Le había descubierto su plan. Sabía que Oscar estaba tratando de alejarme de Eduardo y que lo iba a traicionar junto con el plan de Katia. Lo había descubierto.
Una serie de pensamientos, palabras muy fuertes contra Oscar y una ira que me producía un nudo en la garganta, crecieron en mi cabeza sin control. Iba de un lado para otro, removiendo papeles, ropa, o cualquier cosa que encontrara en el suelo de mi cuarto. Trataba de mantener mi mente ocupada. Pero era imposible. No podía dejar de pensar en lo que el muy sínico me había dicho aquella tarde.
Aléjate de Eduardo. ARGGGHHH, ¡pero qué imbécil! Aún no lo podía creer. Mis manos temblaban cuando levantaron un libro de matemáticas. ¡Cómo odiaba esa materia, también! Doblé mi brazo y lancé el libro contra la pared, asestándolo dentro de la cubeta de basura.
Después de todo lo que me había dicho aquel cretino. Toda esa basura de ser quien eres y no sé que más cosas que me decía… ¡Llegué a pensar que todo era verdad! Empuñé mi mano. Se había comportado como todo un buen amigo, un caballero. Me había ayudado a sentirme bien cuando el momento me desesperaba y después de un tiempo comencé a querer estar a su lado más tiempo.
ARGGHHHHH, me arrepentía de haber pensado lo que había pensado de él. Me arrepentía de haberlo conocido, de querer ser su amigo, de...
Tiré un montón de basura en la cubeta y caminé cerca de la ventana. El sol estaba desapareciendo y una débil luz rojiza entraba en el cuarto. Podía ver el frente de mi casa. Los pocos carros aparcados en los garajes y algunos niños jugando en las aceras. Mi mirada se detuvo en uno de aquellos niños. No sobrepasaba los cinco años. Jugaba con unos aviones de juguetes. Una pequeña niña de su misma edad lo acompañaba. Conocía al pequeño desde cuando era un bebé. ¡Qué inocencia! Estos dos pequeños ángeles no se preocupaban por nada. Simplemente se divertían, alimentaban y dormían felices en sus alcobas.
Deseé ser un niño. Deseé nunca crecer y quedarme así por el resto de mi vida. Ser una adolescente era un infierno. Con todo esto de las hormonas. Y aún más, cuando se añade un ingrediente sorpresa a tu juventud. Eres homosexual.
Entonces me sentí un poco mareado, como después de haber recibido una cachetada. Me sostuve del borde de la ventana solo por si me caía de bruces. Me había dado cuenta de algo. Había estado tan concentrado pensando en otras cosas que no me había fijado en lo principal: ¡Oscar era homosexual!
Mis manos alcanzaron mi boca y los vellos de mi nuca se erizaron. Era imposible. Quiero decir, nunca lo había notado. Pensé que Oscar estaba enamorado de Sara, la mejor amiga de Katia. En realidad, todo era muy confuso…
Entonces, como si otra bofetada me diera de nuevo, me di cuenta de otro asunto. Esta vez me cogió con mucha más fuerza. No solamente había comprobado de que a Oscar le gustaba Eduardo, sino que ahora él sabía que yo…
Esta vez me agarré firmemente al borde de madera. Ahora alguien ya sabía que me gustaba Eduardo… ¡Ahora, Oscar supondría que era homosexual!
- ¿Acaso ya no lo eres? – la vocecilla en mi cabeza de nuevo.
- Yo… no sé…
- Pensé que tenías resuelto todo esto…
- Aún no ¡Es muy pronto!
- Pero no hay nada de malo en ser tú mismo, ¿recuerdas?- ¡Oh, cállate!
Las piernas y manos comenzaron a temblarme. Sacudí mi cabeza para concentrarme en el problema real, no en situaciones aún confusas…
Me había delatado. Me había dejado llevar por la rabia momentánea que me produjo el comentario de Oscar, que dejé salir todo lo que pensaba. ¿Por qué no me había podido controlar? No había pensado muy bien en las consecuencias de mis palabras. Pude haber dicho otra cosa. Pude haberle mentido, diciéndole que me alejaría de Eduardo, así todo estaría bien.
Y, ¿si Oscar utilizaba lo que ahora sabía en mi contra?
Estaba a punto de tirarme en la cama cuando el sonido de unas llantas al frenar con apuro entró por la ventana. No reconocí a primera vista el carro hasta que una mujer con el pelo bien peinado, vestida con uniforme deportivo, se bajó del carro y caminó con paso apresurado por la calzada.
Era la tía Victoria. No iba sola. Detrás de ella iban sus dos hijas gemelas.
Di un largo suspiro y me tiré en la silla de mi computador. No quería bajar al primer piso. No tenía la paciencia suficiente de aguantarme los comentarios desagradables entre mi tía y mi mamá. Porque es que las dos eran muy buenas amigas. Se conocían desde hacía mucho tiempo. La tía Victoria era la hermana de mi papá, y supe que mis papás se conocieron fue gracias a ella, quien siendo compañera de salón de clase de mi mamá arregló una cita para los dos.
La tía Victoria era manipuladora, estricta y chismosa. Estaba pendiente no solo en lo que sucedía en la familia, sino también en la de todo el mundo. Estaba casada con Roberto, un cirujano plástico arruinado por los cientos de problemas judiciales adjudicados a la clínica clandestina e ilegal que llevaba su nombre y que él mismo atendía. Tuvieron que pagar una fianza a los pacientes de mucho millones, lo que casi lleva a la familia al derrumbe. Pero ahora, era la misma tía Victoria quien trabajaba y sostenía las finanzas, ya que a Roberto le suspendieron su licencia de trabajo por el resto de su carrera..
- ¡Daniel!
Volví mi cabeza asustado y me percaté de dos pequeñas figuras completamente idénticas. Venían vestidas en falda de diferentes colores, con el cabello recogido y un poco de lápiz labial rojo en sus diminutos labios.
- ¡Hola, niñas! – saludé a las hijas de mi tía Victoria.
- ¿Nos llevas a jugar al parque? – preguntó Josefina.
Perla había saltado sobre mi cama y comenzaba a dar brincos tratando de alcanzar el techo.
- ¡Quiero tocar el cielo! – gritaba.
- Primas, no puedo ir al parque ahora. Estoy ocupado. – dije.
Josefina se tiró al suelo y puso cara de puño. Era la típica reacción que un niño malcriado toma cuando se le niega algo que desea. Mi tía Rosa no hacía sino criticar la manera en que la tía Victoria criaba a sus dos hijas. Siempre que ellas pedían algo, la tía Victoria se los daba con tal que no le estorbaran.
- Y tanto que habla del culo de los demás… - recuerdo que había dicho.
Sin embargo, no era el momento para que estas dos niñas se aparecieran y me jodieran la vida, y segundo, yo no era como sus padres.
- ¡Se salen las dos de inmediato! – ordené. Creo que la furia que tenía en ese momento se mal dirigió hacia las gemelas.
- ¡NO! – gritó Josefina tumbándose de espaldas.
- ¡Quiero tocar el cielo! – los tornillos de mi cama comenzaron a sonar.
- ¡Qué se salgan de mi cuarto, ahora! – les grité.
Josefina abrió los ojos y acto seguido comenzó a revolcarse como si estuviera teniendo una convulsión. Movía los brazos y piernas descontroladamente, produciendo un chillido espantoso.
- ¡Quiero ir al parque! – gritaba.
- ¡Y yo tocar el cielo!
- ¡Lárguense! – grité de nuevo. – Le voy a decir a su mamá.
Era inútil. Si alguien iba a perder esa batalla, ese iba a ser yo, definitivamente. Salí del cuarto pasando sobre Josefina, quien seguía con su convulsión malcriada, y bajé hasta la cocina. Aún podía escuchar los chillidos y brincos de las dos niñas. Estaba cansado que siempre fuera el mismo embrollo cada que las dos mocosas venían a mi casa. ¿Cómo no se me había ocurrido cerrar la puerta primero?
Lleno de mucha adrenalina y casi que ensayando lo que le iba a decir a la tía Victoria sobre sus hijas, llegué a la puerta de la cocina y unas voces que llegaron desde la sala llamaron mi atención. Eran voces de murmullo, como de secreto.
Me detuve en seco y asomé mis ojos por la pared. En uno de los sillones de la sala principal estaba sentada la tía Victoria. Tenía las piernas cruzadas y sostenía una taza de café sobre sus manos. Del otro lado de la mesa de centro, estaba mi mamá, con la cara tan blanca como el papel, mirando a la tía Victoria con ojos de sorpresa.
- No lo puedo creer, - decía mi mamá -, ¿por qué lo hizo?
- Al parecer Edmundo estaba completamente fuera de sí. – respondió la tía Victoria, refiriéndose al papá de mi primo Javier -. No lo podemos culpar, Brenda. Al pobre Edmundo le tocó una familia desastrosa.
Mi mamá dejó la taza de café sobre la mesa y se acomodaba sobre su asiento en señal de desacuerdo.
- Pero no es la manera de solucionar las cosas, Victoria. No podemos permitir que la gente vaya golpeando a los demás solo por un ataque de furia.
La tía Victoria lanzó una expresión de asco y desacuerdo, y volvió a dar un sorbo a su café.
- ¡Tú siempre con sentimentalismos! – le dijo -. En fin… No te he terminado de contar todo. Siempre me dejas a la mitad.
- ¿Hay más? – preguntó mi mamá, colocando una mano sobre su pecho.
- Javier volvió a aparecer. – abrió los ojos y los escondió detrás de su tasa, mientras le daba un último sorbo. Yo también me sorprendí.
- ¡Al fin! Y, ¿cómo está?
- Por lo que sé, está de maravilla. Pero no te ilusiones, Brenda, porque fue como los fantasmas. Así como aparecen, desaparecen en un abrir y cerrar de ojos.
- ¿Cómo así? ¿Se volvió a ir?
- ¡Claro! Ese muchachito está más que perdido. Volvió a la casa, sacó unas cuantas cosas y luego se volvió a largar. Ahí fue cuando Edmundo se puso furioso y arrancó a golpes contra la tonta de su esposa. – la tía Victoria soltó un suspiro y siguió el ejemplo de mi mamá, dejando la tasa sobre la mesa y acomodando su espalda al sillón.
- Pero, ¿por qué? – preguntó mi mamá queriendo saber más. – Quiero decir, ¿cuál es el motivo de que ese muchacho sea así? Lo tiene todo en la vida: dinero, universidad, lujos, buena familia… No lo entiendo.
- Ah, mi querida Brenda. Es que no sabes el chisme que anda rondando por ahí. – atajó la tía Victoria con un destello de luz en sus ojos.
- ¿Chismes? ¡Cuéntame!
La piel se me erizó. Sabía qué venía. Agarré con fuerza el borde de la pared y solo esperé lo peor. La malvada mujer se acomodó.
- Yo no lo he querido decir, pero he escuchado de que Javier es… - bajó la voz – De que es… marica.
Mi mamá ahogó un grito en sus manos. La tía Victoria esbozó una sonrisa mediana al ver la reacción de mi mamá.
- ¡No puedes hablar en serio!
- Tan serio como me llamo Victoria. – dijo.
- Esto no puede ser posible… ¡Mira, se me erizó la piel! – le señaló un brazo -. Es que es increíble. Dios mío, esto es… es…
- Es una vergüenza para el nombre de la familia. Sí. – terminó la tía Victoria.
Hubo un momento de pausa, en donde mi mamá meditaba lo que acababa de conocer. Se notaba que estaba nerviosa, porque sus manos temblaron al coger la taza de la mesa. De la misma manera me sentía. Toda la verdad ya se había destapado. Toda la familia ya se enteraría de las inclinaciones sexuales de Javier y se armaría una tremenda polémica. Un miembro gay en la familia. Ya podía ver las caras de sorpresa, desacuerdo, y tal vez asco al saberse la noticia. No solamente Javier tendría que vivir la humillación y el no apoyo de todos, sino que también estaba pasando por un momento de crisis en donde su papá maltrataba a su madre.
Unas cuantas lágrimas asomaron a mis ojos.
- ¿Tú crees que pueda ser verdad? – señaló mi mamá.
- ¿Qué? ¿Lo del pobre de Javi? No creo que quepa la menor duda.
- Y, ¿esto lo sabrá Edmundo? – preguntó un tanto asustada mi mamá.
- ¡Quién sabe!... Supongo que no porque sino el hombre acabaría muy mal. ¿Te imaginas? ¿Un hijo marica?
- ¡SHHH! ¡Cállate! – sacudió las manos mi mamá - ¡Dios no te oiga!
- Además, Edmundo ya hubiera acabado con ese muchachito. No me sorprendería que lo dejara en la calle… Se lo merece.
Mi mamá ahora miraba de reojo a la tía Victoria. Su expresión era de confusión. Podía sentir que algo le removía el corazón. Como si quisiera decir que debían apoyar al Javier… Pero como era de esperarse, bajó la mirada y prefirió callar.
- Al principio no lo creía. Estaba espantada con la noticia. Pero me puse a pensar y,… con esto no quiero parecer chismosa,… pero el otro día vi algo que me dejó pensando…
La tía Victoria tenía esa mirada que siempre ponían cuando estaba a punto de lanzar una mentira. Con los años había aprendido a reconocerla.
- Iba con mi marido en el taxi después de un cóctel de esos de trabajo, tú sabes, y me pareció verlo salir de uno de esos prostíbulos para homosexual…
- ¡Dios, santo! – mi mamá se llenó el pecho con cruces.
No podía seguir escuchando. Me alejé de la pared y me encerré en el baño del primer piso. No había marcha a atrás. Javier no tenía ningún otro remedio que admitir que era homosexual ante toda la familia. Debía de estar destrozado. Debía sentirse muy solo y sin apoyo… Así me hubiese sentido yo.
Entonces, fue cuando me puse en los zapatos de él. Imaginé por unos segundos cómo sería el hecho de que mis papás se enteraran de que su hijo varón es gay. Definitivamente me hubiese sentido solo. Mis papás me echarían de la casa y no tendría a dónde ir. No conocía a nadie quien me ayudara a levantarme de aquel problema tan espantoso. Toda mi piel se erizó, de nuevo. Sentí cómo un escalofrío subió por mis pies, hasta llegar a mis manos. Las cerré con fuerza, al igual que mis ojos.
Tenía que darle una mano a Javier. Necesitaba dejar el miedo de enfrentarlo después de saber lo suyo, y darle todo mi apoyo a esa persona que tanto quería. Él había estado conmigo en las buenas y en las malas. Ahora, era mi turno de ayudarlo en tan crítica situación.
Limpié un par de lágrimas que enjuagaron mi rostro. Cuando crucé el pasillo que comunicaba con la puerta principal, llamé la atención de mi mamá quien preguntó.
- ¿A dónde vas?
- Voy a casa de un amigo. Regreso tarde. – dije.
No hubo respuesta. Las dos mujeres seguían sumidas en chismes.
El carro de mi papá ya había sido reclamado de los patios esa semana. Puse el motor en marcha y arranqué la máquina a toda velocidad,… rumbo a casa del novio de Javier.
Recorrí todo el trayecto concentrado en lo debía decirle a Javier. Estaba pensando en contarle toda la verdad, hacer de mi tan parecida orientación sexual a la suya. Pero otra parte de mi me retenía. Era un miedo indescriptible que hacía que mi pierna pisara con más fuerza el acelerador.
Aparqué el carro en un estacionamiento ubicado cerca al parque. Cuando me bajé del auto, me quedé observando el lugar con detenimiento. Era un parque muy solo y algo oscuro. Había un juego de columpios, resbaladeros, pasa manos y la preferida de niño: la rueda.
Recordé que cuando iba al parque, me gustaba subirme a la rueda y dar tantas vueltas como fuera posible. Esa sensación de euforia que sientes cuando el mundo gira y gira a tu alrededor era maravillosa. Siempre me había gustado sostenerme de las barras y ladear mi cabeza hacia atrás, sentir la brisa recorriendo en mi pelo y ver cómo el mundo se desbarataba al revés.
Mi mundo se estaba desbaratando ahora. ¡Y al revés!
Sonreí y caminé hacia el grupo de edificios ubicado cerca al parque. Pero mientras caminaba, mis ojos se encontraron con un punto distante de este. Un pequeño camino que se abría por en medio de dos matorrales. Había sido aquella noche tormentosa cuando me enteré de que Javier era gay. Había corrido como un loco espantado y me escondí detrás de esos árboles, para golpearme con fuerza. Y la persona que me salvó en esa ocasión fue Oscar.
Ahora, al pensar en el nombre Oscar solo me imaginaba la falsedad con la que hablaba. Aparté la mirada, borré toda palabra de él en ese momento, y seguí caminando.
El edificio era un poco diferente a como lo había visto el otro día. Era muy bonito y elegante. Dio un paso y alargué la mano para tocar el timbre del número del apartamento, pero en ese momento la puerta del edificio hizo un chirrido y se abrió.
Un joven que rondaba un poco más de mi edad apareció en el otro lado de la puerta. No era el más simpático del mundo, pero era agradable a la vista. Tenía ojos pequeños color café y su nariz estaba algo torcida (tal vez un golpe cuando estaba pequeño). Llevaba puesta una gorra de deporte, una camiseta color negra y unos pantalones cortos de deporte también. Era un poco más alto que yo, y también más acuerpado. Pero del tipo acuerpado que no necesariamente tiene músculos.
Nuestras miradas se cruzaron y nos quedamos quietos. Esperando quién de los dos reaccionaba primero. Fue él quien rompió el silencio.
- ¿Le puedo ayudar en algo? – preguntó amablemente.
- Verá… Estaba por tocar el timbre para avisarle a mi primo que llegué de visita… imprevista. – respondí algo serio.
El chico se quedó mirando con ojos inquisidores.
- ¿Cómo se llama su tal primo?
Me sorprendí con la pregunta. ¿Quién se creía este para hablarme en ese tono? Creó que debió ver la expresión de mi rostro, porque enseguida sus ojos se suavizaron y comenzó a decir…
- Oiga, lo siento. Lo que pasa es que este es un sector algo peligroso y nunca falta el ladrón que merodee. – tomó aire y agregó – Ya me pasó. Una mala semana.
Dio un gran suspiro, seguido de otro silencio. Pude ver cómo su rostro se tornaba algo rojo. Traté de ser amable haciendo lo típico en estos casos. Dibujando una sonrisa.
- No se preocupé. Lo entiendo. Ahora, si me disculpa… - me disponía a tocar el timbre pero el tipo me interrumpió.
- Lo puedo dejar entrar, si usted quiere. – dijo.
Le quedé mirando por unos segundos.
- Dice que viene de visita imprevista… ¿No quisiera hacerla más inoportuna de lo que es? – preguntó con una sonrisa en su rostro.
Seguí mirándolo con detenimiento. No tenía mucho tiempo que perder con aquel sujeto. Mi primo me necesitaba.
- De acuerdo. – le dije finalmente. – Gracias.
Pase por el lado del muchacho, quien sostuvo la puerta con su espalda. Estaba a punto de pisar el primer escalón, pero las palabras de aquel sujeto me hicieron detener.
- ¿Esas son sus llaves? - señalaba algo sobre el suelo.
Efectivamente, eran las llaves del carro de mi papá. Sería imposible no reconocer el llavero de la empresa con el logotipo donde trabajaba.
Igualmente, cuando me disponía a recogerlas, él se me adelantó y las levantó. Los dos quedamos frente a frente. Él con las llaves en lo alto y yo con la mano extendida.
- De nuevo, gracias. – le dije amablemente.
- No hay problema. – dijo, esta vez la sonrisa de su rostro mostraba más seguridad. Levantó la mano derecha – Me llamo Esteban.
Pensé dos veces antes de estrecharle la mano a un completo desconocido. Luego le seguí el juego y nos saludamos con cordialidad.
- Eduardo. – mentí, dando un apretón de manos un poco débil. ¿Qué se suponía que dijera? Podría tener algo en su mano. Uno nunca sabía. Había escuchado de gente robada por culpa de una droga que les echaron sus delincuentes.
- ¡Bien! – dijo volviendo a su lugar. – De nuevo, le pido disculpas por mi grosería… No fue mi intención.
- No se preocupe, Esteban. – retrocedí unos cuantos pasos hacia atrás -. No quiero parecer grosero, pero tengo que irme ahora.
- ¡Oh! Sí, sí. Está bien. Fue un placer conocerlo. – dijo saliendo a la calle. Antes de cerrar la puerta, echó un último vistazo y después desapareció.
Un poco confundido por aquel suceso, subí las escaleras que me llevaron al piso donde vivía el novio de Javier. Cuando llegué a la puerta estaba un poco más relajado. Al parecer aquella distracción inesperada había hecho que mis nervios se calmaran un poco. Alargué mi mano. El timbre se alcanzó a escuchar desde fuera. Después de unos segundos, se escucharon pasos del otro lado y Juan Carlos apareció.
Su expresión no era la mejor. Tenía los ojos y nariz un poco rojos de llorar, tal vez. Al verme parado por segunda vez en esa semana en frente de su apartamento se enderezó y su cara mostró alivio.
- Daniel, qué bueno que está aquí.
Me había esperado otra cosa menos este recibimiento. La última vez Juan Carlos había pensado que era el amante de Javier. Y no quiero ni imaginar qué era lo que había pensado hacerme en ese momento.
Juan Carlos me tomó por el brazo y en señal para que entrara. El apartamento estaba muy bien organizado. Todo parecía sacado de una revista de muebles. Tenía una aspecto moderno y todo rebozaba de brillantes e iluminación natural. Aunque el sol ya estuviera ocultándose.
- No sabe lo aliviado que me siento de que venga a visitar a Javier. – el tono de su voz mostraba sinceridad.
- ¿Cómo se encuentra? – pregunté.
- Destrozado… No ha sido fácil para él. Sobre todo después de lo que le hizo su papá…
- Sí. Me enteré que golpeó a mi tía. – respondí con las palabras dichas por la tía Victoria.
La expresión de Juan Carlos se tornó un poco más seria. Sacó un pañuelo para secarse unas cuantas lágrimas de sus ojos. Tomó un poco de aire, como tratando de controlarse.
- Entonces Javi tenía razón… Ese desgraciado aún así le pegó… - parecía romper en llanto, pero mi pregunta lo interrumpió.
- ¿A qué te refieres?
- Me imagino que solo sabes la versión que se conoce en tu familia. – dijo sosteniendo el pañuelo con fuerza. Sinceramente, no me parecía homosexual. Tenía una versión dibujada de unos gays muy afeminados. Tal vez este era una excepción.
- Lo que sé es que Javier apareció en la casa, recogió unas cosas y se marchó. A Edmundo no le gustó y en un ataque de furia golpeó a su mujer muy fuerte… - respondí algo preocupado por la expresión de Juan Carlos.
- Eso no es cierto. La versión es otra. Quiero que la veas tú mismo.
Se dirigió a uno de los cuartos a su izquierda. Abrió la puerta con delicadeza y luego me hizo una señal para que entrara. Lo que vi me partió el corazón.
martes, noviembre 04, 2008
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