sábado, septiembre 13, 2008

Parte XI

- ¡Esto es absurdo! – exclamó Oscar malhumorado – ¿No podían darnos otra cosa?
Vich estaba sentado a su lado. Se miraba las manos cuidadosamente, mientras intentaba ocultar su risa.
- Vuelve a leerla, por favor. – le dijo -. Aún no logro entender muy bien.
Oscar volvió su mirada a la hoja.
- El estudiante Oscar Centeno – comenzó a leer señalándose a sí mismo - que cursa el grado Once ha faltado a la norma 340 del párrafo 5 del manual de convivencia… ¡Ni siquiera sabía de un manual! – protestó.
- ¡Qué se pudra el manual! – reía Vick.
- Continua. – le animé.
El chico lanzó una mirada fulminante a Vick y volvió a retomar su posición de lectura.
- Gracias Danny. Decía: …ha faltado la norma 340 del párrafo 5 del manual de convivencia establecido desde el año 1930. Por tal motivo al estudiante se le ha impuesto un castigo, siguiendo las normas del plantel..
- ¡Esto se pone interesante aquí! – murmuró Vick. Noté en sus ojos un destello de alegría.
- … El estudiante tendrá que quedarse en detención después finalizar las clases en donde se le pondrá una tarea, la cual irá acorde a los ejes educativos a favor del estudiante y al servicio de la comunidad académica y formativa de la institución.- ¿Quieres traducir eso, por favor? – pedí, confundido.
- ¡Lavar baños! - exclamó Vick estallando en risas.
Oscar volvió a fulminarlo con la mirada.
Estábamos sentados en una de las bancas del gran patio del colegio, justo a la hora del descanso. Unas pocas nubes de color negro comenzaban a rodear al sol brillante de finales de Octubre, dando paso a un viento helado proveniente del norte.
Era una escena bastante nueva para mí. Desde que mi amigo Carlos se hubiese ido de intercambio, era la primera vez que andaba con alguien diferente de Katia; quien ahora pasaba a ser mi ex novia. La pequeña y estúpida aventura del día anterior, que terminó en más problemas, había creado una especie de vínculo bastante grueso entro los tres. Ese día había llegado como usualmente lo hacía: buscando a Katia. Sin embargo, y gracias a los eventos que le destrozaron el ego de ayer y cuando toda su verdad salió a flote, no la encontré por ningún lado. Estaba dispuesto a terminar en buenos términos con ella (por supuesto, no cabía ni la más mínima posibilidad de seguir juntos), pero Katia era una persona de mucho cuidado y lo que menos deseaba ahora era cargarme con otro problema.
Porque problemas era la palabra preferida en mi vida en los últimos días. No solo le gustaba, sino también la ponía en práctica.
Antes de salir de casa esa mañana, un correo electrónico dirigido a mis papás llegó a las pantallas de sus computadores. Mi madre había bajado las escaleras furiosa en buscando una explicación, mientras mi papá se arreglaba la corbata en frente del espejo cerca a la cocina, tratando de prestar atención a las palabras de su esposa, pero con la mente ocupada en otros asuntos.
- ¡¿Qué fue lo que hiciste?! – preguntó tratando de mantener una cara de tranquilidad.
- Nada, mamá. – respondí. La típica frase entre los jóvenes cuando no saben por dónde empezar.
- ¡Cómo que nada, Daniel Martínez! Entonces, ¿por qué me envían un correo del colegio diciendo que te ponen un castigo?
- ¡Castigo! – gruñó Catalina desde el otro lado del comedor, mientras cogía el cuchillo que estaba a su lado.
Estave a punto de decirle algo a esa metida, pero preferí quedarme callado y enfocarme en el problema real.
- Lo que pasa es que uno de mis amigos… – se robó –, se encontró con unas respuestas del trabajo de Trigo que teníamos que encontrar ayer…, y pues, aprovechamos para poder realizarlo en una de las horas del descanso. Nos delataron y nos colocaron el castigo. Eso es todo.
Ella me miró de arriba abajo, queriendo esconder su cara de preocupación. Catalina seguía mirándonos de reojo y mi papá ahora se miraba el reflejo de la parte trasera del pantalón.
- ¡Se suponía que ibas a hacer ese trabajo el domingo, con un amigo! – dijo como si fuera su cuartada. – Si ya lo habías terminado, ¿cuál era la necesidad de ver esos papeles?
- Erm, bueno… - dudé.
- Mamá, es muy obvio que no hizo nada el domingo. – Catalina alzó la voz, cortando el silencio repentino.
Pude ver la mirada de mi mamá sobre mis ojos. Después, como si un rayo cayese sobre ella, comenzó a caminar de forma rápida de arriba para abajo de la cocina. Se tocaba la cabeza y miraba al suelo, luego al techo y después terminaba su paseo sobre mis ojos de nuevo.
No hice el trabajo porque sucede que me enteré esa misma noche que mi primo Javier es homosexual, tiene pareja y mi tía Rosa siempre lo había sabido. Además, esa misma noche y sin que ustedes lo supieran, aumenté el tamaño de mi “hermoso” morado. Estaba enojado conmigo mismo por tener sentimientos hacia los hombres y en especial hacia uno en particular, que me golpeé en un hecho masoquista idiota. Eso fue lo que estuve haciendo el domingo, mamá.- ¡Yo sí hice el trabajo el domingo! – fue lo que creí más conveniente responder.
- Entonces, ¿qué necesidad tenías de mirar todo esos papeles, por el amor de Dios? – ahora se sentaba en una de las sillas y se tapaba la boca con su mano.
- Solo quería,… verificar que todo estaba bien resuelto. ¡No me puedes culpar por ser un poco sagaz!
Ella no respondió. Me miró en la misma posición. Después de uno o dos minutos, se volvió al correo impreso, para analizarlo por centésima vez.
- ¿Qué te está pasando, Danny? – preguntó bajando el tono de su voz.
- Nada, mamá. – hay estaba aquella respuesta de nuevo. Ella seguía mirándome con la mano sobre sus labios.
- No sé qué hacer, sinceramente. – finalmente dijo -. Todo está cambiando muy rápido y sin razón. Primero tu chaqueta, después esa fiesta en donde llegaron todos esos policías y se te llevaron el carro (sin mencionar el artículo de las drogas y alcohol encontrados en la dichosa casa), y ahora esto. “Castigo por fraude escolar”. – leyó de la hoja -. Estoy preocupada. No sé qué sucede contigo y la única respuesta que obtengo es indiferencia de tu parte.
- Mamá, no sé a qué llamarás indiferencia, pero yo no lo estoy siendo. – estaba perdiendo un poco la paciencia.
- ¡Sí ves cómo me respondes!
- Y, ¿ahora qué? – pregunté perplejo.
- Te parece poco el tono en el que me hablas ahora.
- Mamá, estás exagerando. – estaba cansado de esa conversación.
- ¡Ricardo, por el amor de Dios, di algo!
Mi papá volvió a la realidad y nos dirigió una mirada de desconcierto.
- ¿Qué sucede?
- Sucede que tu hijo está metido en problemas y tú ni siquiera te preocupas por apoyarme. – respondió irritada.
- No. Sucede que mi mamá tiene una paranoia que aprendió de la fastidiosa tía Victoria sobre hijos malcriados y desaplicados, y que ahora está poniendo en práctica en mí.
- ¡Ricardo! – exclamó mi mamá exaltada, poniendo una mano sobre su pecho.
- ¡Daniel! – respondió este -. Hazle caso a tu madre.
La pobre mujer se enfureció aún más y se levantó para recoger los platos de la mesa. Le eché un vistazo al papel que reposaba junto a mi plato.

Queridos Padres de Familia:

Se les informa que el estudiante Daniel Martínez, que cursa el grado Once, ha faltado la norma 340 del párrafo 5 del manual de convivencia establecido desde el año 1930. Por tal motivo al dicho estudiante se le ha impuesto un castigo, siguiendo las normas del mismo manual antes nombrado. El estudiante tendrá detención después finalizar las clases y se le aplicará un trabajo con fines pedagógicos y con principios de formación al estudiante, a favor del pupilo y al servicio de la comunidad académica y formativa de la institución…

Otro comentario de mi mamá interrumpió mi lectura.
- Me va toca hablar con Katia.
Abrí desorbitadamente los ojos que creía se salían de su sitio.
- ¡No! – Fue la respuesta a una de las consecuencias de tener una novia a la que tu familia adora con el corazón. Cuando algo mal anda contigo, en seguida recurren a ella. Es una situación bastante bizarra. Qué podía resolver una novia a esta edad. Qué enigmas pensaban resolver los: ¿Todo anda bien con mi hijo?, ¿te trata de la manera que un caballero tendría?, ¿cómo van en la cama?, ¿están teniendo sexo suficiente? - ¿Para qué la vas a llamar?- Tengo que tratar unos asuntos con ella. – decía, mientras revolvía algunos platos sobre el mesón.
- Entonces, no sé si debas saber que terminamos ayer. – lancé la bomba; y como era de esperar hizo ¡Bum!
- ¡QUÉ!
Como si fuera a desmayarse, mi mamá se puso pálida y corrió hacia una silla de nuevo, adoptando la misma posición de antes. Miró la hoja de reojo, como queriendo decir que no pensaba que nada más podría salir mal. Catalina también había recibido el golpe porque dejó caer su cuchara sobre el plato de cereal, produciendo un ruido vacío.
- ¿Qué pasó?
- No funcionó, eso es todo. No pienso entrar en detalles.
- Pero si es la mejor chica del mundo, Daniel – la voz de mi mamá se alzaba con nerviosismo y desconcierto -. ¡Y aún así me dices que no te está pasando nada! ¿Cómo debe estar la pobre?
- Feliz, mamá. Terminó con este patán. – interrumpió Catalina moviendo la cabeza en desacuerdo y volviendo a su desayuno.
Mamá lanzó un suspiro al aire y encorvó todo su cuerpo. Pareció como si una nube negra se cerniera sobre ella, como en aquellas caricaturas japonesas en donde el personaje es rodeado por la oscuridad que lo persigue a todos lados cuando su humor llega hasta el piso.
- Nadie me escucha en esta casa. – dijo al fin, su voz sonando muy profunda -. Todo lo tengo que hacer sola… En esta casa, digo yo… ¡En la familia! Todo se está complicando ahora más que nunca y no sé qué hacer.
- Entonces, ¿por qué no te ocupas solo de los problemas de nuestra casa, en vez de tratar de solucionar la vida de los demás? – le lanzó Catalina.
Mi mamá simuló no escucharla. Se levantó de la silla y caminó fuera de la cocina. Escuché cómo sus pesados pasos subían.
- ¿Qué pasa en la familia? – pregunté.
- Nada de lo que no te puedas sorprender, si eres de esta familia de locos – Catalina lanzó un suspiro al aire. No sé si agotada de los interminables casos familiares, o por el hecho de que le fastidiaban -. ¿Recuerdas la pelea del domingo en el almuerzo?
- Sí, claro. - ¿cómo poder olvidar ese día?
- Todo lo protagoniza Javier. Huyó de la casa y nadie sabe dónde anda hasta ahora. (No me sorprende de ese creído) Y mientras tanto, su mamá se “cayó” de las escaleras – hizo hincapié en las comillas -. Dicen que sostenía una discusión con el tío Edmundo. Es que no lo entiendo, ¿cómo puede huir y causar que sus padres se pelean de esa manera? – dio un largo suspiro y levantó su plato de la mesa.
- ¿Cómo está ella?
No creía ni una sola palabra. La mano del tío Edmundo era tan poderosa como para ocultarle a todos que maltrataba a su mujer. También me preguntaba si Javier sabría de eso. Supuse que mi tía Rosa le mantendría al correcto de los chismes y acciones que acurrían.
- No le pasó nada grave. Tiene muchos morados por todo su cuerpo y algunas heridas en su piel. Los doctores dicen que fue un milagro que no se partiera un brazo o una pierna, teniendo en cuenta la altura de la escalera. – dijo antes de desaparecer fuera de la cocina.




Las palabras de Vick me hicieron salir de aquellos pensamientos. Ahora Oscar recogía la hoja que había arrugado y la miraba de arriba para abajo por tercera vez.
- Sigue leyendo, Oscar – le dijo – Lo que viene es mi parte favorita.
- ¿Hay más? – pregunté confundido.
- ¿No la has leído?
- Solo una parte de ella. ¿Qué sigue?
Oscar sacudió la cabeza cuando Vick hizo una especie de venía con su mano. Levantó el papel desgastado y se aclaró la garganta.
- Por decisión del mismo director, el estudiante, junto con sus acompañantes, queda vetado de la anual fiesta de Halloween que se realizará el próximo viernes en el Gran Salón del plantel.
Atentamente,
Ignacio Velas

Quedé en completo silencio. ¡No era justo! Ahora entendía la reacción de Oscar. No podíamos venir a la fiesta de Halloween del último año de colegio. Nos perderíamos de aquellos maravillosos recuerdos que se supone debían quedar en nuestras cabezas por siempre.
- ¿Es esta tu parte favorita? – pregunté desalentado.
- Es maravillosa, ¿no te parece? – respondió Vick, riendo.
- No podré venir a la fiesta. ¡Nunca pude venir! El año pasado tuve que asistir a un estúpido concurso en otra ciudad. ¡Y ahora esto!
- Lo siento, Daniel. – dijo Oscar colocándome una mano sobre mi hombro. Pude sentir su delicadeza y el suave apretón cálido -. Es nuestra culpa por haberte metido en lo de ayer.
Alcé mi mirada y me encontré con aquellos ojos azul oscuro, profundos. Una pequeña sensación de electricidad cruzó todo mi cuerpo hasta llegar a mi hombro donde él sostenía su mano. Mi corazón comenzó a latir con rapidez y el aire que salía de mis pulmones hervía.
- ¡Nuestra culpa, dices! – repitió Vick -. Por el contrario. Le salvamos la vida. Es solo una pobre presentación de niños estúpidos, bailando en pareja y con disfraces ñoños… bueno, ahora ya no pueden llevar disfraces, pero aún así. Te salvamos la vida, Daniel.
Vick podria estar hablando en voz bastante elevado, pero no le prestaba tención. Yo seguía mirando los ojos de Oscar. Podía escuchar las palabras de Vick como un eco que sube por un abismo profundo. No quería pensar, no quería que terminara esto. Era una sensación de tranquilidad y alegría que aquellos ojos me hacían sentir. No sabía si estaba despierto o en un sueño. Era como si tranquilizantes hubiesen sido inyectados en mis venas y ahora solo pudiera ver en aquella dirección. Fuera lo que fuera, no quería despertar de aquel hermoso letargo.
- ¿Me estás escuchando?
- ¡Sí, Vick, por supuesto! – respondí sacudiendo mi cabeza.
- No le prestes atención, Danny. – ahora era Oscar -. Él no sabe lo que dice.
- Tengo toda la razón, pedazo de imbécil – Vick se levantó de su asiento y ahora discutía con gracia. No lo hacía ver grave, solo se burlaba de sí mismo. – Es solo una fiestecilla para niños bobos, en donde la música es de lo peor y lo único que hay para tomar es una cosa roja, horrible y asquerosa que te mancha la ropa si solo pones una gota en ella.
Oscar retrocedió un paso y se rió de la reacción de su amigo. Le puso un dedo sobre el pecho y lo empujó hacia atrás.
- Eso es porque a las únicas fiestas a las que vas es donde hay alcohol por todos lados, y donde la diversión comienza solo cuando la fiesta termina en pelea.
- Muchachos, no peleen. – dije un poco nervioso.
- Eso puede que sea verdad. – apuntó Vick, devolviendo el empujón a su amigo, pero ahora con más fuerza. Por un momento llegué a pensar que Oscar caería. Ninguno de los dos me prestó mucha atención -. Pero también puedo decir que te duele no ir a la fiesta de Halloween, porque está esta niña tonta de la que tanto estas enamorado… ¿cómo es que se llama?...
- ¿Sara? – salió de mi boca sin que me diese cuenta.
- ¡La misma que canta y baila! Gracias, Danny. – agradeció Vick.
- Muchachos, basta ya.
- ¡Eso no es verdad! – reclamó Oscar.
Los dos amigos se quedaron mirándose el uno al otro. Se desafiaban con la mirada y al parecer se contenían para no soltar una risa de complicidad. Sabía que no estaban peleando, pero no podía estar seguro hasta que uno de los dos se detuviera.
- No discutan entre ustedes. – dije de nuevo.
Entonces, y sin darnos cuenta, una sombra se acercó por detrás de los tres y se instaló cerca de la banca.
- Ellos no están peleando. Solo están jugando. – dijo una suave voz.
La piel se me erizó. La había reconocido al instante. Sabía que debía ser él. No podía confundirla con la de nadie más en el mundo. Me di media vuelta sobre mi asiento y vi la imagen más hermosa del día. Era Eduardo, pero ahora estaba iluminado por detrás con la luz del sol, la cual lo hacía ver como una divinidad.
Alargó la mano y saludó.
- Hola. – la estreché y pude sentir sus dedos firmes y provocadores.
Los otros dos detuvieron su actuación y se volvieron para verlo. Vick tomó una posición de defensa al cruzarse de brazos, mientras que Oscar no me quitaba la mirada de encima.
- Conozco a estos dos muy bien como para asegurar que estaban peleando - dijo Eduardo sin soltarme de la mano. Creo que comenzaba a sudar -. Tienen un modo muy particular de jugar. – los señaló con el dedo -. Te darás cuenta de eso ahora que eres nuestro nuevo amigo.
Nuevo amigo. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Eduardo me consideraba su nuevo amigo? Mi mano seguía agarrando con firmeza la suya, mientras él me taladraba con sus pequeños ojos cafés. Ya no tenía ninguna duda. Eduardo sí estaba muy interesado en mí.
Había analizado todas las señales una y otra vez la noche pasada. Creo que le di mil vueltas a mi cuarto, rebanándome los sesos y tratando de convencerme de que podría estar equivocado, que todo podía ser un juego sucio de la imaginación, de que la posibilidad de que él… gustara de mi,… ¡ERA REMOTA! No podía olvidarme que era Eduardo. El que alguna vez fue novio de Katia. Recordaba muy bien aquellas historias en donde ella lloraba en mi hombro diciendo que Eduardo la engañaba con otra. De que ya no quería estar con ella en la cama y que le vivía sacando excusas estúpidas. Además de que prefería andar con sus amigos que ir a cine en una tarde de sábado o salir de compras los domingos.
Había sido novio de las niñas más codiciadas del colegio, por no mencionar a las que aún le hacían falta. A pesar de todo esto, aún así se convertía en inevitable traer a mi mente la misma imagen en los baños del colegio. Aquel acercamiento peligroso en frente de Oscar… nuestros rostros a punto de tocarse,… su mano apretando con firmeza mi pierna…
Levanté mi mirada y noté que Vick había dado vuelta y se marchaba con paso presuroso de regreso a los pasillos.
- ¿A dónde vas, Vick?
Eduardo soltó un chasquido y se sentó junto a mí.
- ¿Qué le pasa? – pregunté a Oscar. Por alguna extraña razón, no dejaba de mirarme.
- Está molesto. – respondió Eduardo adelantándose -. Ayer se enteró que fui aceptado por el equipo de fútbol. Por desgracia, Vick quedó por fuera.
- Así que por eso te trató mal ayer, en los baños. – pensé en voz alta.
- Sí,… por eso es. – se acomodó -. Pero yo no tengo la culpa.
El sol volvió a desaparecer en un pequeño parche de nube negra y otra ráfaga de aire frío y seco sacudió la copa de los árboles. Volví mí mirada a Oscar, quien fijaba sus ojos al suelo. ¿Qué le pasaba?
- Daniel, no me puedo quedar mucho tiempo. – la voz de Eduardo me trajo de nuevo a la hipnosis de su hermosura -. Solo vengo a despedirme.
- ¿Despedirte? – no había comprendido bien. Estaba muy ocupado mirando sus perfectos dientes.
Él sonrió delicadamente y repitió sin mutar la expresión.
- Me tengo que ir fuera de la ciudad a un encuentro con el equipo de fútbol, precisamente. Salimos en menos de tres horas, pero no me podía ir sin antes despedirme de ti. – sus ojos se fijaron en mi rostro. Sentí cómo analizaba cada gesto. Me sentía expuesto. Creía que podía llorar de tanta ternura. Quería abrazarlo, darle un beso,… mi primer beso… No me importaba si estaba Oscar o un ciento de alumnos rodeándonos. Quería estar con él, en él, para él.
- ¿No nos volvemos a ver? – pregunté en voz muy baja.
- Por supuesto que sí. – contestó para mi alivio -. Sólo me iré por unos días. Volveré para la fiesta de Halloween, no te preocupes. - Su mano cruzó por debajo de su saco y alcanzó mi pierna con suavidad -. Así,… podremos estar juntos,… como los nuevos amigos que somos, ¿verdad?
Todo mi cuerpo se erizó. Eduardo apretó un poco más su mano haciendo que mi excitación llegase a niveles casi incontrolables. Las hormonas en todo mi cuerpo comenzaron a trabajar el doble y más rápido, mientras mi cuerpo hervía de adentro hacia afuera.
- Sí. Nos veremos el viernes, entonces. – mi voz sonaba casi quebrada.
- Es un trato. – sonrió. Se quedó así por unos segundos y luego se levantó de la banca. Dirigió unas palabras a Oscar y luego corrió por todo el patio hasta desaparecer en la entrada a los pasillos.
Mi corazón aún latía rápido, incluso después de que se marchara. Por fin, después de todo lo que había pasado, de las interminables horas y días imaginando cómo sería tener una experiencia homosexual, llegaba el momento preciso para comprobar eso que estaba siendo un tema principal en mi cabeza. Y para mi alegría, no tendría la oportunidad de probarlo con cualquiera, sino que estaba a punto de experimentar con el chico más lindo del universo y a quién le gustaba. ¡Sí! Sabía que yo le gustaba. Estaba más que seguro que Eduardo estaba enamorado de mí.
Pude imaginar el viernes que se acercaba. Me dijo que nos veríamos. Entonces, podíamos aprovechar la misma hora de la fiesta de la que fui expulsado. Tal vez iríamos a comer algo y luego, quién sabía, él me invitaría a su casa. ¡A su casa! Mis manos temblaron de nervios.
- Daniel, he querido decirte esto desde hace mucho. – aquel rostro estaba haciendo que me saliera de mis cabales.
- ¿Qué es? – mi voz sonaría temblorosa, lo sabía. A esas alturas debía de estar controlando mis impulsos hormonales.
- ¡Te amo!
¡SI! Eso era lo que iba a pasar aquel día. No podía esperar a que llegase el viernes. El Día de las Brujas sería la fecha en donde daría mi primer beso con un hombre… mi primer beso con Eduardo… ¡Mi primera relación! ¡Eduardo sería mi novio!
¡Tendría un novio, y sería Eduardo!... Eso sonaba bien, pensé.
- Nos vemos en la sala de detención, después de clase. – Oscar sonaba muy distante.
Sacudí mi cabeza y di al vuelta sobre mi asiento. Lo vi alejándose de la banca, en dirección opuesta a la entrada de los pasillos, con la mano en los bolsillos y pies en rastra.
- Oscar… - dije casi en un murmullo.
La felicidad se me borró del rostro. ¿Qué había dicho? ¿Estaría pensando en voz alta? Todo lo que había estado fantaseando se me borró en las siguientes clases. Aún seguía un poco preocupado por la reacción de Oscar.
Esa misma tarde, en nuestro primer día de castigo, ni Vick ni yo lo vimos presentarse en detención.
- ¿Qué le pasó? – le pregunté al director cuando entró al salón casi vacío. Había anunciado que Oscar no sería parte del castigo de ese día.
- No se sentía muy bien y tuve que mandarlo a casa. – respondió lanzando un suspiro al cielo y luego agregó -. Si me preguntas, creo que el lavar baños no le apetecía de a mucho al joven. ¿Qué haremos con estos padres de hoy en día? – y salió del cuarto en señal para que lo siguiéramos.
Afuera estaba el jefe de aseo. En mi opinión, vestía una ropa muy sucia en contraste a lo que representaba. El director se retiró y quedamos a cargo de un par de baldes, guantes y utensilios de limpieza.
- Vaya, limpiar baños es la tarea que va acorde a los ejes educativos a favor del estudiante y al servicio de la comunidad académica. No me quiero imaginar si no fuese así. – criticó Vick por lo bajo.
- ¡Ah, muchacho! – exclamó el jefe de aseo. Algunos de sus dientes estaban negros y su aliento apestaba a cigarrillo – Yo era como tú,… un joven activo, alegre, bromista. Mira como terminé ahora. Limpiando baños, haciendo el aseo. Un poco irónico, sabes, porque ni siquiera en mi propia casa lavaba mis lindas y cuidadas manos.
- ¡Eso qué viene al caso! – exclamé confundido.
El viejo nos miró de arriba abajo. Se rascó el poco pelo blanco que le quedaba, y soltó un corto alarido antes de darse la vuelta y sacudir la mano para que lo siguiéramos.
- No le hagas conversación, - murmuró Vick en mi oído -, ¡Está chiflado! Es por la vejez, según me dijeron.
Esto va a ser un infierno, pensé. Soportar el trabajo de limpiar asquerosos baños, con un viejo completamente loco y en una tarde algo fría. Y todo aquello sin Oscar. Porque ya me había hecho a la idea de hacerlo todo juntos. Él y yo...
Fue entonces, y por extraño que pareciese, cuando deseé por primera vez que Oscar estuviese a mi lado. Fue entonces cuando me sentí mal por el hecho de saber que él no se sentía bien. Fue entonces cuando llegué a pensar… que tal vez,… sentía algo por él.

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