larga jornada.
- Y, ¿Juanca?
- Salió a comprar algo de comer. Es muy buena persona, lo admito. – respondí.
Ella sonrió.
- Igual que Javier.
- ¿Cómo está Marta? – pregunté nervioso.
- Ella está mejorando. Aunque los médico creyeron que tenía una hemorragia interna, al final se dieron cuenta que no lo era. Tuve que pelear para que la atendieran médicos de verdad, y no meros practicantes. – respondió mi tía soltando un suspiro.
- Y, ¿qué hay de Edmundo?
- Esa… es otra historia, mi querido. – su voz mostraba un dejo de decepción -. Toda la familia se enteró de que hubo un “accidente” en la casa de Javier. Edmundo es un hombre poderoso. Pagó unos cuantos sobornos a los policías para que no abrieran un caso sobre él y envolvió en mentiras a los médicos…
- ¿Entonces? – pregunté, incrédulo.
- Entonces, la historia que todo el mundo sabe es que Javier llegó a la casa morado hasta los tobillos, Edmundo en un acto por llevarlo al hospital lo iba a montar en el auto, pero Marta en un hecho accidental, se paró justo en frente. Y así, él se sale con las suyas de nuevo.
Di un largo suspiro.
- ¿Qué hay de lo otro? – pregunté refiriéndome a lo de su sexualidad.
- Todos ya lo saben – respondió mi tía lamentándose.
Nos quedamos en silencio por un largo tiempo. Todo estaba descubierto. Ahora, solo faltaba esperar las reacciones para saber qué era lo que la familia entera pensaba. Aunque conociendo muy bien a mi familia, ya me podía hacer una idea de qué era lo que sucedería.
- ¿Hola?... ¿Hay alguien por ahí? – la débil voz de Javier cruzó hasta la sala.
Los dos nos miramos contentos y corrimos hasta el cuarto. Él seguí acostado sobre la cama, pero ahora tenía los ojos a medio abrir. No se notaba mucho la diferencia por culpa de la hinchazón.
- ¡Entren! Quiero verles la cara a ustedes. – dijo riéndose con delicadeza.
- ¡Me alegra que estés mejor, Javi! – le dijo la tía Rosa, a punto de llorar -. Mira quién nos viene a visitar hoy.
Salí por detrás de la espalda de mi tía y lo saludé con una mano.
- ¡Pero qué sorpresa! – exclamó. Luego lanzó un quejido de dolor.
- El doctor dijo que nada de mover los músculos por ahora. – le regañó mi tía.
- ¿Cómo estás? – pregunté, sonriendo.
- ¿Cómo crees?... No mejor que tu morado. – levantó con delicadeza su mano y señaló su cara.
Todos soltamos una risa. Era bueno estar de nuevo reunidos. Era como si una parte de mí hubiese vuelto. Ellos eran las personas que me entendían, que siempre estaban allí sin importar lo que fuera. Eran diferentes al resto de personas que conocía en esa familia de locos… Tal vez…
Entonces, fue como si un bombillo iluminara mi cerebro. Me sentí un poco asustado ante la posibilidad, pero debía ser ahora o nunca. Era el momento preciso.
- Siento mucho lo de tu mamá, Javier. – decía la tía Rosa.
- Gracias. Solo espero que esto sea la gota que derrame su vaso… - tomó un suspiro y agregó – No quiero verla más con ese hombre.
- Yo sé que ella va a hacer lo correcto. – le animó mi tía.
- Pero, ¿por qué tan callado nuestro invitado? – preguntó Javier.
Desperté de mis pensamientos. Pasé mi mirada de mi tía a Javier.
- ¡No es nada! – les dije.
- ¡Ah, vamos! Conozco esa mirada, Daniel. Tienes algo que decirnos. Mira, tía, ¿sí lo ves? Sus ojos están perdidos y se coge las manos. – rió - ¿Qué escondes?
Vaya que si me conocía este. Tomé un gran suspiro y abrí mi boca para comenzar a hablar. Luego de dos intentos fallidos, el tercero fue el definitivo.
- No quiero ser inoportuno, pero tengo que contarles algo. – comencé.
Tanto mi tía como Javier quedaron en silencio y a la expectativa.
- ¿Terminaste con Katrina? – aventuró Javier.
No dije nada.
- ¿En serio, rompiste con esa loca? – preguntó emocionada mi tía.
- Bueno… sí, pero…
- ¡Qué bueno que terminaras con esa bruja! – me interrumpió Javier en medio de una sonrisa que le hacía doler toda la cara -. Nunca me cayó bien…
- Pero, lo que iba a decir…
- A mí tampoco nunca me cayó muy bien esa niñita. Es que tenía algo muy raro en esa mirada y se mostraba muy manipuladora…
- ¡Escuchen…!
- No te preocupes, Daniel. Ya conseguirás a alguien mejor…
- ¡CREO QUE TAMBIÉN ME GUSTAN LOS HOMBRES!
Las dos caras en frente mío se silenciaron y perdieron su color. La tía Rosa abrió la boca enormemente, mientras que en Javier pude notar un leve cambio en la abertura de sus hinchados ojos. Por otro lado, yo seguía con mi cabeza a medio meter en mis hombros, mi mirada en el suelo y mi ojo izquierdo a medio cerrar. Esperaba una reacción próxima. Por supuesto, estaban petrificados. No fue sino hasta después de uno o dos minutos que la tía Rosa rompió el silencio de primero.
- ¿Dijiste que creías que te gustaban los hombres?
- Me temo que sí. Eso dije. – respondí sonriendo timidamente.
- ¿Qué pasó con Katia? – volvió a preguntar ella.
- Terminamos… porque me gusta alguien…
- ¡Qué bueno que terminaste con esa perra! Nunca que cayó bien – dijo Javier emocionado.
- ¿Terminaste con Katia porque te gusta un hombre?
- Bueno, no precisamente, pero… Da igual. Katia y yo terminamos.
- ¿Pero te gusta un hombre? – insistió Javier.
Asentí con un movimiento de cabeza.
- Estoy sorprendida. – dijo ella -. Pero no decepcionada… Aún así te quiero. Seas como seas. – luego se dejó caer en la silla que estaba al lado de la cama de Javier y soltó un suspiro. Nos miró a los dos -. Aunque nunca los pueda ver con hijitos o organizarles una boda… ¡La boda de mis queridos sobrinos!... – otro suspiro - ¡Pero no importa! Te quiero mucho, Daniel… A los dos.
- Gracias. – dije sonriendo y le di un abrazo.
- Dale un abrazo por mí a esa llorona, obsesionada con las bodas y los bebés. – dijo Javier.
Volví mi mirada a Javier, quien seguía tratando de sonreír con su cara morada.
- ¿Entonces? – le pregunté.
Él tomó una bocanada de aire y simuló un suspiro.
- ¿Qué quieres que te diga? – preguntó - Bienvenido al club, primo.
martes, noviembre 04, 2008
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